Capsulas de Carreño

Botero sembró la grandeza Verde. (Luis David Obando)

Por Luis David Obandoluis-david-obando

 

* Réquiem por un visionario que tomó un equipo chico  y devolvió el germen del Rey de Copas.

 

Octubre de 1993… sin saberlo, yo estaba gravemente enfermo; el que me preocupaba era quien tenía al otro lado de la línea. Como periodista entonces de la Revista Semana entrevistaba telefónicamente a quien casi cumplía 10 años preso. Previo acuerdo con su familia, él fue quien llamó desde una cárcel gringa atestada de afros e hispanos. La conversación con Hernán Botero Moreno, firme pero desesperada, me dejó claro que la injusticia estaba minando sin retorno a uno de los ídolos de mi infancia.

Se devolvió entonces la película: cuando este personaje, vinculado de familia al emblemático Hotel Nutibara, tomó las riendas del equipo, el Atlético Nacional era un equipo chico. Tenía una estrella en su escudo, la misma cantidad que Unión Magdalena, Quindío y Caldas. El DIM ya tenía 2 títulos y el Cali, 3. Los grandes de la época eran Millonarios, que sumaba 9 vueltas olímpicas, y Santa Fe, que lo escoltaba con cuatro.

Y se pasó de la mula al avión: en la cuarta temporada vino la segunda estrella; en la séptima, el adorno número 3 para el escudo; a los cinco años de éste, el cuarto título… Pero no solo eran finales y campeonatos, era un fútbol que enamoraba, una pléyade de figuras que llegaron al Nacional solo porque a Botero, presidente y voz cantante, se le ocurrió pensar en grande: que se podía pasar de los “puros criollos” y la escasa figuración, a un equipo de astros y amplio palmarés.

Entonces desfilaron, jugaron e hicieron delirar juego tras juego, año tras año, un sinfín de figuras cuya enumeración arriesga el injusto olvido de alguno. Raúl Navarro (para muchos, el mejor arquero que ha tenido nuestro torneo), Oscar Calics, Tito Gómez, Chancha Fernández… Así empezaron los primeros años, y esa fue la costumbre incluso con jugadores “mundialistas”, cuando Colombia desde 1962 ni soñaba con volver a un Mundial y vivía de la añoranza del 4-4 con la Unión Soviética en Chile.

La colección completa de nombres circula profusamente por estos días de luto, porque falleció, enfermo y tal vez abandonado pero nunca olvidado (¿ingratitud?), el visionario que hizo de un club muy querido pero del montón, un equipazo de fútbol y una institución con vocación ganadora e impronta de buen juego. Eso fue lo que entregó, porque eso fue lo que gestó.

Para su época inicial, cuando el narcotráfico no asomaba sus narices por Colombia y mucho menos por las canchas, fue todo un revolucionario al seleccionar lo mejor de lo mejor (con no muchos dólares, por demás) para hacerles verdolagas, como se les decía a los jugadores del Nacional por entonces. Para su retiro, ya le habían tomado ese ejemplo los capos que se adueñaron por casi cuatro lustros de nuestro fútbol.

Y esa es harina de otro costal. Muy paradójico, por demás, porque precisamente en la guerra contra el narcotráfico le hicieron chivo expiatorio, el chorizo para la jauría que pedía algo que mitigara la impotencia por los magnicidios del narcotráfico. Al primero que se les ocurrió entregar, para la foto en los medios y el aplauso de las galerías, fue a quien acusaron de un delito menor en Estados Unidos que no lo era en Colombia (y por tanto no aplicaba para extradición).

Así salió Hernán Botero del país, y regresó casi medio apenas 17 años después, agotado de reclamar una y otra vez justicia, y de ver denegada vez tras vez su solicitud de al menos libertad condicional. Alcanzó a vivir otros 14 años en ésta, su tierra. Pero ya no era lo mismo. A la sazón el país no era el mismo, tampoco. Pero su equipo sí era y siguen siendo lo que él construyó: un Rey de Copas nacional con alcance internacional.
Paz en su tumba y honor a su memoria. Hoy y siempre, ¡gracias, don Hernán! Y saludos a Zubeldía…

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