Messi, ideólogo de la izquierda (Óscar Domínguez G.)

Óscar Domínguez G.

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*Queda claro que ahora el fútbol es de apellido Messi, el hombre más parecido a un domingo feliz.
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Lionel Andrés Messi,  el “Messías”, Leo, Lío, la Pulga, marido de Antonella y taita de Thiago, el crack del Barcelona y de la selección argentina, ganador varias veces del “Balón de oro” que lo acredita como el mejor en su oficio de dar patadas con arte, cumple 28 abriles hoy 28 de junio.

Este ganador del Óscar del fútbol, no parece  hecho para el protagonismo farandulero. Casi  pide perdón por su excelencia balompédica. Es feliz haciendo lo que hace desde los cinco años: jugar con el virtuosismo con que sus paisanos Les Luthiers  ejecutan su música.

Apenas habla para agradecer y dedicar a los suyos las distinciones que le llueven.

Su fuerte no es la prosa. Este ideólogo de la (pierna) izquierda que  hizo visita desteñida visita de médico en Bogotá para jugar en Bogotá, disfruta del fútbol por el fútbol. Como cuando jugaba en su Rosario natal, la tierra del finado Negro Fontanarrosa, quien vivía para este juego.

La primera vez que vino a Bogotá, fui hasta su hotel a ver si lo veía asomarse por una rendija para contárselo a mis nietos, pero tuve que regresar a casa sin mejorar mi hoja de vida con sus escasos centímetros de estatura en mi disco duro.

De niño, como nos sucede a todos los que le hemos dado patadas al balón,  Messi, a quien se le detectó un madrugador accidente hormonal que le impedía crecer, jugaba para el olvido, para nadie. O para Jorge Horacio, su padre y  primer entrenador. En los primeros teteros de pecho, mamá Celia María Cuccittini, le inoculó el AZ del fútbol.

Fue rechazado por el River Plate después de hacer el kinder en las divisiones inferiores de Newell’s Old Boys. A los 13 años recaló en el Barcelona que finalmente pagó la cuenta del tratamiento por su enfermedad hormonal. Desde entonces no se ha movido de allí, salvo para jugar con la selección argentina donde suele padecer amensia parcial de fútbol. Bueno, no ha logrado campeonar con sus paisanos. Veremos cómo le va en esta Copa América. Claro que primero tienen que despachar a casa a la selección colombiana.

Activista del signo cáncer, nunca ha tenido el fútbol por cárcel, es decir, como pretexto prosaico para rebuscar el sustento. Lo  testifican la entrega, alegría y altruismo con que lo  practica. Habría podido jugar gratis. Para qué plata si se puede convertir el fútbol en una de las bellas artes… pedestres.  Pero en tiempos del capitalismo salvaje toca cobrar. Además, la vida del jugador  es fugaz como un estornudo.

Tiene rostro de niño bueno, de aquellos que se toman la sopita, al contrario de su paisana más famosa,  Mafalda. Si otro argentino, Borges, lo hubiera visto jugando, habría abjurado de su furioso “ateísmo” balompédico.

(Traducido a literatura, el fútbol de Lío, como le dice machaconamente Maradona, quien le alquiló el hombro para llorar después de fracasar en Sudáfrica, está más cercano de la lúdica de Cortázar que de la hermosa y escéptica prosa de Borges).

Un exentrenador suyo en la selección argentina, Basile, le daba carta blanca: “Hacé lo que querás”. O sea que podría  llevar Play Station para jugar mientras los demás sudan de tanto dar patadas.

“Es la esencia del fútbol”, tronó el temperamental Joan Laporta, expresidente del Barcelona, quien autorizaba los cheques para el pibe del sueño. Y de ensueño.

No hay escándalos en la hoja debida de Messi. Bueno, salvo líos por impuestos y una que otra escapada de la epístola de Pablo para echarse una canita al aire. Bueno, les ha hecho desplantes a muchos niños. Esa sí no tiene perdón de Dios ni de los bípedos.

En esa aparente discreción se parece a su anónima pierna derecha que apenas le sirve para subir y bajar del bus. Messi podría jugar sin esa pierna. Su izquierda trabaja  por las dos. Si hubiera nacido derecho, sería médico, siquiatra, periodista, ascensorista. O vendedor de churrascos.

Los zurdos como él también son gente. La lista de “siniestros” es larga: Da Vinci, Miguel Ángel, Picasso, Marceau, Chaplin, Marilyn Monroe, Clinton,  Castro, Hugo Chávez, Barack Obama. El propio Maradona, de quien es admirador y antípoda en la vida personal. Y James Rodríguez, el hombre 10 de Colombia.

Su humildad es lo que llevó a este curioso argentino sin ego a reconocer en su momento que su ídolo y ex compañero de nómina en el Barcelona, Ronaldinho, era el mejor. No le quería ocultar el sol al 10 de su equipo, quien entraba en huelga de goles.

De paso,  se evita el estrés de que lo consideren el mejor, el hombre diez. Buen  truco  para evitar defensores que persiguen – para inutilizarla- su izquierda hecha para el asombro.

Hace tiempos se aproximó al virtuosismo de célebres “10” como Pelé y Maradona. Hasta el punto de que ha clonado dos goles de su paisano: uno contra el Getafe considerado el gol de siglo, pues eludió hasta al viento, y otro con la mano que vimos millones en el mundo, salvo el árbitro – Eróstrato con pito- que quería entrar a la historia por la puerta de atrás.

Menos mal, cuando enfrentó a Colombia, en Bogotá,  la Pulga dejó su arte en casa. En general, le sucede cuando juega con la selección gaucha. Felizmente, dicen sus antagonistas.

Messi le ha dado estatus a números  18 y al 19, números que a nadie le dicen nada. Es como llamarse Francisco, antes de que nombraran al Papa actual, su paisano, hincha de san Lorenzo.

Sus marcadores tienen pesadillas y cólicos la víspera del partido contra Messi y su corte. Agradecerían un pequeño infarto, una migraña, que dejara a Messi en casa, o los dejara a ellos viéndolo jugar por televisión. Otros quisieran pedirle un autógrafo en la cancha, pero no lo hacen porque sospechan que la tribuna podría silbarlos. Ya lo harán en el supermercado, o en la claustrofobia de algún ascensor.

Después de verlo actuar – es un actor- queda claro que ahora el fútbol es de apellido Messi, el hombre más parecido a un domingo feliz.

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