Cuento

Para que crezcan los ruiseñores (Santy Martínez)

Santy Martinez

 

Por Santy Martínez

Caño Cristales era un pueblo tan tranquilo como el pecho de una madre. Eran tiempos en que las novias besaban los pañuelos de sus novios para dejar un recuerdo de amor, tiempos en que los piojos en las cabezas de los niños salían con agua lluvia, tiempos en que los directores técnicos no se quejaban de los árbitros cuando se equivocaban en su contra, tiempos en que los abuelos devolvían con su lenguaje las equivocaciones de los demás cuando les beneficiaban, tiempos en que los pechos de las señoritas eran tan firmes que no pensaban en cirugías estéticas, tiempos… tiempos…tiempos!

Don Demetrio era como un Alcalde para todos. Hombre romántico que amaba el deporte y la naturaleza “hasta la tierra se estremece con el amor” se mantenía diciendo. Caño Cristales no cambiaba solo que con el paso del tiempo, había más gente. A don Deme como le decían a don Demetrio, se le ocurrió organizar un torneo de fútbol. Llevó un balón a un campo que quedaba cerca a la iglesia, lo hizo rebotar varias veces contra el piso y el eco de ese sonido mágico hizo aparecer un puñado de muchachos que parecían aves que abrazaban las distancias. La noticia se regó en Caño Cristales.
Leonidas el hijo de un zapatero, que tuvo que cambiar de profesión porque la mayoría de los niños caminaban por las calles descalzos y solo usaban zapatos en la iglesia para que los espíritus codiciosos huyeran, se encargó de organizar tres equipos en el Norte y una señora fritanguera, que no solo vendía fritos sino que cada año tenía un hijo  porque su marido consideraba que cuando ella hablaba hacía el amor y cuando besaba era para preñarla, organizó otros tres equipos en el Sur, más uno en el Oriente y otro en el Occidente; don Deme hizo así su sueño realidad.

 

Don Deme reunió a todas las personas que tomaron interés en el evento y entre todos hicieron las reglas. “La vida sí es dulce al paladar”, concluyó don Deme por la noche cuando puso la cabeza en la almohada.

 

Ocho equipos que jugarían para conseguir el que ganase un pedazo de terreno de diez hectáreas para cultivar cosas buenas que consumirían bocas con barrigas hambrientas y gargantas con sed de amor. “Así habrá más plantas para que los pájaros mudos bailen viendo bailar las hojas con la música del viento”.

 

Los fines de semana cuando se jugaban los partidos en los atardeceres Circe hacía que a su alrededor se arremolinara la gente a escuchar la voz tibia de su violín y esta aprovechaba entre una y otra interpretación para gritar: “El pensamiento es una función del carácter, pensar requiere coraje, enseñen a los niños a pensar, así aprenderán una audacia saludable. Procuren que sigamos todos en nuestro pueblo, que todo aquel que salga regrese, que nunca tengamos una civilización que nos aplaste con odios sin piedad”. Jornada tras jornada Circe cambiaba el discurso. Cuatro equipos llegaron a la semifinal y fue entonces cuando apareció don Deme con un tambor por todas las calles anunciando voz en cuello que el sábado jugarían, San Félix contra Tigres y el domingo Las Flores contra Marraneros. Los partidos serían a las tres y treinta de la tarde. Todo el pueblo se enteró.

 

Y llegó el sábado y fueron las 3:30 p.m. y arrancó el partido… San Félix tomó la iniciativa los niños con buen trato a la pelota hicieron que se juntaran las miradas y el jolgorio emprendió vuelo. Los Tigres viendo que la hinchada estaba con San Félix pusieron el corazón en cada jugada y lograron terminar el partido 0 – 0. A nadie se le ocurrió que esto podría pasar y no había como definir el primer finalista. Que tiren una moneda al aire decían unos, que repitan el partido decían otros y algunos que se cobrarán lanzamientos desde el punto penal. Mientras la discusión no daba nada en concreto, Colin, hijo de la fritanguera, iba corriendo y diciendo para que lo oyeran: “mírenme bien soy un joven que ruedo por las calles en un neumático desde San Félix hasta Chorro Hondo, nadie me señala soy libre como mi abuelo.

¿Saben? Mi abuelo quería ser profeta pero, pasaba muy ocupado.” Cuando terminó Colin, se había determinado que el partido se definiría con lanzamientos desde el punto penal. Ya a oscuras, le faltaba un cobro a Tigres que de convertirlo pasarían a la final. La hinchada de San Félix ingresó al campo y no dejó cobrar porque poco o nada se veía. Fue entonces cuando Don Deme se hizo sentir diciendo: “así como uno debe morir en una cama sobre una almohada limpia y entre amigos esto hay que terminarlo bien, el viernes será una tarde para la historia de Caño Cristales, no vamos a cambiar al mundo porque siempre la abeja seguirá visitando la rosa”. El viernes con más público que nunca Circe endulzó los oídos y con su sin igual violín, en el entre tiempo se hizo célebre: “en este pueblo debe crecer el número de ruiseñores, que nunca se escuchen ruidos que muchos niños aprendan a tocar guitarra y ojalá se las cuelguen en sus gargantas. Que todos alimentemos los arboles para que se vistan de nuevas y nuevas hojas, que sintamos el olor a tierra mojada y que ningún niño se quede sin tener un buen maestro”.

 

Soterio cobró el último tiro libre desde el punto penal, que le correspondía a Tigres. Cerró los ojos al patear y pensó en lo bello que sería escuchar trinar más aves en el terreno que ganarían para que sus padres cultivaran. La pelota entró por todo el ángulo superior izquierdo del arquero de San Félix y el público celebró con asombro, semejante precisión. El partido del domingo fue ganado por Las Flores con poca oposición de Marraneros. Fue como un canto de libertad, fue como si las flores se librasen de la electricidad del rayo, como si no existieran las enredaderas del destino; los niños de Las Flores hicieron todo tan perfecto que evitaron murmuraciones. Lo hicieron todo con la naturalidad del galope del sol. Listo! Listo! Listo! Quedó establecida la final: Las Flores vs Tigres.
Fue y será el domingo más recordado en Caño Cristales Tigres con su uniforme naranja de pepas rojas y Las Flores con camiseta blanca y en el pecho el arcoíris salieron tomados de la mano y recibieron en el centro de la cancha la bendición del padre Nevardo quien antes de darla, mostró su tristeza por la eliminación de San Félix. La banda papayera del pueblo seguía con los acordes de La Butaca mientras el padre se retiraba y en los alrededores de la cancha no cabía una aguja. Hicieron un partido inolvidable. Todos contemplaron lo que sus corazones sabían, que en los pies los niños también tenían música que el juego es como una canción que divierte, que entretiene, que los niños con pocas exigencias convocan a melodías y que crecerán para ser hombres divertidos. ¡Fue un partido electrizante! ¡Ganaron Las Flores 3 – 0! Desde entonces el viento le canta a la castidad de las flores y ellas les responden con sencillos gestos.
Y pensar que el hombre del pueblo hoy piensa en otras cosas, los jóvenes estudiantes miran con desprecio al campesino y Caño Cristales ni tiene caños, ni aguas cristalinas, ni escuela para los niños.

 

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18 julio, 2016

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Alfredo Carreño


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