
Por Pablo Arbeláez Restrepo

Al otro lado de la línea todo era felicidad. En ese diálogo a distancia entre dos interlocutores, resultaba imposible saber quién estaba más emocionado, si el reportero gráfico o el conductor. El motivo para tanta alegría, era que Hervasquez, acababa de tomar la foto de su vida, y quien le hacía barra ahí pegado al hilo telefónico era Jaime Fittipaldi Salazar, conductor del periódico El Colombiano.
Hernando Vásquez, Hervasquez, relataba por el teléfono de cómo reaccionó cuando vio que enfrente suyo se desparramaba el lote de corredores. Fittipaldi Salazar, tan emocionado como el avezado reportero gráfico, insistía sobre cómo había jalado la cabrilla del carro, para que su compañero de misión tuviera el mejor de los ángulos posibles desde la ventanilla del «copiloto».
Esa noche, cuando el rollo fotográfico llegó a la redacción del periódico, tras ser traído por un pasajero en avión desde Pereira, revelarlo se convirtió casi que en asunto de Estado. En el momento de instalar el negativo en la ampliadora, saltó de inmediato la evidencia. Sí, la gráfica era fantástica y presentaba un hecho único. Y por su mérito fue a dar a la portada del diario, para iniciar la recordada historia de la foto llamada El Castillo de naipes, que meses más tarde le valdría ser premiada con el Simón Bolívar, que en aquel tiempo era como ganarse el Óscar de la fotografía, versión criolla. Ni más ni menos.
Ese memorable Castillo de naipes sería uno de los tantos logros del pedal de Hervasquez, el compañero, amigo y colega que hizo miles de kilómetros en el volco de una camioneta, al sol y al agua, en Vueltas a Colombia, Clásicos RCN o Vueltas de la Juventud, en compañía, también, del ingenioso e incomparable Ber-Buri y del hábil y recursivo conductor Eduardo Mazo.
Y dentro de esa innumerable cadena de hechos foto-periodísticos del Mono Vásquez, queda, igualmente el registro de su sagacidad fotográfica y profesional en las postales del Mundial de fútbol de 1984, con imágenes memorables de Andrés Escobar en el partido ante Estados Unidos. El domingo a domingo del balompié en el Atanasio Girardot, con sus ángulos sorprendentes; las tardes de toros en la plaza de La Macarena; las peleas mundialistas de los campeones de boxeo Fidel Bassa y Happy Lora, o el estremecedor registro de la tragedia de Armero, vivida in situ, en medio del barro caliente y miles de voces de damnificados que clamaban ayuda.
Hoy, más que nunca, recordamos su buen talante y su sonrisa a flor de labios. El saludo de siempre: «Qué hay de ti», o la admiración que despertaba al verlo y recordar en una especie de ejercicio mental, que él solo dotado con su cámara, había quedado entre dos fuegos, cuando soldados leales al régimen nicaragüense de Anastasio Somoza y los sandinistas luchaban en las calles de Managua en plena revolución.
Esa fue una pequeña parte de la vida periodística y muy prolífica producción de un verdadero foto reportero, del respetado colega que se hizo un espacio para la posteridad a punta de clicks y su innata habilidad al registrar momentos que quedaron vívidamente registrados como aquel Castillo de naipes que le trajo inmensa felicidad y un lugar en la historia del ciclismo nacional.






Haz un comentario