Por Óscar Domínguez G.
* Que se venga rápido el martes para darles en la jeta a los argentinos.
Cuando terminó el primer tiempo del partido contra Chile, con el marcador en contra, nadie quería saber nada de la selección. Los hinchas de dos pesos, como este palabrotraficante, les habían retirado el saludo y la mirada a James y al resto de la tribu.
Si me hubiera encontrado a Pékerman en un asadero por los lados del Atanasio Girardot, habría cambiado de restaurante. En Pékerman, convertido en trompo de poner, llegué a detestar a Borges, a Cortázar, al suicida Lugones. Gardel me importaba un carajo. Isabel Sarli con sus senos pluscuamperfectos me pareció fea con retroactividad. Olvidé el tango Cambalache, biografía musical del siglo pasado. Y de lo que va de este. ¿Messi? ¿Y quién ese ese lagarto?
Tenía la moral de hincha a la altura del betún. No le veía posibilidad de nada al equipo. Casi le doy la razón a palabra de Dios, Iván Mejía, quien por Caracol radio, sugirió en el recreo del medio tiempo que sacaran a James.
¿Será que James se está cuidando para que no le regañe el técnico Benítez, tan cacheticolorado que parece natural de Santa Rosa de Osos, o para no hacer rabiar a Florentino Pérez, el que le paga la quincena en el Real Madrid?
De la ira e intenso dolor de los hinchas no se escapaba ni el aguatero. Alguno debió echarle la culpa del mal fútbol de la selección a la dimisión de Luis Bedoya, a su chanfa dorada en la Federación. El gol de Vidal, pasándose por la galleta a los defensores y al arquero Ospina que se quedó pensando en los huevos del gallo, se atribuyó al lento avance de las negociaciones de paz en La Habana. O al aguacero que obligó a suspender el partido Argentina-Brasil. O al fenómeno del Niño.
Ya veíamos a Pékerman y al resto del gauchaje que lo acompaña en la parte técnica, pasando hojas de vida. Y a varios técnicos colombianos en servicio activo o en el asfalto llamando al nuevo mandamás, Jesurún, para desearle una feliz navidad y próspero año y preguntarle por la marca de su whisky preferido…
El segundo tiempo empezó sin mayores ilusiones. Los mismos rostros con los mismos guayos. Pero poco a poco el equipo con los ajustes hechos, sobre todo la presencia de Cardona, fue cambiando la historia.
Y a partir del gol de túnel de James, los hinchas dimos la vueltacanela que dio el presidente Santos tan pronto ganó las elecciones. Volvimos a recuperar el habla, el color, el hambre. Adiós crucigramas que estábamos llenando al reiniciarse el partido. Trago y viejas para todas las mesas. Los hinchas somos unos garufas, un caso perdido.
Que se venga rápido el martes para darles en la jeta a los argentinos. Somos los mejores del mundo, Pékerman, ¿qué querés tomar? Somos grandes. Nadie nos carga la maleta. Me doy al ancho.





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