Por Daniel Salvador
*Y seguía siendo el mismo tipo duro, serio y profesional que yo había conocido hace años, en Rosario.
Lo conocí en Rosario. Yo trabajaba como gerente de fútbol joven en O’ Higgins, y se nos había encomendado la tarea de buscar un entrenador para la temporada 2008. En uno de esos viajes, que fueron en realidad dos a lo largo de 2007 y que hice en compañía de Nibaldo Jaque, entonces Gerente General del club y hoy Secretario de la ANFP, se nos presentó, a través de un asesor de futbolistas, la posibilidad de conocerlo, de entrevistarnos con él. Sabíamos muy poco, pero conocíamos su paso por Perú y su pasión por esta actividad maravillosa.
Al llegar al aeropuerto había un joven aguardándonos. Vestía buzo deportivo, tenía el pelo largo y un papel en las manos. Se llamaba Sebastián Beccacece. A Jorge Sampaoli lo conocimos un poco más tarde, en una pequeña oficina del centro de Rosario. Ingresó a la sala con su bolsito, dispuesto a presentarnos su proyecto de trabajo. Era un tipo muy simple, excesivamente simple, pero muy profesional, muy preparado. Un hombre de pocas palabras, pero perfectamente consciente de sus capacidades.
No hubo demasiado preámbulo. Proyectó en un pequeño computador algunas de sus premisas, y de inmediato comprendimos lo actualizado que estaba, lo riguroso que era su método de trabajo. Bielsa había llegado uno o dos meses antes a la selección pero, en general, eran métodos muy poco comunes los que él nos presentaba. Su propuesta estaba muy definida, muy clara, y era muy novedosa para el medio chileno. El conocimiento cabal del plantel que todavía no había empezado a dirigir, terminó de convencernos.
Recuerdo que Nibaldo quedó sumamente impresionado cuando en el computador comenzaron a aparecer, uno a uno, los integrantes del plantel que tenía O’Higgins, con los jugadores destacados, los refuerzos que podrían encajar dentro del perfil del club y los jóvenes de proyección que convendría tener en cuenta. Una maciza presentación que, en cuestión de minutos, disipó todas nuestras dudas. Era el DT ideal. Había que contratarlo.
Y es que si algo había logrado transmitir aquel desconocido en un intervalo de tiempo brevísimo, era seguridad, una fe tremenda en sus posibilidades. Cuando se fue, olvidó sus pertenencias. En el interior de su bolso había un libro de Marcelo Bielsa. Una compilación de sus principios y fundamentos futbolísticos. Un testimonio que ponía de manifiesto la importancia que la figura de El Loco había tenido en su carrera como entrenador y la gran admiración que éste le profesaba.
Lo que ocurrió después de aquel esclarecedor encuentro, no resultó tan claro. Presentamos su nombre como candidato. Propusimos su llegada sin contar, en un principio, con el apoyo de buena parte del Directorio. No existía el respaldo total de la dirigencia, pero logramos convencerlos de que él, el tipo trabajólico y obsesivo de Casilda, era el DT que estaban buscando. Viajó entonces a Chile, sostuvo reuniones con todos los directivos, conoció las instalaciones del club, se acordaron las condiciones y listo.
En Rancagua impresionó su gran profesionalismo, su completa dedicación al grupo y su extraordinario nivel de exigencia. Su inconfundible sello ofensivo hizo el resto. Un año y ocho meses de trabajo bastaron a Sampaoli para granjearse un nombre dentro del balompié nacional. En noviembre de 2009 partió a Emelec, convertido ya en ganador y sin haber ganado nada todavía. Volvió pronto, para hacer campeón a Universidad de Chile y para conducir a la Roja a la conquista del primer cetro continental de su historia. Y seguía siendo el mismo tipo duro, serio y profesional que yo había conocido hace años, en Rosario.





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