
El Heraldo
*De hecho, todo tiene mucho de bueno. Pero no digan más que esto es lo que no es. Esto es lo que es: un negocio.
La expectativa futbolera va creciendo de manera exponencial con cada minuto que nos acerca al 8 de octubre. Se inicia el camino que los hinchas esperamos conduzca a la lejana Rusia en el 2018. Esta semana deberá el técnico Pékerman anunciar la lista final de convocados. El profe, fiel a su estilo, demorará hasta el último segundo posible la respuesta a los interrogantes de hinchas y prensa. ¿Llamará a Falcao y a Cuadrado? ¿Estarán Vladimir y Cuéllar? ¿Traerá a James?
La designación de Barranquilla como ‘Casa de la Selección’ trae consigo un obvio orgullo mezclado con la convicción del merecimiento: los más mayorcitos recordamos aún con emoción las gestas de la selección del Pibe, Redín, Iguarán y compañía en el ya remoto 1989; o la selección del 5-0 en 1993, que primero derrotó a esa misma Argentina de Batistuta en el Meléndez, con gol del maravilloso Iván René. Igual sumamos la larga eliminatoria que condujo a la Tricolor al mundial de Zidane en el 98. Esa generación de hinchas se juntó con la de ahora para vibrar con la de James, Teo, Yepes, Falcao y demás héroes que rescataron el partido ante Chile antes de ir a Brasil a romper todo pronóstico y hacer historia. Todo pasó por aquí, así que es obvio que todo vuelva a empezar aquí.
Pero, y como dice el que lo dijo, “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”: el que Barranquilla se convierta en la capital de Colombia el jueves 8 arrastra una serie de posibilidades económicas mucho más claras y medibles (y me atrevo a asegurar que hasta más importantes para mucha gente) que el brindar a la hinchada local la opción de tener cerca a sus ídolos. El que apenas un aproximado del 10% del aforo físico del estadio se haya vendido en la ciudad desemboca en una estrategia comercial por la que esta ‘Puerta de Oro’ dejará entrar a visitantes que ocuparán sus hoteles, restaurantes y negocios, a la vez que consumirán –sin preguntar– la botella de agua al precio que se antoje cobrar en la tribuna. Del hincha local, que mayormente no entrará al Meléndez, se espera por su parte que llene a rebosar estaderos, bares y tiendas la muy probable tarde cívica de ese jueves. Que consuma donde quiera, pero que consuma.
Eso es lo que es, y nada de malo tiene. Barranquilla presta la casa para la fiesta, y algunos cobran por el agua, la luz y la comida. El afecto llena arcas a la vez que corazones. Negocio redondo para la Federación, a la que eximen de impuestos como premio a la “promesa de cumbiambera” de una sede local que nadie sabe dónde o cuándo harán. Negocio para empresarios de servicios hoteleros y derivados. Negocio también para el que se rebusca. Negocio para las autoridades que van a sacar pecho. Negocio para los políticos que se van a tomar la foto a tres semanas de las elecciones. Para el barranquillero de a pie es otra ventana para mostrarse como anfitrión amable y generoso. Para los hinchas locales del fútbol, con excepción de los citados pocos miles, la del 8 de octubre será la primera fecha de una eliminatoria que verán toda por televisión.
Y vuelvo a repetir: nada de malo tiene. De hecho, todo tiene mucho de bueno. Pero no digan más que esto es lo que no es. Esto es lo que es: un negocio.
[Correo: asf1904@yahoo.com – Twitter: @alfredosabbag]