
El País-Cali
*Dijo que su vida era el América. Que amaba a su familia, pero que ese color rojo era su felicidad.
Hay hinchas a los que simplemente les gusta un equipo. Hay hinchas que solo se sientan frente al televisor. Hay hinchas que se ponen la camiseta y no faltan al estadio. Hay hinchas que se parten la cara con el rival y hasta se hacen matar. Y hay hinchas como Javier. Javier Ibarra, para ser más preciso…
Lo conocí en la década de los 80, en el barrio donde pasé mis años de adolescente.Proveniente, no sé de dónde, se mudó a la casa que quedaba justo frente a la mía. Y pronto advirtió cuál era el color de su sangre. “Con la A, con la M, con la E, con la R, con la I, la C y la A, América, América, ra, ra, ra…”. Día y noche salía de su casa el estridente sonido de la canción de los ‘Diablos Rojos’. Aturdía. Fastidiaba. Agotaba. A mí, debo confesarlo, me divertía. Y sin ser yo su amigo, se hizo mi amigo… Supe, entonces, que trabajaba en un banco. Que nació en Nariño. Y que, cada quincena, de su salario sacaba religiosamente el dinero para ir al estadio…
Los miércoles, cuando América jugaba en el Pascual por las noches, Javier salía del banco, con camiseta roja, rumbo al estadio. Si la ‘Mecha’ ganaba, todos nos enterábamos en el vecindario por cuenta de Javier. A eso de la medianoche, llegaba en su motocicleta Yamaha Enduro 175, haciendo ruido con el acelerador y cantando la canción del América a todo pulmón, impulsado por los tragos. Parecía un muñequito de cuerda. Es que apenas medía 1,60 y no pasaba de los 58 kilos. Y trepado en esa ruidosa máquina, adquiría un poder fantasioso…
Una noche de esas, América venció en el clásico 3-1 a Deportivo Cali con goles de Gareca, Ischia y Cabañas, y logró así su sexto título. Javier llegó al barrio, entró sin freno ni reparo alguno en su motocicleta hasta la sala de la casa de un vecino que tenía las puertas abiertas y se tiró al piso. Lloraba de felicidad. Luego del incidente y el enojo del dueño de la casa, Javier pasó a la vivienda del lado. La dueña, en horas de la mañana, le había hecho mofa diciéndole que América perdería ante los azucareros.
Al regresar del estadio, Javier estaba borracho, pero no tanto como para olvidar aquel detalle. Entonces, comenzó a saltar como loco sobre el jardín de la señora hasta destruir la totalidad de las matas. A la mañana siguiente lo visitó un policía de la estación del barrio…
Otra noche llegó a su casa con la cara rota. En la tribuna oriental del Pascual,contaron otros vecinos que lo vieron, armó tropel contra un tipo que lo doblada en estatura. Además de los moretones y las heridas, abandonó las gradas del estadio masticando la amargura y la humillación, porque aquella vez los ‘Diablos’ fueron vapuleados por el Nacional…
Relatando una vez ese episodio, el propio Javier dijo que su vida era el América. Que amaba a su familia, pero que ese color rojo era su felicidad. Juró que tendría una perra a la que llamaría precisamente América y un hijo al que bautizaría como Juan Gabriel —el primer nombre por Juan Manuel Bataglia, aquel goleador paraguayo de los 80; y el segundo, por Gabriel Ochoa Uribe, el técnico que tantos títulos les dio a los rojos—. Y cumplió su juramento.
Alcancé a conocer a América, su perra, y Juan Gabriel, su hijo. Luego me fui del barrio y nunca más supe de él. Han pasado ya décadas y ahora que los ‘Diablos’ andan en la B, me pregunto dónde está Javier. Si todavía tiene el acetato con la canción del América. Si sigue andando en motocicleta. Si aún daña jardines y se hace partir la cara en el estadio. Si habrá enterrado a su perra América en Cascajal y si su hijo Juan Gabriel le dio un nieto que se llama Diego Édison. Si alguien lo conoce, dígale que lo recuerdo y que quiero ser su amigo.