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Por Pablo Arbeláez Restrepo.
Especial para Cápsulas.

*Únicamente el tiempo sería el encargado de mostrar lo que ellos habían sembrado en la cancha de La Matea…
Allí fue donde estos mozuelos iniciaron el aprendizaje de lo duro y placentero que podría ser el balompié, sin saber que años después, el sueño de llegar a ser futbolistas, a algunos se les haría feliz realidad.
Un buen número de los que en los años 70 aparecieron por esos lares, bien fuera en el peladero o en la arenilla, guardó siempre consigo el secreto no confesado de «yo quiero ser». Algunos se convirtieron en distinguidos profesionales, comerciantes o simplemente, gente de bien. Pero para su dicha, otros alcanzaron el sueño y se hicieron futbolistas del Nacional, el DIM, el Once Caldas, el Quindío, incluso jugaron en Selecciones de Antioquia o de Colombia, y unos más terminaron siendo técnicos o dirigentes del balompié.

Entonces, las destacadas marquesinas de los medios informativos que dan vuelo al hecho popular que representa este deporte, fueron las encargadas de contar, en detalle, las gestas de varios de los perriadores de La Matea. Hoy, algunos de ellos bucean de nuevo en el mar de sus profundos recuerdos, para contar vivencias que dieron espacio a ese querer ser, al pie del balón.
Álvaro Santamaría y su balón en la red
El balón, quiéralo o no, siempre fue de él. Y no podía ser de otra manera, porque el primer esférico que le dieron a Álvaro Santamaría venía dentro de una red y esto le permitía dominarlo o cabecearlo a su antojo. Era tal su conexión con el “cuero”, que incluso cuando se jugaban los picaditos, él se encargaba de poner el elemento de juego.

Álvaro vivía muy cerca del parque de La Matea, en las casas que construyó el Instituto de Crédito Territorial, nombre del equipo con el que jugaba allí. La cancha que el «enfrentó», tenía árboles, los que muchas veces había que «perriar» -léase driblar-, o detrás de los cuales aparecían, de manera sorpresiva, furtivos rivales.
Y fue allí donde Santamaría se forjó, en el potrero o en las calles, al lado de sus amigos del barrio, en partidos memorables que se hacían infinitos de sol a sol, en una muestra de indeleble amor por el balompié.
En este tipo de juegos, la ganancia continua de depurada técnica y el dominio del esférico, ayudaban para no quebrar los vidrios de las casas vecinas y para evitar chutar tan fuerte que los parroquianos se vieran sorprendidos por el esférico cuando salieran de la misa dominical. Esta, como suma, era una genuina representación del control de espacio reducido para el promisorio jugador, dotado de un envidiable quiebre de cintura, al que solo le faltó por compañía, un ukelele hawaiano para imprimirle un toque de rítmico sabor musical.

La clase y fama del elegante y delgado futbolista traspusieron fronteras invisibles más allá de los sectores de Los Cámbulos y Las Acacias, para incorporarse a un equipo memorable de la UPB, junto al simbólico Alejandro Brand, y de allí, a la consagración representada en el cuadro de Antioquia, el DIM, el Once Caldas, el Junior… y selecciones de Colombia.
En el esplendor de su carrera y siendo profesional, cuando Santamaría estaba de vuelta a casa, los amigos cercanos le rogaban, ansiosos, que jugara en el torneo de La Matea en el que siempre lo inscribían. Pero era tal la fama de lo exigente del certamen, que en uno de esos cuadros profesionales le advirtieron: «Álvaro, ojo con ir a jugar en La Matea».
Bien sabían que debían cuidar a esta joya del fútbol nacional, al fino gambeteador, a quien algunos le endilgaban la chapa de «personalista», desconociendo de tajo que era él el encargado de abrir la puerta al sendero del gol. Por algo, Álvaro fue desde niño el dueño del balón.

Pedro y Ricardo, amistad y fútbol de vecinos

Camino de La Matea, para quienes iban a jugar allí, resultaba inevitable pensar en el partido que se iba a disputar frente al cuadro de Las Acacias, equipo en el que Pedro Sarmiento y Ricardo Eusse aparecían como grandes protagonistas. Ambos eran tan buenos jugadores, que se hacía complicado derrotar al elenco que representaba a un sector aledaño al parque, en el que la canchita de fútbol tenía especial importancia.
Sarmiento, desde niño fue fuerte, decidido y muy temperamental. Eusse, a su vez, mostraba tal dominio del balón, que resultaba difícil arrebatárselo. Era una especie de mago que sacaba trucos inesperados con el balón atado a sus pies. Ellos se convirtieron en símbolos del barrio, y también del potrero del que hacían un reducto inexpugnable; el predio sagrado.
Pedro tenía por costumbre practicar el salto triple al frente de su casa. Este hábito lo llevó a construir parte de su notable fortaleza físico-atlética y le sirvió para jugar en varias posiciones, cosa que se repitió una vez estuvo en el Atlético Nacional del profesor Oswaldo Juan Zubeldía, cuando disputó 15 partidos, siendo central, marcador en ambos costados y volante.

Este rubio pecoso era el bastión; incluso montaba paredes en compañía de Eusse y, valiéndose del muro que había en el costado oriental del potrero, hacía rebotar el balón para realizar simpáticas jugadas. Pedro llegó a ser goleador del torneo dado su temperamento y ganas, condiciones que le valieron después para escalar a la quinta categoría de la UPB, los seleccionados de Antioquia, y al Cosmos, un afamado conjunto de la primera A del Atlético Nacional.
Ricardo, a diferencia de su entrañable amigo, era hincha del DIM y también se formó en los picados del vecindario, fueran en la calle o en el terraplén, para ir presuroso a una Selección de Antioquia juvenil, la que lo proyectaría al estrellato con el elenco rojo el cual lo acogió en el remate de la década del 70.
Cuando se supo del paso de la pareja al profesionalismo, hasta sus rivales de La Matea se alegraron con la noticia, ya que ellos representaron dignamente los sueños y deseos de muchos de los que jugaron en el predio. Se lo tenían bien ganado.

Y si algo caracterizó el perfil futbolístico del dueto de Sarmiento y Eusse, era el amor por su deporte, el cual se evidenció un domingo de finales de los años 70 cuando invitaron a jugar un memorable picado callejero -que fue «toda una locura» en el barrio-, a César Cueto, Guillermo El Tanque La Rosa, Jorge Olaechea, Franco Navarro, José Velásquez. En ese entonces, los peruanos, que para mayores señas fueron mundialistas, actuaban en los equipos antioqueños. Esa quedará como la fecha en que se disputó un clásico entre profesionales, pero en las vías del barrio Las Acacias de Medellín.
La suma de logros en el deporte los fue posicionando, al punto de encontrarse, cara a cara, como capitanes del Nacional y del DIM en un clásico montañero disputado en el estadio Atanasio Girardot. Esa noche del jueves 4 de marzo de 1982, ante 32.948 espectadores, Pedro y Ricardo valoraron mucho más su eterna amistad, la que se fundó sólida desde niños en La Matea.

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Próximo capítulo, y 3 de Los perriadores de La Matea. Los Carlos, Chirri y Mesa, con su fútbol al cuadrado.





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