Capsulas de Carreño

El «2» que no se olvida

Crédito de la ilustración para losdelsurelcarmen.es.

Crédito de la ilustración para losdelsurelcarmen.es.

 

*Han pasado 21 años desde aquel vil asesinato. Un «2» que Colombia y el fútbol no olvidan. Historia que recuerda la página ttps://www.ferplei.com.

 

 

Caminando por las irregulares y angostas calles de Medellín no es raro toparse con ciertos grafitis que, de una manera festiva pero con notoria carga religiosa, celebran al “inmortal número 2”. Una figura alta, de pelo medianamente largo, que siempre aparece vistiendo la polera amarilla de la selección colombiana. Mirado a la rápida se podría pensar que es quizás un stencil o una campaña viral de una marca deportiva, pero nada de eso. Esa figura y ese número es la representación gráfica del momento más triste del fútbol colombiano: el asesinato del entonces jugador del combinado nacional, Andrés Escobar Saldarriaga.

El hecho sucedió el 2 de julio de 1994, a la salida de la discoteca “El Indio”, cuando el sicario Humberto Muñoz Castro se acercó al jugador para increparle por el autogol. Es cierto, Escobar había marcado un autogol contra Estados Unidos en lo que fue una desastrosa y casi inexplicable campaña para un equipo que llegó invicto al Mundial de dicho año y que clasificó nada menos que en el Estadio Monumental de River Plate tras un aplastante 5–0 sobre Argentina.

 

Y esa noche, Muñoz Castro al ver a Escobar, no vio al querido jugador que se había encargado de llevar al equipo «Cafetero» a ser considerado candidato directo a la Copa del Mundo, sino que por el contrario, era uno de los tipos que habían dejado en vergüenza a Colombia y es más, era el que había marcado un gol contra su propio arco: algo imperdonable.
Palabras vinieron, palabras fueron. Algunos dicen que Escobar pidió respeto e increpó a Muñoz, otros dicen que de cierta manera, el ex defensor de Atlético Nacional ya sabía lo que venía, que lo supo por primera vez el 22 de junio cuando en el minuto 34, y con el pie derecho, introdujo la pelota en su propio arco.

 

Como sea, Muñoz Castro sacó una pistola de su chaqueta, y sin pensarlo dos veces, procedió a meterle doce balazos a Escobar. La muerte no llegó de inmediato, eso pasó camino al hospital, pero el destino ya había sido sellado: el jugador de la selección colombiana había sido ajusticiado por un sicario que no estaba contento con lo sucedido en la Copa del Mundo (dato triste, los encargados de reconocer el cuerpo fueron nada menos ue sus compañeros René Higuita, Victor Hugo Aristizábal y Mauricio Serma).
¿Qué sucedió con Muñoz Castro? Tras la muerte de Escobar la investigación determinó que el sicario trabajaba en ese momento para un par de empresarios que habrían perdido una importante suma en el circuito ilegal de apuestas tras la eliminación de Colombia en el Mundial. Ante ello fue condenado a 43 años de prisión por el cargo de asesinato, pero el 2009 salió en libertad tras cumplir un cuarto del total de su condena por haber demostrado buena conducta.
Este hecho marcó el fin de un ciclo vicioso dentro del fútbol colombiano, uno en el que, durante años, los carteles de la droga gobernaron la actividad y que hasta el día de hoy se conoce como la época del Narcogol. De hecho, hace algunos años atrás el documental “Los Dos Escobar”, que investiga la relación entre Pablo Escobar, el mayor traficante de drogas de Colombia, director del Cartel de Medellín, y el fallecido Andrés Escobar.

 

Y sí, es cierto que Andrés Escobar era un tipo recto, al que no se le han podido demostrar ninguna relación con ningún traficante de droga, pero lo cierto es que la coyuntura de Colombia a finales de los ’80 y principios de los ’90, donde los carteles controlaban casi todas las actividades de la nación, hacían imposible que los jugadores de fútbol estuvieran al margen.
El negocio funcionaba a dos niveles. Los zares de la droga no sólo podían lavar dinero con los equipos sino que, de paso, lograban tener un importante apoyo popular que les significaba protección, silencio y cooperación principalmente de los estratos más bajos (quienes lamentablemente no habían encontrado solución a sus demandas en las autoridades encargadas de dárselos).
Así, era lógico que la cultura del Narcogol llegara a la selección, mal que mal, la mayoría de los jugadores eran de Atlético Nacional de Medellín, América de Cali o Millonarios, cuyos dueños eran Escobar y otros capos de la mafia. Y claro, como lo dice el propio técnico Francisco Maturana en la película antes mencionada, si bien ellos trataron de mantenerse al margen de este mundo, el asunto no era para nada fácil. “Cuando Vito Corleone te invita a almorzar, tú no estás en condiciones de decirle que no a Vito Corleone”, comentó «Pacho». y claro, así fue como se armó una extraña relación entre narcotraficantes y un grupo de jugadores que llevaba a la selección colombiana por primera vez al Mundial después de 28 años (1990).
Hoy Colombia es otra, los dueños de los carteles dieron paso a una violencia amparada en las Farc, la selección brilla en Brasil 2014, pero aún así, el «2» inmortal sigue presente en cada uno de los habitantes de Medellín, quienes lo recuerdan con cariño mientras rezan para que nunca más el fútbol tenga sabor a cocaína.

Fuente: ttps://www.ferplei.com

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