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SUSHICHARRÓN. Por Jorge Iván Londoño Maya


Por Jorge Iván Londoño Maya
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*En términos parroquiales era una confrontación entre el sushi y el chicharrón, en el que los japoneses, para desgracia nuestra, tuvieron toda la “arepa”.
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Para muchos no fue madrugón, porque a las 5 y 30 de la mañana ya es tarde para quienes a las 4 llevamos media cafetera entre pecho y espalda. Eso sí, el frío de El Retiro nos obligó a ver el partido bien encachacados de cobija en mano.

 

La expectativa por estar jugando el Mundial de Clubes,  los pergaminos con los que llegaba Nacional a ese privilegio y las incógnitas por despejar del campeón japonés Kashima, presagiaban 90 minutos intensos, que comenzaron con un  dominio nipón para luego convertirse en una superioridad verde, esta vez negra por el luto que todavía se carga, lo que arrimó a Nacional a los predios del arquero Sogahata y volverlo figura del primer tiempo.

 

Nacional en ese primer tiempo tuvo de todo. No solamente las claras opciones de gol y la posesión del balón en una proporción de tres a uno,  sino que a los 33 minutos fue la primera víctima de la tecnología, por el penalti que no le pitó el árbitro Kassai pero si el monitor Panasonic.

 

Y en tierras lejanas también se repite el adagio, el que no hace los goles le meten tres, todo porque Nacional para el segundo tiempo envolató el andamiaje, las sustituciones no dieron el resultado esperado, y con el segundo gol el equipo se nos vino abajo. Obviamente después del partido todos somos generales, pero creo que Guerra debe ser siempre inicialista.

 

Nacional tuvo que lidiar con la disciplina de los japoneses, su férrea disposición táctica, su magnífico estado físico, su velocidad,  y su juego tal como si fuera de video, como para no desentonar con su alta tecnología. Hasta la suerte les hizo “ojitos”.

 

De todas formas, así suene a disculpa de solterona, allá estamos haciendo parte de los cinco mejores equipos del universo. Seguimos siendo campeones del continente y exponentes del fútbol suramericano. Ahora nos queda la oportunidad de jugar no solamente por un tercer lugar, sino para demostrar que si teníamos con qué.

 

Terminado el partido quedamos de una pieza, pero de inquilinato. No cabía haber perdido y mucho menos por ese marcador. Sentimos pena, no ajena sino propia, por una ilusión perdida, por unos preparativos que nos llevaron incluso a renunciar a la conquista de una segura estrella casera. Hasta el ánimo se nos descobijó.

 

Mención especial merecen ese puñado de cuatro mil y pico de hinchas que acompañaron al equipo, lo alentaron y sintieron en carne propia no solo los 2 grados de temperatura sino de tristeza.

 

En términos parroquiales era una confrontación entre el sushi y el chicharrón, en el que los japoneses, para desgracia nuestra, tuvieron toda la “arepa”.

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