Capsulas de Carreño

¡ Al maestro Marroquín! (r.v. de Colombia Sports)

Luis Alfonso Marroquín, q.e.p.d. Foto archivo El Tiempo.

Por Rafael Villegas

Paraguay nos recibió con su tierra colorada y olor a naranja recién cortada que perfumaba el aire al respirar. Las sonrisas escondidas en dialecto guaraní de sus gentes nos hicieron sentir pronto en casa. El calor y la humedad se metieron en la piel en cataratas de sudor que presagiaban una estadía grata y cálida.

El hotel Ármele está enclavado en la zona comercial de Asunción, entre Colón y calle Palma, rodeado de cambistas que toman tereré todo el día para sofocar el calor. En ese hotel se hospedó la selección colombiana juvenil de 1985, un puñado de muchachos que salieron en completo anonimato bajo la conducción de otro desconocido: el profesor Luis Alfonso Marroquín. René Higuita, John Edison Castaño, John Jairo Tréllez, Wilmer Cabrera, Eduardo Niño, Jairo Ampudia, Orlando Maturana, Ricardo Varela eran parte de aquel equipo que soñaba con la gloria; Hugo Castaño y el profesor Nelson Abadía su cuerpo técnico.

Allí también se hospedaba Brasil bajo la conducción de Jair Pereira, quien había colocado su ojos de seleccionador en muchachos como: Claudio Taffarel, Silas, Neto, Gerson y un “baxinho”  llamado Romario de Souza Farías; también, como los nuestros, con sus maletas cargadas de sueños.

En esa selección conocí a Luis Alfonso Marroquín o “el profe”, como lo bautizaron cariñosamente los muchachos que veían en él a un hermano mayor, que los aconsejaba y guiaba en la ruta escogida: ser futbolistas profesionales.

Pocos conocían a este hombre inteligente, sencillo y humilde que pregonaba el respeto y las buenas costumbres entre sus dirigidos como parte de su formación, primero como hombres y luego como futbolistas.

El equipo se esforzaba por jugar bien, el amor por la pelota era fundamental y debía ser acariciada y respetada como una novia, -repetía incansablemente el profe.  Picardía y fantasía con gran poder ofensivo pregonaba esta selección que lanzó la primera voz de lo que sería luego internacionalmente el fútbol colombiano, como producto de la convicción que practicaba Marroquín: la filosofía del atrevimiento; enseñaba a jugar con respeto pero sin complejos, de tú a tú, sin importar quien fuera el rival, “total tienen dos piernas y dos brazos como nosotros y sólo son grandes en nuestra mente”, -repetía en letanía,  inyectando amor propio en cada uno de sus dirigidos, muchachos con hambre de gloria y con el bacalao a cuestas de la subvaloración nacional.

El profe impresionaba con su manejo bondadoso de grupo, sin gritos o aspavientos; la noche cuando Higuita se equivocó y quería morirse por el error cometido frente a los brasileros, lo esperó en el comedor y al llegar, por instrucción suya, todos lo aplaudimos hasta el cansancio, demostrándole toda nuestra confianza en sus maravillosas condiciones naturales de monstruo del arco.

Cuando Marroquín retornó del mundial y de capacitarse en Europa y Brasil, todas las promesas laborales ofrecidas al regreso del suramericano se esfumaron -como suele suceder-, y le estrellaron en la cara la puerta de las oportunidades, alegando increíblemente que había perdido la cordura. No entendieron que era un adelantado para la época.

Mas él, con voluntad de hierro, con fe inquebrantable, superó las precarias condiciones económicas para seguir trabajando en la formación de chicos que sueñan con el fútbol.  Su oficina, al frente de un campo de arenilla donde se divisaba el futuro del fútbol antioqueño y del país, estaba forrada con recortes de periódicos, cuadros, camisetas, trofeos y medallas como testimonio a su labor. Reconocimientos que se cuelgan en las paredes y repisas pero que de nada sirven cuando hay que subsistir; honores en metales brillantes que se convierten en latas viejas y estorbosas cuando la pobreza toca a la puerta.

Marroquín vivió hasta el final de sus días el autogol de la depresión, esa temible enfermedad de los genios, que como un balón endiablado recorre la cancha desde la incomprensión y la soledad. Él veía cómo irremediablemente se le escapaba la vida en el túnel del tiempo, cómo los sueños se desmoronaron como un castillo de naipes, cómo  su voluntad de hierro se oxidó con el paso de los años y la humedad de sus lágrimas también se secaron; el olvido y la ingratitud marcaban su más triste gol al final del partido … sumido en el silencio como compañero de viaje.

En su mutismo lanzó gritos insonoros que sólo él escuchó al compás de los aplausos de glorias pasadas. Como Napoleón, se alimentó de victorias añejas en el aislamiento de su Waterloo presente, se murió de tristeza !

Maestro, ¡espérenos allá en el infinito a donde Dios lo ha llamado para entregarle su paz y y el descanso eterno que merece… que cuando nosotros – los que tuvimos la fortuna de aprender sus enseñanzas de vida- lleguemos a esa cita inevitable con el destino,  le podamos expresar de nuevo lo más hermoso que se le puede enunciar a un alma como la suya… ¡Gracias!
@lidervillegas

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