Por Hugo Asch, Diario Perfil
*La misma historia y los mismos actores con directores de estilo diferentes.
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El discurso de Jorge Sampaoli tiene el mismo tono monocorde de Bielsa pero carece de ingenio para deslizar, como él, frases que provoquen el éxtasis de sus fanáticos. Su gran mérito es plantarse frente a la prensa y contestar todo, evitando la ironía forzada de Bauza, la mirada desconfiada de Barros Schelotto o el análisis de lo que nunca pasó, como suelen hacer Diego Cocca y más de un político con cara de piedra. Su carrera exitosa en Chile, su paso por Sevilla y el interminable culebrón de su salida le dieron cierto prestigio y un aura de sabiduría que parece provocarle más agobio que orgullo. Una imagen que, al menos desde que asumió, lo ha puesto a cubierto de la crítica salvaje, el deporte que más nos gusta y mejor jugamos.
Es un obsesivo, lo define el mundillo futbolero como si se tratara de una virtud envidiable. No mienten. Se nota que más allá de comprensibles sobreactuaciones para sostener el personaje, Sampaoli vive para su trabajo. Lo hacía cuando dirigía gratis y hasta trepado a los árboles en modestos clubes y lo hace ahora, con un contrato european style que le asegura dos pares de millones en moneda fuerte.
En un tiempo con ideas de baja intensidad, donde la ilusión pasó a ser la mercadería de mayor demanda, Sampaoli encarna, lo haya buscado o no, el sueño del cambio, el pase mágico que nos regrese a la cima del mundo, nuestra casa. Tres centrales, laterales volantes con ida y vuelta que cubran las bandas, medios con buen pie, mediapuntas, delanteros y todos al ataque. Difícil no comprar una oferta tan atractiva.
Sampaoli fue un zurdo habilidoso sólo conocido en la liga casildense; y Sebastián Beccacece, su joven escudero, un 4 amateur con proyección que un día sintió que lo suyo era la teoría, no la práctica. Ninguno de los dos viene del PTDT –partido tradicional de los directores técnicos–, futbolistas conocidos que, ya veteranos, decidieron sentarse en el banco y conducir. Son, en el argot interno, tácticos; estudiosos, cultores del detalle.Historias similares a la de Bielsa, rústico central que no pasó de jugar un puñado de partidos en la primera de Newell’s.
Pese a sus tatuajes, su gusto por el rock and roll cuadrado y su personalidad esquiva, su estética en el juego es bastante sofisticada, con dibujos audaces, movimientos verticales, presión sostenida y resultados milagrosos. ¿Qué podía fallar?
Bueno, algo falló. Porque Argentina jugó muy mal. Tuvo la pelota siempre –el porcentaje de posesión fue abrumador: 79,5%, referencia del partido contra Uruguay– pero nunca supo qué hacer con ella, salvo romper todos los récords en pases laterales y hacia atrás o buscar la lámpara para frotarla a ver si el geniecillo los salvaba. Ya vimos esa película. La misma historia y los mismos actores con directores de estilo diferentes: Sabella, Tata Martino, Bauza, y ahora el eléctrico calvo de Casilda.
Sincero hasta la autoflagelación, Sampaoli me dejó con la boca abierta cuando, en plena conferencia de prensa, confesó: “No esperábamos que Uruguay jugara tan atrás. Hay que preguntarse cómo hacer ante estos rivales que reducen tanto los espacios, e insistir por el camino de la profundidad aunque no haya tanto lugar”. Glup.
No estaba en los planes. Ajá. Tampoco recibir un gol al minuto, que uno se desgarrara y otro fuera expulsado. Pero todo puede pasar en la dinámica de lo impensado, diría Panzeri; y es esa incertidumbre lo que convierte al viejo invento de los ingleses que aburría a Borges en algo apasionante. Si los entrenadores cobran fortunas, querido Samp, es para prevenir problemas, no para comentarlos con asombro después. Ay.
De local y contra Venezuela, el último de la tabla, habrá que ganar, jugar bonito, secarse el sudor de la frente y perder los miedos. ¿Qué puede pasar después? ¿Será pasaje a Rusia o la gran Nueva Zelanda? Ah… no lo sé, compatriotas.
(Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil).
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