Capsulas de Carreño

Los perriadores de La Matea (2). La fábrica de sueños despiertos. Por Pablo Arbeláez Restrepo.

Álvaro Santamaría como integrante del seleccionado de Colombia que disputó los Juegos Olímpicos de Múnich-72. Lo acompañan Marcos Martínez (p.f.), Dumas Guete, Gerardo El Alemán Moncada, Álvaro Calle, Silvio Quintín Quintero, Fabio Espinoza y Orlando Rivas. Abajo están Willington Ortiz, Ernesto Díaz, Álvaro Santamaría, Jaime Morón y Carlos Alberto Lugo. Foto cortesía Álvaro Santamaría.


Por Pablo Arbeláez Restrepo.

Especial para Cápsulas.

 

*Únicamente el tiempo sería el encargado de mostrar lo que ellos habían sembrado en la cancha de La Matea…

 

Allí fue donde estos mozuelos iniciaron el aprendizaje de lo duro y placentero que podría ser el balompié, sin saber que años después, el sueño de llegar a ser futbolistas, a algunos se les haría feliz realidad.

Un buen número de los que en los años 70 aparecieron por esos lares, bien fuera en el peladero o en la arenilla, guardó siempre consigo el secreto no confesado de «yo quiero ser». Algunos se convirtieron en distinguidos profesionales, comerciantes o simplemente, gente de bien. Pero para su dicha, otros alcanzaron el sueño y se hicieron futbolistas del Nacional, el DIM, el Once Caldas, el Quindío, incluso jugaron en Selecciones de Antioquia o de Colombia, y unos más terminaron siendo técnicos o dirigentes del balompié.

Los sueños e ilusiones que se despiertan tempranos. Álvaro Santamaría era un muchacho lleno de esperanzas. Aquí posa con varios amigos. Foto cortesía Álvaro Santamaría.

Entonces, las destacadas marquesinas de los medios informativos que dan vuelo al hecho popular que representa este deporte, fueron las encargadas de contar, en detalle, las gestas de varios de los perriadores de La Matea. Hoy, algunos de ellos bucean de nuevo en el mar de sus profundos recuerdos, para contar vivencias que dieron espacio a ese querer ser, al pie del balón.

 

Álvaro Santamaría y su balón en la red

El balón, quiéralo o no, siempre fue de él. Y no podía ser de otra manera, porque el primer esférico que le dieron a Álvaro Santamaría venía dentro de una red y esto le permitía dominarlo o cabecearlo a su antojo. Era tal su conexión con el “cuero”, que incluso cuando se jugaban los picaditos, él se encargaba de poner el elemento de juego.

En el Preolímpico celebrado en Colombia y que significó la clasificación a los Juegos Olímpicos de Múnich-72. Álvaro Contreras, Jaime Morón, Álvaro Santamaría y Carlos Alberto Lugo. Foto cortesía Álvaro Santamaría.

Álvaro vivía muy cerca del parque de La Matea, en las casas que construyó el Instituto de Crédito Territorial, nombre del equipo con el que jugaba allí. La cancha que el «enfrentó», tenía árboles, los que muchas veces había que «perriar» -léase driblar-, o detrás de los cuales aparecían, de manera sorpresiva, furtivos rivales.

Y fue allí donde Santamaría se forjó, en el potrero o en las calles, al lado de sus amigos del barrio, en partidos memorables que se hacían infinitos de sol a sol, en una muestra de indeleble amor por el balompié.

En este tipo de juegos, la ganancia continua de depurada técnica y el dominio del esférico, ayudaban para no quebrar los vidrios de las casas vecinas y para evitar chutar tan fuerte que los parroquianos se vieran sorprendidos por el esférico cuando salieran de la misa dominical. Esta, como suma, era una genuina representación del control de espacio reducido para el promisorio jugador, dotado de un envidiable quiebre de cintura, al que solo le faltó por compañía, un ukelele hawaiano para imprimirle un toque de rítmico sabor musical.

Una foto que recuerda los inicios de Álvaro Santamaría en el DIM. De la UPB al cuadro rojo. Foto archivo Juan Manuel Uribe-VEA Deportes.

La clase y fama del elegante y delgado futbolista traspusieron fronteras invisibles más allá de los sectores de Los Cámbulos y Las Acacias, para incorporarse a un equipo memorable de la UPB, junto al simbólico Alejandro Brand, y de allí, a la consagración representada en el cuadro de Antioquia, el DIM, el Once Caldas, el Junior… y selecciones de Colombia.

En el esplendor de su carrera y siendo profesional, cuando Santamaría estaba de vuelta a casa, los amigos cercanos le rogaban, ansiosos, que jugara en el torneo de La Matea en el que siempre lo inscribían. Pero era tal la fama de lo exigente del certamen, que en uno de esos cuadros profesionales le advirtieron: «Álvaro, ojo con ir a jugar en La Matea».

Bien sabían que debían cuidar a esta joya del fútbol nacional, al fino gambeteador, a quien algunos le endilgaban la chapa de «personalista», desconociendo de tajo que era él el encargado de abrir la puerta al sendero del gol. Por algo, Álvaro fue desde niño el dueño del balón.

El DIM que volvió al estadio Atanasio Girardot en enero de 1972, después de haber sido el Oro Negro de Barranca. Casildo Álvarez, Álvaro Champión Suárez, Elkin Velásquez, Edilberto Righi, Hernando Saraz, Alberto De Lucca y Hugo Gallego V., Benigno Tamayo (masajista). Abajo, Luis Cassano, Fabio Cadavid, Juan Carlos Lallana, Álvaro Santamaría y Ponciano Castro. Foto VEA Deportes.

 

Pedro y Ricardo, amistad y fútbol de vecinos

Pedro Sarmiento con la camiseta de la Selección de Colombia que logró la casilla para los Juegos Olímpicos, celebrados en Moscú. Foto portada de la Revista del deporte El Espectador.

Camino de La Matea, para quienes iban a jugar allí, resultaba inevitable pensar en el partido que se iba a disputar frente al cuadro de Las Acacias, equipo en el que Pedro Sarmiento y Ricardo Eusse aparecían como grandes protagonistas. Ambos eran tan buenos jugadores, que se hacía complicado derrotar al elenco que representaba a un sector aledaño al parque, en el que la canchita de fútbol tenía especial importancia.

Sarmiento, desde niño fue fuerte, decidido y muy temperamental. Eusse, a su vez, mostraba tal dominio del balón, que resultaba difícil arrebatárselo. Era una especie de mago que sacaba trucos inesperados con el balón atado a sus pies. Ellos se convirtieron en símbolos del barrio, y también del potrero del que hacían un reducto inexpugnable; el predio sagrado.

Pedro tenía por costumbre practicar el salto triple al frente de su casa. Este hábito lo llevó a construir parte de su notable fortaleza físico-atlética y le sirvió para jugar en varias posiciones, cosa que se repitió una vez estuvo en el Atlético Nacional del profesor Oswaldo Juan Zubeldía, cuando disputó 15 partidos, siendo central, marcador en ambos costados y volante.

Ricardo Eusse, en segundo plano, durante un clásico de la montaña en el que Hernán Darío Herrera lucha el balón. Foto cortesía archivo Juan Manuel Uribe.

Este rubio pecoso era el bastión; incluso montaba paredes en compañía de Eusse y, valiéndose del muro que había en el costado oriental del potrero, hacía rebotar el balón para realizar simpáticas jugadas. Pedro llegó a ser goleador del torneo dado su temperamento y ganas, condiciones que le valieron después para escalar a la quinta categoría de la UPB, los seleccionados de Antioquia, y al Cosmos, un afamado conjunto de la primera A del Atlético Nacional.

Ricardo, a diferencia de su entrañable amigo, era hincha del DIM y también se formó en los picados del vecindario, fueran en la calle o en el terraplén, para ir presuroso a una Selección de Antioquia juvenil, la que lo proyectaría al estrellato con el elenco rojo el cual lo acogió en el remate de la década del 70.

Cuando se supo del paso de la pareja al profesionalismo, hasta sus rivales de La Matea se alegraron con la noticia, ya que ellos representaron dignamente los sueños y deseos de muchos de los que jugaron en el predio. Se lo tenían bien ganado.

Sarmiento, al anotar tres goles, fue la figura en el triunfo de Colombia sobre Brasil, 5-1. El equipo alcanzó el cupo a los Juegos Olímpicos.

Y si algo caracterizó el perfil futbolístico del dueto de Sarmiento y Eusse, era el amor por su deporte, el cual se evidenció un domingo de finales de los años 70 cuando invitaron a jugar un memorable picado callejero -que fue «toda una locura» en el barrio-, a César Cueto, Guillermo El Tanque La Rosa, Jorge Olaechea, Franco Navarro, José Velásquez. En ese entonces, los peruanos, que para mayores señas fueron mundialistas, actuaban en los equipos antioqueños. Esa quedará como la fecha en que se disputó un clásico entre profesionales, pero en las vías del barrio Las Acacias de Medellín.

La suma de logros en el deporte los fue posicionando, al punto de encontrarse, cara a cara, como capitanes del Nacional y del DIM en un clásico montañero disputado en el estadio Atanasio Girardot. Esa noche del jueves 4 de marzo de 1982, ante 32.948 espectadores, Pedro y Ricardo valoraron mucho más su eterna amistad, la que se fundó sólida desde niños en La Matea.

Un Atlético Nacional de ensueño. Equipazo en el que estaban, entre otros, Jorge Ortiz, Gerardo Moncada, Pedro Sarmiento, Víctor Luna, Jorge Porras, Eduardo E. Vilarete, Carlos Ricaurte, Norberto Peluffo, Jorge Peláez, Eduardo Retat y Luis F. Suárez. Foto portada El Mundo.

El parque de La Matea de hoy con sus árboles, muchos de ellos sembrados por Luis Alberto Arango. Foto cortesía Juan Carlos Madrid. 

El Chumi Castañeda, Francisco Maturana y Pedro Sarmiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

Próximo capítulo, y 3 de Los perriadores de La Matea. Los Carlos, Chirri y Mesa, con su fútbol al cuadrado.

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3 comentarios

  1. Oscar Trujillo Jaramillo

    22 mayo, 2020 at 10:42 pm

    *Para Pablo Arbeláez
    Don Pablo:
    Antes que se inauguraran las casas del Crédito Territorial en Las Acacias, había una cancha, esta más larga y ancha, en un potrero que iba entre la calle 33A y la quebrada La Matea. Era una cancha totalmente rústica que se volvía un lodazal cuando llovía. Yo pienso que funcionó hasta más o menos 1968 cuando se comenzó a urbanizar el sector y ya estaba disponible la cancha de arenilla de Las Acacias..

    Se jugaban partidos con gran asistencia de público todos los sábados. La cancha iba en sentido Oriente – Occidente. Se lo digo porque el arco occidental daba contra el muro trasero de mi casa ubicada en la Carrera 80C con la Calle 33AA. Recuerdo con mucho cariño esos días porque asistiendo a esos partidos, sólo tenía 6 años, me enamoré del fútbol.

    Lo felicito por su columna llena de historia y añoranzas.
    Oscar Trujillo Jaramillo [[email protected]], Bogotá, hincha del DIM

  2. Roosevelt Castro Bohorquez

    21 mayo, 2020 at 10:38 am

    *Felicitaciones al periodista Pablo Arbeláez
    Buen día Alfredo. El concepto de «perriadores» se lo escuché por primera vez al maestro Guillermo Hinestroza Isaza. Era el año 1977, cuando en Radio Familiar de la SAR (Sociedad Antioqueña de Radiodifusión) nos deleitaba con su programa «Goles y Comentarios».

    Él hablaba de esos gambeteadores o dribladores que, con gran capacidad técnica, se sacaban de la marca a un defensor «en una baldosa». Eduardo Galeano los llamó «Carasucias.

    Enhorabuena que mi respetado colega Pablo Arbeláez Restrepo lo retome, para hablar de estas grandes gestas futboleras en la mítica cancha la «La Matea». Excelente documento histórico para recobrar la memoria colectiva de los sitios y especialmente de los hombres que nos ayudaron a construir nuestro fútbol. Felicitaciones Pablo.
    Roosevelt Castro Bohórquez, socio Acord Antioquia

  3. Gustavo Yarce

    20 mayo, 2020 at 8:31 am

    *Por el reportaje de La Matea
    Como lo anota el periodista, todos los que jugamos en La Matea teníamos la ilusión de llegar a ser futbolistas profesionales, los que no llegamos por no tener las condiciones técnicas nos dedicamos a otra actividades.

    En mi caso estudié derecho en la U de A en la cual me gradué años después. Otros como los mencinados Álvaro Santamaria, Pedro Sarmiento, Ricardo Eusse tenían las condiciones y lograron llegar y se convertieron en figuras nacionales y no lo hicieron internacionalmente porque nuestro fútbol no tenía la promoción que tiene actualmente, porque condiciones tenían.

    Algunos pasaron al profesionalismo y jugaron sin destarcarse porque se retiraron muy pronto y se dedicaron a otras actividades. Entre estos estaba Ignacio «Nacho» Escobar, el hermano de Álvaro «Polaco» Escobar quien llegó a ser una figura nacional como defensa aunque se inició como portero en el equipo de la UPB, al lado de su hermano y de otros recordados como Jorge Peláez. Ignacio se dedicó al estudio y obtuvo titulo profesional en la UPB de ingeniero químico si no me equivoco. Lo menciono porque su técnica esa especial, diferente, atreviendome a decir que superior a Alvaro Santamaria, con todo respeto o a Ricardo Eusse.

    Esperaría un comentario especial de Nacho por parte del periodista para recordarlo por quienes tuvimos la alegría de verlo jugar y enfrentarlo a pesar de las perriadas que nos daba.
    Gustavo Yarce, Medellín

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