Por Gilberto Maldonado Bonilla.
Columnista Cápsulas.

*El deporte, especialmente el fútbol, es una de las mil cabezas del monstruo llamado estado. También puede decirse que, igual que la religión, es el opio del pueblo.
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Pruebas de la relación política-fútbol hay muchas. A mi memoria llega el asesinato del ministro de justicia Rodrigo Lara en el gobierno de Belisario Betancur. Sucedido en la época del auge del narcotráfico, cuando éste quería ser protagonista de la vida política.
Para adormecer a la llamada opinión pública el gobierno y los directivos del fútbol, ya permeados por el narcotráfico, permitieron se pasara por la televisión nacional el partido entre Millonarios y Unión Magdalena.
El fútbol, como satisfacción sustitutiva por excelencia, lo tenemos también en las épocas de las dictaduras militares en el cono sur. La conquista del campeonato mundial celebrado en Argentina, con el triunfo de la selección de ese país, es considerado un hecho político antes que deportivo. Ayudó a lavar la siniestra cara de la dictadura militar de la época.
El covid-19 tiene y traerá consecuencias político- sociales. Y la mira de la sociedad debe apuntar hacia lo futuro. El presente hay que afrontarlo. Quizá la crisis pase.
Lo que preocupa es lo que dejará. Lo más seguro es que nos muestre las llagas de esta sociedad desigual. El estado tendrá en sus manos el tratamiento, las formas de enfrentar las consecuencias y la dimensión propias de una sociedad injusta como la que nos corresponde vivir.
El estado se moverá entre la represión y la diversión. Y aparece, ya está naciendo, el fútbol como el opio, como el sedante, como la anestesia para las carencias que tendrá que soportar gran parte de la sociedad.
El fútbol no necesita al Estado. El Estado necesita del fútbol. De ahí la idea que el estado haya claudicado ante el estamento directivo del fútbol.
¿Cuántas concesiones más por debajo de la mesa? El afán, la prisa, está por lo estatal. Lo que viene detrás de esta crisis sanitaria, indica que el fútbol es cuestión de necesidad.