Por Luis Felipe Gómez Isaza. –
Columnista Cápsulas. –

Como eligiendo presidente, hay que ponerse la camiseta y escoger. En una final de Copa del Mundo, los futboleros escogemos y, en este caso, España y Argentina son las protagonistas. Desafortunadamente, no es un tema como el de junio, o escogía entre coherencia o mezquindad, o entre desastre o construcción.
El tema son dos países, dos culturas hermanas donde hay no solamente heredad genética, sino también insertos culturales que nos mueven las fibras y las sustancias del alma. Marín me dice que no va por ninguno, que ya se fueron los noruegos, que era por quien hinchaba, y que ni Messi ni Yamil le generan simpatía y definitivamente no verá la final y votará en blanco, y yo digo que cada uno con su cadaunada.
Pero yo sí me pongo la albiceleste, no solamente porque desde pequeño he hinchado por ellos, sino también porque quiero acompañar a mis grandes amigos, mi querido y entrañable colega José Luis Ciucci, uno de los cultores más importantes de la linfología latinoamericana y quien alguna vez defendió el arco del Boca Juniors, y por mi hermano Pablo Champagne, con quien a caballo he cruzado la cordillera de los Andes siguiendo al general San Martín.
También lo hago porque amo a Gardel, lo persigo y lo venero y casi que me lo sé de memoria, y porque ese lunfardo no me es extraño, ya que mi papá desde muy pequeño me lo enseñó a degustar. Yo sé que hay detractores de Messi y de Maradona, en especial de este último por su vida licenciosa y descontrolada, y también detractores del Dibu por arrogante y altanero, pero también sé que amamos a Oswaldo Juan Zubeldia, a Franco Armani y a todos esos maestros que nos enseñaron a jugar futbol, porque por aquí, por este pueblo, pasaron Di Stéfano, Pedernera, Rossi, Pini, Báez y otras glorias inolvidables que le pusieron la base al edificio futbolero que ahora disfruta el futbol colombiano.

Yo sé que algunos se irán por España, pues son tres títulos contra uno y la gente usualmente se va para el lado más débil, o porque el uniforme se parece al del DIM o mejor al del Deportivo Pasto, equipo de la ciudad otrora realista, o porque se nacionalizaron recientemente y tienen no solo pasaporte, sino genes rezagados de judío converso que, expulsados por Isabel la Católica, ahora recobraron sus raíces y pasan muy fácil por la inmigración europea.
De España ni se diga, sólo cosas buenas, la alegría andaluza, la fe cristiana, la laboriosidad que nos dejaron nuestros ancestros, el caballo criollo colombiano, el cocido que terminó en sancocho y la fabada que se convirtió en bandeja paisa. Ay, España, la del idioma de Cervantes, tan bello, tan florido y tan exquisito, con el que tanto disfruto y me divierto juntando palabras sonoras y risueñas. Ay, España, ¿cómo negarte y no amarte? Pero a pesar de ese condimento ancestral y de todo ese salero amoroso que tienes y hoy disfrutamos, en esta final mi amor y mi fuerza serán por los que siempre he admirado e hinchado, por mi Argentina, la de la Patagonia, la de la pampa, la de mi Buenos Aires querido, la de los bandoneones, la de «Por una cabeza» de un noble potrillo, la de las milongas que ama Memo Anjel, mi sabio maestro, la Argentina que nos es muy difícil sacar del corazón.





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