Diez, seis y una más.

Por Marcial Ferrelli. –

Rattín en 1966, Maradona en 1986 y Messi en 2026. Tres capítulos de una misma novela argentina frente a Inglaterra. La protesta, la rebeldía, la belleza y la convicción como formas de disputar algo mucho más grande que un partido. El fútbol cambia de nombres y de velocidades, pero la camiseta número 10 sigue escribiendo la historia donde la política, la memoria y la pelota jamás dejaron de encontrarse.

Los Mundiales pueden lograrlo, reediciones de partidos que se reparten por la historia, desempolvan la memoria y le meten todo el picante geopolítico, una disputa que lleva sesenta años, fraccionado en tres, ya se vieron dos, la expulsión verbal y las obras del Azteca.

Argentina e Inglaterra más que una rivalidad es una conversación interminable entre la historia y con la pelota como juez de los pueblos. Tres líderes diferentes, como decía Borges: “la eternidad y la historia nos habitan, convirtiéndonos en un conjunto vivo de todos nuestros ayeres, presentes y futuros, cada hombre es una multitud”.

El primer seis

Antonio Rattín habitualmente no llevaba la diez, era el cinco de Boca. Pero en la Selección y en el Mundial de 1966 terminó usándolo y convirtiéndose en un diez gigante en la memoria argentina. Lo expulsaron sin entender una palabra de inglés, la primera expulsión verbal del fútbol mundial, una condena sin traducción ni tarjeta. Desde ese episodio se implementarían los cartones amarillo y rojo para la Copa de México 70. El capitán se negó a salir en una acalorada discusión con el árbitro alemán Kreitlein, caminó despacio, acarició con desprecio el banderín británico y dejó una imagen que sobrevivió mucho más que el resultado, se sentó por dos minutos en la alfombra roja de la Reina, ausente en el estadio pero presente ante la impertinencia del “Rata” contra todos los asistentes ingleses.

Era la Argentina de la dictadura de Onganía. El mundo bailaba con los Beatles, mientras en el país comenzaba otro gobierno militar. El fútbol todavía no podía responder con títulos, los estudiantes cabeceaban bastones largos. Rattín respondía con dignidad, un caudillo en Wembley.

Veinte años después apareció Diego, el vengador.

«LAS MALVINAS SON ARGENTINAS». El santuario en Segurola y Habana, esquina histórica de la casa de Maradona, a la espera de la semifinal del Mundial contra Inglaterra. Fuente: @TyCSports.

El otro seis

México 86 se convirtió en mucho más que un Mundial, fue la reparación emocional para un país que todavía respiraba la resaca de la dictadura y las heridas abiertas de Malvinas. Maradona convirtió una injusticia en picardía con la Mano de Dios y transformó la revancha en obra de arte con el Gol del Siglo, la historia necesitó apenas cuatro minutos para pasar del pecado a la belleza.

Diego discutía con la pelota en los pies. Sin comunicados, con discursos certeros. La zurda como manifiesto político. Con empatía y sin permiso, el barrilete cósmico dejó de ser una metáfora para convertirse en una forma de entender la libertad.

La historia de la casaca azul

El partido por octavos contra Uruguay se había disputado con la camiseta alternativa azul y de algodón, luego del encuentro que Argentina ganó por uno a cero, los jugadores hicieron el reclamo por lo pesado del uniforme con el sudor y el calor mexicano. Como no había tiempo para que la marca fabricara un nuevo modelo liviano, el cuerpo técnico activó un operativo de emergencia. Rubén Moschella, delegado de AFA, salió a buscar camisetas por Ciudad de México y terminó encontrando modelos azules más livianos en comercios locales.

La historia cuenta que Bilardo no estaba del todo convencido, hasta que apareció Maradona. Diego miró una de las remeras, la eligió y lanzó una frase que quedó para siempre: “Con esta le ganamos a los ingleses”.

A partir de ahí comenzó una carrera contrarreloj: se compraron 38 camisetas, se les cosieron a mano escudos de la AFA y se les plancharon números plateados de fútbol americano, los únicos que se consiguieron en cantidad suficiente.

El resultado fue una camiseta improvisada, con detalles artesanales y números brillantes, muy distinta a una producción oficial tradicional, pero con el glorioso destino de transformarse en una de las prendas más famosas de la historia del deporte.

Y llegó 2026, otra vez Inglaterra

Ya dejó de ser por cuartos, esta versión 2.0 y la más distópica presenta una semifinal, la más política en la vida de los Mundiales.

Ahora el diez es Messi, el que ya no resiste más adjetivos, hace tiempo que agotó las palabras disponibles. Cada calificativo termina siendo derrotado por su fútbol de récords cotidianos. La evolución de lo imposible.

Lo extraordinario de Leo ya no pasa por los goles, transita  por la fe, jugando sin calificaciones, porque lo importante es estar ahí, creer en los otros. Lo que aprendió a construir Scaloni con Aimar y equipo, tener fe en todos, plantar el “Panteísmo Borgeano”.

Porque convenció a un grupo de que siempre existe una jugada más. Si no entra esta, será en la siguiente. Si no alcanzan 90 minutos, habrá que insistir 30 más y si no el Dibu. Creer también empuja a la suerte, arrebata a la ansiedad y la paciencia construye las épicas de estos muchachos que si entienden de defender la camiseta argentina, por lo menos en la cancha.

La Scaloneta convirtió el esfuerzo colectivo en una cooperativa de producción futbolística. Jugar bien nunca fue tirar un caño por vanidad, ni pararse sobre la pelota para humillar. Jugar bien es pensar antes de correr, administrar los tiempos. Recalcular, resistir el desgaste físico con inteligencia, razonar en bloque. El equipo antes que el ego.

Las coincidencias juegan

El 66 de Rattín, el 86 de Maradona, el 2026 de Messi.

Aparece el seis por todas partes, une el hilo de la historia del enfrentamiento con los ingleses, según la numerología, es el primer número perfecto, ya que la suma de sus divisores es igual al propio.

Los números parecen hacer una matrioska infinita donde cada capítulo guarda al anterior. Las predicciones, las casualidades y los algoritmos no dejan de tirarle centros a esta selección. Pero ninguna coincidencia explica el fútbol.

Lo explican las convicciones, porque Rattín reclamó cuando protestar costaba. Maradona convirtió la bronca en poesía. Y Messi transformó el talento en confianza colectiva.

El sábado por la mañana se fue físicamente Antonio Ubaldo Rattín, por la noche Messi, metió su tercera semifinal mundialista y desde su galaxia, Diego y el rayo maradonizador, muy usado en tiempos extra, para que Julián promueva esa comba con destino de ángulo superior izquierdo y volver a poner enfrente al archirrival. “Y ya lo ve…y ya lo ve…el que no salta….”

Tres épocas

Dictaduras. Democracias. Libertades amarradas.

Tres formas distintas de ponerse la camiseta más pesada del mundo. La Rata, Pelusa y la ex Pulga convertida hace rato en el Señor Messi. Los mismos colores, el mismo diez como destino, la costumbre argentina de discutir con la pelota en los pies.

Tal vez el fútbol sea, como sospechaba Galeano, la más hermosa de las excusas para contar quiénes somos.

Y Argentina contra Inglaterra vuelve a escribir el guión perfecto, No porque del otro lado haya un rival, sino porque enfrente vuelve a aparecer, por ahora, la soberanía arrebatada que nos une y que siempre pide revancha y justicia.

¡Vamos Argentina!

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