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Colombia se ahogó en once metros.

Para Jhon Arias fue un buen mundial. Ayer fue el primer cambio de Lorenzo como en las eliminatorias. @CaracolDeportes.

Por Jorge Iván Londoño Maya. –
Columnista Cápsulas. –

Vancouver es un encantador puerto canadiense, pues, según reza en Google, para que no crean que estoy “chicaniando”. Una ciudad acogedora, que le abrió la puerta a miles de colombianos y a mil suizos que coparon el estadio BC Place, todos entrelazados sin problema alguno, algo totalmente diferente a lo que se vive en nuestros estadios, en donde una camiseta rival es prenda de peligro letal. Esa mancha amarilla, al igual que en los anteriores partidos, hizo que nuestros jugadores jugaran de local.

Lorenzo con los de siempre, pero los de siempre no fueron los de antes, porque vimos una Colombia parsimoniosa, sin brillo en su juego, sin presión en el medio campo, con sus figuras, Lucho, James, Puerta y Arias jugando en bajo; frente a una Suiza que de a poquitos fue subiendo su nivel.  Los minutos iniciales, como en el boxeo, fueron de estudio, y los minutos siguientes, como en el ajedrez, de posicionamiento de las fichas claves. La primera llegada con canto de gol ahogado fue para Colombia, pero la de Suiza no se hizo esperar, en la que Vargas salió airoso. Se consumen los 45 minutos iniciales más la ñapa de 4 minutos.

En la complementaria entran Quintero y Campaz y salen James y Arias. A Colombia le hace efecto el momento de hidratación y muestra cositas diferentes. El Cucho entra por Suárez; Quintero trata de filtrar algún pase; ambos porteros se siguen luciendo con atajadas de postín. Terminan los 90 minutos más la adición y nos vamos a los 30 minutos extras, que muestran a una Colombia con mayor producción y con dos opciones de gol increíblemente desperdiciadas en los guayos del Cucho y de Campaz. A punto de terminar el tiempo reglamentario, sale Lucumí por molestias, y entran los 1,95 metros de Mina.

Llegan los cobros desde los once metros, que no son una lotería, ni la lectura del tarot y mucho menos los polvos de la madre Celestina, porque son una tarea asignada a los jugadores, tarea que se debe aprender de memoria, se debe preparar y ensayar, para dejar el cobro, no al albur, sino sujeto a la inteligencia y destreza para engañar al portero.

En esa tarea no sacamos cinco, y por eso, los suizos, que fueron más aplicados, nos superaron y nos mandaron a hacer maletas a jugadores e hinchas, frustrando el anhelado paso a cuartos de final, para vernos nuevamente las caras con los argentinos y cobrarles una deuda pendiente.

Un mundial extraordinario, salvo este último partido, por todo lo mostrado, por la ilusión que cada 90 minutos crecía, por la unión de nuestro país alrededor del canto del himno que retumbó en el universo, por los colores patrios que a modo de grafiti decoraron los estadios, por la belleza de nuestras mujeres que engalanaron las tribunas, por el olvidar, así fuera por pocos días, nuestra desbarajustada situación política, por habernos mostrado una selección que, a pesar de la eliminación, dejó en alto el fútbol colombiano.

Así es la vida, sin pensarlo, nos ahogamos en 11 metros, luego de recorrer miles de horas de vuelo entre ciudades sedes y miles de kilómetros en los campos de juego.

Que Dios nos dé vida y salud para ser testigos del próximo mundial y para saber si, en efecto, los jugadores aprendieron la tarea del cobro desde los 11 metros.

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