Capsulas de Carreño

Crónica. “Usted nació y murió gritando gol”

Debido a la pandemia dejó de volver al estadio. Se nutría de la información de los programas deportivos y por la lectura del diario El País.

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POR WILLIAMS VIERA desde CALI.

 

El sufrimiento fue una avalancha en el momento que llegaron a urgencias junto a la sala de espera de la Clínica de Occidente. Los segundos fueron eternos como en un partido de fútbol en el que se define una clasificación o un título. En el ambiente se sentía la angustia desde antes porque soplaba un viento espeso y oscuro que envolvía a quienes estaban ahí, desde hacía horas o días, desatendidos, como si se hubiese diluido la gestión humanitaria no solo en ese establecimiento sino en el resto del mundo.

En el momento en que el médico Luis Ovidio Espinosa Bejarano e hincha del América de vieja data permanecía en una camilla para ser atendido, su hija, Constanza, periodista de profesión, empezaba a vivir una verdadera incertidumbre. Nadie lo atendía mientras pasaban los minutos y los días, en este caso, transcurrieron 72 horas, sin que una enfermera o un doctor moviese un dedo. Entonces, alguien, cerca de ella, dijo: “El viento que sentimos es de muerte”.

El médico Ovidio, con cierta discontinuidad y sin regularidad establecida, abría los ojos por las luces y por el ronronear de los motores de las ambulancias que llegaban, en horas de la madrugada, con los pacientes que necesitaban atención. O, ¿clientes?, así se les denomina en este tiempo del ‘dios Mammón’. Los enfermos eran bajados de aquellos vehículos blancos y transportados por los camilleros, quienes los llevaban al interior de la edificación o los dejaban ahí para que sus familiares los atendiesen.

“Se sufre más cuando…”

El amor por el América, para el medico Ovidio Espinosa, fue su gran pasión.

“María Constanza, no se preocupe. Recuérdelo hija, se sufre más cuando juega el América porque cada grito es una ofrenda”, le dijo Ovidio, de 87 años, a quien sus amigos y allegados, cada vez que lo veían con la camiseta del equipo de sus amores le decían: “Médico, usted en vez de llorar al nacer, nació gritando gol”.

En tanto, su otra hija, Mónica, fisioterapeuta y especialista en salud pública, gestionaba, ante la Entidad Prestadora de Salud (EPS) a la que estaba afiliado su progenitor, para que fuese aprobado el acceso rápido a un lugar adecuado en el centro asistencial en el que se encontraba y por el cual, obviamente, se registraría un gran desembolso económico por sus servicios así fuesen deplorables.

Entonces, las horas fueron una eternidad. Durante el tiempo que permaneció el médico Ovidio en esas condiciones de negligencia por quienes, en alguna oportunidad hicieron el juramento hipocrático olvidaron cuando dijeron: “Consagraré mi vida al servicio de la humanidad. Guardaré a mis maestros el debido respeto y gratitud”.

“Médico”, como le decían en Yumbo, municipio del Valle del Cauca, impulsó la construcción del hospital y fue su director durante muchos años, pero además de su gran pasión de la medicina “desde chiquito”, como decía, “fue el rojo del América, el que me atrapó mi corazón”.

Y por eso, primero en la camilla de enfermo, recordaba el 3-2 a favor de Santa Fe con la narración de Pastor Londoño Pasos: “Centro de Recupero, golpe de cabeza, ¡gol de Pandolfi! ¡Gol de oro! ¡Gooolll de cabeza de Pandolfi!” y luego, por supuesto, en la cama asignada, le dijo a su hija Constanza: “Volví a sentir los dolores de cuando América perdió las tres finales de la Copa Libertadores y el de patria por lo que estamos viviendo, en Colombia, desde hace tiempo”.

En aquel momento llovía. Se escuchaba caer el agua. Entonces, apareció un doctor en el cuarto del enfermo y dijo: “Se está apagando”.

Horas después, fallecía Luis Ovidio Espinosa Bejarano, médico de profesión, graduado de la Universidad del Cauca e hincha de los de antes, de aquellos que respetaban al contrario y quien estuvo por primera vez en la tribuna de occidental del Pascual Guerrero, a los 13 años de edad, el 3 de julio de 1949. En aquel domingo, Millonarios ganó, 5-4, al América en el marco de la novena fecha, de la primera vuelta, del campeonato colombiano.

Lo curioso es que antes de morir dijo: “Estoy en ¿esta dimensión o en otra? Vi a Aura, mi madre; a mi abuela, Rosalbina; al médico Ochoa Uribe (Gabriel, técnico del América) al igual que a Joaquín Marino López y Fernando Franco García, con quienes conversaba en mi juventud”.

Las últimas horas de este hincha insignia del América fueron complicadas debido al servicio deficitario en la Clínica de Occidente en Cali. La tramitología para la atención del médico Luis Ovidio Espinosa fue tortuosa para sus familiares.

Esta historia terminó, pero quienes no han sufrido el dolor de ver a sus seres queridos desatendidos, no saben de los ancianos que sufren fatigas por esperar durante horas un doctor o a una enfermera mientras soportan la muerte sin pensar en ella.

El caso de lo que vivió el médico Luis Ovidio Espinosa Bejarano es la clara demostración de lo que sucede con el sistema de salud en Colombia y en el mundo. Lo más importante para las entidades prestatarias de salud no es servir sino cuánto dinero recibirá por cada paciente al ser el gran negocio.

Y muestra de lo anterior, por ejemplo, es el de los jóvenes galenos. Ya no palpan ni observan a los enfermos y solo se sientan al frente de una computadora y preguntan: “¿Qué le duele?”. Entonces, escuchan y escriben. Es como si le preguntaran al ‘tío Google’ para dar a conocer el diagnóstico.

Lo único que nos resta por escribir es que en todo sepulcro se encierra, sin que se sepa, dos corazones en el mismo ataúd. Y en el caso del médico Luis Ovidio Espinosa digamos que descanse su Alma en Paz. Así sea. Entonces, se escucha la voz de Piero como si le cantara aquel tema que tanto le gustaba: “Es un buen tipo mi viejo / Que anda solo y esperando / Tiene la tristeza larga / De tanto venir andando…”.

Y para finalizar, digamos, que Dios le conceda el Descanso Eterno y que brille para él la Luz Perpetua mientras se fue de este mundo pensando, obviamente, en su familia y en su América del alma y gritando gol. Amén.

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