Por Óscar Domínguez Giraldo. –
Cuando aquel domingo el prestidigitador de pelo quieto del Club Millonarios, Carlos Enrique la Gambeta Estrada, hizo una pequeña obra de arte con el balón para empatar el partido frente al Atlético Nacional, ha debido tomar el primer bus o avión a Tumaco para celebrarlo con sus paisanos. Nunca arrancar para Corea, nombre con el que la cátedra bautizó hace décadas la tribuna popular del estadio Atanasio Girardot de Medellín. La Gambeta Estrada en Corea es la lasaña en jurisdicción del gato Garfield.
Ese gol de Estrada fue una auténtica filigrana. Tan complicada como debió ser para Da Vinci inventarle a la Gioconda su enigmática sonrisa de mujer satisfecha. O infiel. O ambas cosas.
Menos mal, Estrada contó con la complicidad del trio nacionalista integrado por Leonel Álvarez-Cortina-René Higuita, quienes respetaron su condición de artista y no lo bajaron en plena área. Eso habría significado un desganado empate por la vía fácil del penalti, así el arquero fuera uno tan encopetado como el loco René el del famoso “escorpión” ante los inventores del fútbol, los ingleses en su propio patio.
Los aficionados a este juego “demoníaco y divino”, para decirlo con Madame Margarita Duras, estamos agradecidos con la Gambeta pero también con los tres del veeeeerde que facilitaron la acción. Aquella tarde, Estrada se graduó de poeta con los pies. Si hubiera existido entonces el Circo del Sol, lo habrían fichado.
A los aficionados acaso les interese saber que en la tribuna Corea se daba cita la aristocracia de gallinero de la afición paisa del fútbol. Los manuales aconsejan que si alguien va a ver el partido desde allí, es mejor que vaya confesado y comulgado. Y con el seguro exequial al día.
En esa tribuna, el fútbol adquiere la dimensión de pasión de un pueblo en la semántica de Helenio Herrera. Corea es la patria chica –y la grande- de una afición proletaria, de Sisbén, que se tuesta al sol y al agua, con tal de ratificar su fidelidad sin arrugas por ese esperanto de patadas que es el balompié.
Ahora: ¿Por qué ese segmento del Atanasio, se llama Corea? Elemental, queridos Watsons. Los hay que dan una respuesta desde el erotismo, como diría doña Florence Thomas, y se remontan al decreto 517 expedido en la década de los cincuenta por el alcalde Luis Peláez Restrepo quien ordenó que todos los malabarismos kamasútricos se realizaran en un solo sector: El Barrio Antioquia.
A este movido barrio lo llamaron Corea y tal vez por esa condición de sede del amor caliente, de bombillitos rojos a la entrada de las casas de esas que se reservaban el derecho de admisión, algún cerebro no fugado decidió que así podría denominarse también la tribuna del proletariado en el estadio que lleva el nombre del héroe del Bárbula, don Atanasio Girardot.
Según otros, el origen del nombre es político. En los mismos años cincuenta en ese sector del Atanasio Girardot se daba la guerra de Corea entre los hinchas del Poderoso DIM y del Nacional. Estos historiadores consideraron que el paralelo 38 –el Ecuador futbolístico- dividía más certeramente las dos barras.
Por estas razones, gritarle el gol a la “torcida” del Nacional en Corea, era tan arriesgado como pisarle sus predios al toro, o mentar la soga en casa del ahorcado. Tal vez aquella tarde de domingo la Gambeta entendió que su gol no era patrimonio de Millos, sino de todos los aficionados, del fútbol, en una palabra. Y fue a ofrecérselo a la tribuna de un sol, del sol que alumbra para todos.
Pero Corea no respeta pinta y junto con los madrazos, a Estrada le llovió en un ojo una pila lanzada desde la tribuna por un anónimo pitcher. Finalmente, ese espléndido gol de don Carlos Enrique se tuvo que ir a alumbrar a los pueblos, porque Nacional ganó por un marcador que no voy a mencionar porque lo destacable es el gol de la Gambeta, tan bello como el descubrimiento de una nueva galaxia.
¿Por qué aquel fue un gran gol? Se lo pregunté a uno que sabe de telas y que presenció esa anotación desde primera fila. Me refiero, claro, a su colega de guayos, el maestro Alexis García, jugador y técnico de muchos equipos. Le cedo los trastos de narrar al muchacho que aprendió el ABC del fútbol en el barrio La Floresta, de Medellín:
El gol de la Gambeta es de los más hermosos que he visto: Recibe el balón entrando al área entre Leonel y Cortina, levanta la pecosa y se la pone en un nidito de pelos que tenía en su desentejada cabeza, donde los pelos empezaban a escasear. En la parte superior de la frente la durmió, apacible, por unos instantes eternos. Carlos la conducía lentamente hacia el arco del loco René (Higuita) que por primera vez lucía espantado, con los ojos desorbitados, sin saber qué hacer. Había aparecido ante sus ojos uno más loco que él, un atrevido carasucia que creyó estar en un peladero de su natal Tumaco, con licencia para hacer genialidades que solo se encuentran en la imaginación de unos pocos.
El resto de nuestro equipo miraba con admiración y respeto. Leo y Cortina lo miraban pensando cómo bajar la pelota de ese nido. Cuando la Gambeta llega a las barbas de René, la deja caer y con su empeine derecho ¡tas! la coloca en un rincón y sale raudo a Corea a celebrar. Con pilas intentan bajarle aquel nido adonde subió a mejorar su curriculum la pecosa. La sangre le corría por la cabeza de Carlos; en realidad se trataba de herida de guerra luego de la gran gesta. Admirable”.