Capsulas de Carreño

Hace falta un timonel (Luis David Obando)

Luis David Obando

Por Luis David Obando

 

* Hernán Botero, de lejos el mejor directivo del Nacional en toda su historia.

 

Cuando se ve al verde vestido de azul, o se sufre el ya acostumbrado confuso deambular en las canchas de jugadores que ostentan en su pecho el escudo del Atlético Nacional, no puede uno entender cómo es posible que eso pase si condiciones son las que hay: chequera abultada y generosa, técnicos de postín, jugadores caros, afición ganadora… Y buscando explicaciones una y otra vez, el bombillo se enciende y surge la historia para iluminar la actual oscuridad verdolaga.

 

La película de la memoria comienza en los años 60, cuando el equipo grande de Antioquia era el Poderoso, en cuyo emblema brillaba el doble de estrellas que en el de su rival de plaza: Nacional vivía de la única vuelta olímpica de 1954, mientras el DIM tenía frescas las gestas del Charro Moreno en los torneos del 55 y 57 y siempre figuraba en el sonajero del título, mientras los puros criollos verdes apenas lograban salir del sótano de la tabla.

 
El giro de la tuerca ocurrió culminando ese decenio y comenzando el siguiente: Hernán Botero Moreno asumió de lleno las riendas del club, y desde los primeros días demostró lo que se podía hacer con poca plata pero mucha visión y carácter: con 10.000 dólares en el bolsillo se fue a Argentina e hizo de ese capital la base del verdadero, el futbolístico.

Llegó entonces Raúl Navarro, el mejor y más carismático cuidapalos en los anales del equipo, lo cual es mucho decir en un arco por el cual han pasado Chonto Gaviria, René Higuita, Lorenzo Carrabs, Miguel Calero y David Ospina. En el paquete estuvieron Calics y Tito Gómez, que se juntaron con la Chancha Fernández y comenzó el baile verde. Inició la época de los ídolos y los títulos: tres vueltas olímpicas en 8 años (cuando los campeonatos eran de 11 meses), y un manejo del equipo en la cancha y en el escritorio que es y seguirá siendo leyenda.

 
Fue Hernán Botero el que consintió y mantuvo a Navarro, el que trajo de técnicos a César López (estrella de 1973) y al bicampeón mundial de clubes con Estudiantes, Oswaldo Zubeldía (campeonatos de 1976 y 1981) y, ya al final (1983), al ganador Luis Cubillas. Fue él quien lideró la estrategia de contratar figuras extranjeras pero al tiempo fomentar talentos de las divisiones menores.

 
Entonces y por Hernán Botero se vistieron de verde y blanco César Cueto, el Poeta de la Zurda, y el Tanque Larrosa. También Lóndero, el Zurdo López en su mejor momento, Semenewicz, Dragonetti, Olmedo, Maglioni, Bóveda… También los criollos Retat, Moncada, Maturana, Campaz, Castañeda… Y también el kínder: Herrera, Sarmiento, Peluffo, Jorge Peláez, Porras… Había equipo, había técnicos, pero sobre todo, había mística.

 

Fueron 15 años de ensueño, pero la historia terminó triste y mal, con la mayor injusticia que han cometido el gobierno colombiano y la justicia estadounidense en una opereta presuntamente antinarcóticos: solicitado por Estados Unidos por un “fraude al correo” (delito inexistente en Colombia y además espuriamente endilgado a Botero), el dirigente verdolaga fue el chivo expiatorio del presidente Betancur tras el asesinato del ministro Rodrigo Lara. Como no tenían ningún narco ni en peligro de ser capturado, hicieron de la ilegal extradición de Botero el show que hacía falta para simular dureza en medio de una desoladora vulnerabilidad del país.

 
Luego Atlético Nacional  fue adquirido por mafiosos risaraldenses que lo tiraron al piso hasta que vino la nueva y gloriosa etapa de los puros criollos desde 1987. Y en 1996 lo adquirió Postobón y lo robusteció corporativamente pero lo empobreció futbolísticamente, pues tener plata no es tener visión ni mucho menos carácter (al menos el necesario en este deporte). Rueda el billete pero se despilfarra: ya no se convierte en danza sino en confusión en la cancha. Se han conseguido estrellas, sí, pero que levante la mano el que recuerde una adquirida con buen fútbol, el que fuera el sello de la casa…

Y así volvemos al presente, y caemos en cuenta de que lo que el Atlético Nacional necesita es un buen timonel en el escritorio. Y colorín colorado, este cuento ha continuado…

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