Capsulas de Carreño

Dos o tres cosas llevadas hasta el sueño.. Por Williams Viera desde USA.

Gabriel Ochoa Uribe y su característica boina cuando jugaba de arquero.


*“El fútbol es más que un juego; es una pasión y un estilo de vida. Así lo he vivido y también lo he sentido”.
Gabriel Ochoa Uribe, 1929-2020

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Por Williams Viera
Columnista Cápsulas desde USA.
 

 

     Se dice que las personas de temperamento tienen un buen corazón en todo lo que hacen debido a que siguen sus principios sin que les llegue a importar los comentarios negativos ni los prejuicios.

En ese sentido, Gabriel Ochoa Uribe (q.e.p.d.), quien falleció en Cali, a las 7:40 de la noche del pasado sábado, 8 de agosto, en su trajinar por este mundo, primero como futbolista y después como técnico, demostró un fuerte carácter sostenido por su formación, sensible por su personalidad y, obviamente, por ser humano de nacimiento.

“La vida, al final, es como un campo de fútbol; se juega, se gana o se pierde. Todo depende de cómo se piense y como se mueva en un tablero de ajedrez verde que es la cancha. En el fútbol y en la guerra… ¡no hay parientes!”, les decía Ochoa Uribe a los jugadores que dirigía.

El mundo lo recordará por su obstinación en busca de sus objetivos, más allá de sus títulos como entrenador de Millonarios-Santa Fe-y-América.

Ochoa Uribe así lo demostró cuando integró como jugador el ‘Ballet Azul’, equipo que consiguió ser campeón del fútbol profesional colombiano en 1949, 1951, 1952 y 1953.

“En 1949, en el arco estuvo Ochoa, muy joven. Me tocó entrenarlo. No se reía. A cada pelota que le disparaba, se lanzaba como si en ello se le fuera la vida. No quería que ninguna besara las piolas. Le pateaba despacio, ¡pum!, a un palo; ¡pum!, al ángulo; ¡pum!, fuerte y arriba. Le pegaba con efecto y él llegaba a todas, pero sin reírse. Después de varios disparos, paraba y pedía que Alfredo Di Stéfano y Adolfo Pedernera lo entrenaran”, dijo Pedro Cabillón, tiempo después, en una entrevista para el diario El Espectador.

Cabillón, delantero argentino, se consagró goleador del torneo con 42 goles en 25 partidos. Millonarios, en 1949, consiguió su primera estrella y fue el equipo con la delantera más efectiva al convertir 103 anotaciones mientras la valla defendida por Ochoa Uribe, que terminó como titular, fue la menos vencida con 37 tantos.

En ese año jugaron en el arco los también colombianos Rubén Rocha y Manuel ‘El Indio’ Tapias.

 

No lo podía creer

La pinta es lo de menos. Ochoa Uribe, desde joven, ya daba muestras de lo que iba a ser en el fútbol profesional y en la vida.

Ochoa Uribe llegó al conjunto azul luego de su paso por el América de Cali, equipo que lo dirigía el argentino Fernando Paternoster, apodado ‘El Márquez’, en las canchas conocidas como ‘Loncha’, ahí, en donde hoy quedan las instalaciones de RCN-Radio, en la calle 30 con carrera 8a.

Es decir, en la época en que en ese sector caleño, los residentes escuchaban el chaque-chac-chaque de los vagones y la locomotora de vapor lanzando el escape por su chimenea, pero anunciando su paso con sus hondos bramidos de silbato que ponía un punto de dramatismo con los que anunciaba que se acercaba o se alejaba del resplandor de la Estación del Ferrocarril, ubicada en la calle 25, antes de la explosión del 7 de agosto de 1956.

El silbido de los trenes estaba tan arraigado en la vida de los caleños de entonces que aparecía en las charlas de trabajo o en los cafés en donde se jugaba billar cuando decían que, “los jugadores que entrena ‘El Márquez’ paran el entrenamiento para contemplar el tren. Es el único medio que les permite soñar con viajar, pero el que más se emociona con el paso de los vagones es el joven arquero, ‘Ochoita’, como le dicen sus compañeros, por tener 16 años de edad y que viene de Medellín a reforzar el equipo los domingos”.

Sí, así eran las conversaciones antes de que llegara el modernismo con su cantidad de ruidos que nadie sabe quién los hace. ¡Oigan las ciudades! ¿Cuántos motores se escuchan? ¿Quiénes hablan?

“Nosotros entrenábamos en ese sector. Cali era una ciudad muy pequeña en ese entonces, les hablo de 1947 y 1948, todo el mundo se conocía. Era la época en que se veía a la gente, los domingos, después de salir de misa, ir a pie hasta el estadio Departamental, así se llamaba el Pascual Guerrero. Lo curioso es que el aficionado de entonces, desde las 11 de la mañana, iba con saco y corbata sin importar el calor que hiciera, pero llevaba portaviandas para almorzar en la gradería”, contaba Ochoa Uribe cuando alguien le preguntaba por aquellos años en que apenas jugó 5 partidos con la camiseta del América y con la que debutó el 23 de agosto de 1948, en Manizales, con derrota, 2-1, ante el Once Deportivo en el estadio ‘Palogrande’ en el marco de la segunda fecha del campeonato.

De ese domingo quedó una frase del costarricense Carlos Arturo Rueda C., en la naciente radio deportiva, cuando vio en la cancha al arquero del América con una boina, “no se olviden del nombre de ese joven. Se llama Gabriel Ochoa Uribe y sueña con ser médico. Sus ídolos en el fútbol son el español Ricardo Zamora, quien siempre tapa con boina, y Carlos Álvarez, un legendario arquero del amateurismo”.

Rueda C., en ese momento, taponaba ataúdes en la Funeraria de Aparicio Díaz Cabal en Manizales, pero esa será, sin duda, otra historia.

Ochoa Uribe después recordaba que ganaba $25 pesos y el dinero se lo entregaba Humberto Salcedo Fernández ‘Salcefer’ (q.e.p.d.), entonces presidente de ‘los diablos’, pero le decía, “no se los vaya a gastar en ‘bobadas’. Estudie y ayude a su mamá, doña Tránsito, que siempre lo espera en Sopetrán”.

En esas estaba Ochoa Uribe hasta que apareció, en su destino, Alfonso Senior Quevedo (q.e.p.d.), en ese tiempo presidente de Millonarios, y habló con ‘Salcefer’.

El hombre del bigote pequeño, de pantalón y saco oscuro con solapas y zapatos que brillaban como espejos, le dio $1.000 pesos de su bolsillo, al directivo del América por los derechos deportivos de aquel arquero que apenas empezaba, pero ‘Salcefer’ tenía que dárselos al Club Unión Victoria.

“¡Ah, caray! Me llevo al ‘chino’ y no se preocupe por él. Lo vamos a poner a estudiar en la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana de Bogotá”, le dijo Senior a ‘Salcefer’ con su peculiar fonética de bogotano.

El sueño de doña Tránsito Uribe empezaba a cumplirse a través del fútbol, aunque ella deseaba que su hijo, Gabriel, fuese sacerdote.

“En esa oportunidad mi sueldo fue de $560 pesos y estando en Bogotá pude realizar mis estudios de medicina de la mano del fútbol como un regalo de Dios y luego pude especializarme en  ortopedia y traumatología en Brasil con el apoyo del entrenador Martim Francisco Ribeiro (q.e.p.d.). Era como si mi padre, Pedro Pablo Ochoa, guiara mis pasos. Él había muerto sepultado en un socavón de una mina cuando yo apenas tenia dos años de edad, pero corrí con suerte. Mi padrastro, Ian García, quería que fuese jockey en el Hipódromo San Fernando, de Medellín, y más cuando monté al caballo ‘Pipo’ con el que llegué a ser campeón nacional”, contaría Ochoa Uribe años después.

 

Un momento

“¡Ojo!”, fue el grito de Ochoa Uribe a los jugadores, en un partido celebrado en El Campín. Dirigía a Millonarios en 1972.

A pesar del talento que tenía y de los esfuerzos que realizaba para ser titular en Millonarios, tenía enfrente al argentino Julio Cozzi, considerado ‘el arquero del siglo’.

“Estoy desesperado. Quiero triunfar en el fútbol”, le dijo Ochoa Uribe a Senior en las oficinas en las que trabajaba como director de Roldan Calle.

“No se preocupe, Gabriel. Le tengo una noticia, si quiere ir, hay una oferta desde Brasil y es un contrato de tres años con el América de Río de Janeiro. Allá puede especializarse en medicina deportiva”, fue la respuesta de Senior que años después se la contó al periodista Óscar Munevar cuando éste trabajaba en Caracol-Bogotá.

Ochoa Uribe viajó a Brasil en enero, antes del Carnaval de 1955, y logró el subtítulo del campeonato carioca con la dirección de Francisco Ribeiro, quien se quedó tres temporadas, hasta 1957, enseñándole los secretos del fútbol y apoyándolo para que terminara sus estudios.

“El arquero colombiano que se contrató apenas está escribiendo su historia y lo hace con los libros, con los entrenamientos y la nostalgia mientras los más veteranos lo apoyan en todo lo que pueda necesitar para triunfar”, les decía Francisco Ribeiro a los periodistas cuando preguntaban por Ochoa Uribe.

Flamengo, en esa ocasión, se quedó con el título luego de disputar tres partidos, en el Maracaná, correspondientes a la final. El primero se jugó el 26 de marzo de 1956 y el triunfo fue para el Flamengo, 1-0; el segundo enfrentamiento fue el 1 de abril y la victoria fue 5-1 a favor del América; mientras que el cierre de campaña se cumplió el 4 de abril y la celebración fue para Flamengo que se impuso, 4-1. En ninguno de los tres compromisos el arquero colombiano estuvo de titular y esa responsabilidad se la dieron a Valentino Da Silva o Pompéia (q.e.p.d.). El apodo de ese arquero brasileño era porque no podía pronunciar Popeye, el muñeco de las espinacas.

Sin embargo, de ese año le quedó el recuerdo de lo que publicó, el 7 de noviembre de 1955, O Globo, un periódico de Río de Janeiro y fundado en 1925. En una página, a ocho columnas, destacó, “el médico que salvó al América”. E hizo referencia a la actuación de Ochoa Uribe en el arco para el empate, 3-3, de su equipo ante Canto Do Río, de visitante, en el estadio Caio Martins.

 

Mi aprendizaje

A la edad de 90 años falleció, en Cali, Gabriel Ochoa Uribe, toda una leyenda en el fútbol profesional colombiano.

Debido a la memoria prodigiosa que tenía Ochoa Uribe, en un diálogo con el médico César Augusto Arias cuando trabajaba como comentarista en Colmundo-Radio, en Cali, le dijo, “debido a mi juventud y mi aprendizaje en los tres palos, el técnico Francisco Ribeiro me expresó, ‘usted debe tener paciencia y aunque irá de suplente, eso le servirá para madurar’. Entonces recordé los días en que estuve en Millonarios y era suplente de Cozzi, en ese momento pensaba que era superior a él, pero al verlo actuar y entrenar me di cuenta que yo no sabía nada. Con el tiempo lo aprendí. Si uno es arquero, siempre le echan la culpa de los goles mientras que al técnico lo contratan por bueno y lo despiden por malo sin importar si su trabajo es bueno, pero que está diseñado para conseguir resultados a mediano o largo plazo”.

Las palabras del médico y técnico eran producto de su experiencia, de sus encuentros y desencuentros con directivos, con jugadores y con periodistas.

Él había empezado su trajinar desde el costado del tapete verde cuando apenas tenía 28 años de edad en Millonarios luego de una lesión que lo sacó de las canchas, pero era el médico del club y tenía un centro de rehabilitación en Bogotá. En 1958 quedó a un punto de lograr el título que consiguió Santa Fe con 48 unidades producto de 36 partidos, 17 triunfos, 14 empates, 5 derrotas, 78 goles a favor y 51 en contra mientras que los dirigidos por Ochoa Uribe, en su primera campaña, se resumió en 20 victorias, 7 empates, 9 caídas, 68 goles a favor y 26 en contra.

La historia lo dice. Por estos días se recordaron las ejecutorias de Gabriel Ochoa Uribe que nunca se olvidarán debido al trabajo bajo la ley del esfuerzo que no negociaba. Se dijo y se escribió que con Millonarios fue campeón en 1959, 1961, 1962, 1963, 1964 y 1972; con Santa Fe en 1966; y con América en 1979, 1981, 1982, 1984, 1985, 1986 y 1990; y que estuvo en tres finales consecutivas de Copa Libertadores, perdiendo ante Argentinos Juniors por penales (1985), ante River Plate (1986) y ante Peñarol en el último segundo (1987); y que dirigió en dos ocasiones a la Selección Colombia.

¿Qué más se puede decir? Que es el director técnico que más partidos dirigió con 1.565; que fue el primer arquero en anotar un gol al Atlético Bucaramanga en 1952 luego de reemplazar a Alfredo Di Stefano, quien se enfermó la noche anterior de ese compromiso que ganó Millonarios, 7-1, de visitante; que Pepino Sangiovanni lo ‘retiró’ de la medicina cuando, en Bogotá, le insistió y le dijo, “lo queremos a usted para que saque campeón al América. No nos recomiende a nadie”.

 

Boten el ‘walkie-talkie’

A la edad de 90 años falleció, en Cali, Gabriel Ochoa Uribe, toda una leyenda en el fútbol profesional colombiano.

El martes 24 de abril de 1973, en el ‘Viejo Gasómetro’, en el barrio Boedo, San Lorenzo de Almagro, dirigido por Juan Carlos Lorenzo (q.e.p.d.), esperaba a Millonarios en el marco de la segunda fase de la Copa Libertadores del Grupo 6 con un ambiente en las tribunas que erizaba la piel por el miedo que llegaba a la cancha desde las gradas.

El conjunto azul, encabezado por Gabriel Ochoa Uribe, llegaba a ese compromiso con un 0-0 conseguido en Bogotá el 11 de abril.

En ese juego, en Argentina, fue enviado a la tribuna el técnico de Millonarios por el árbitro José Romei. Entonces Ochoa Uribe se consiguió dos ‘walkie-talkie’ y empezó a dirigir a sus muchachos desde el palco de autoridades.

“Willington, busque a Brand y toque el balón de primera. Hay que llegar rápido al arco de Irusta.  Villano, no se descuide con los movimientos que hace ‘El ratón’ Ayala que recibe de Cocco”, ordenaba Ochoa Uribe por el radio transmisor que el aguatero o el kinesiólogo lo ingresaban a la cancha, escondido entre la ropa.

‘El Toto’ Lorenzo, otro adelantado del fútbol de esa época, fue informado de lo que hacía el técnico rival y de inmediato le ordenó a Roberto Telch, “boten el ‘walkie-talkie’. Nos tienen locos con sus movimientos en la cancha”.

Telch cumplió con la misión y San Lorenzo ganó, 2-0, con anotaciones de Piris y Cocco.

 

Por favor, hazme el milagro

Uno de los momentos más complicados que vivió Ochoa Uribe en el América fue en 1985. En esa temporada se enfrentó a la prensa de Cali y sólo le hablaba al médico Arias al final de los partidos que disputaba su equipo en casa. Él consideraba que Arias era el único periodista radiofónico con quien podía hablar.

En ese año las visitas del técnico y el grupo de jugadores se hicieron frecuentes a la Basílica de Buga.

“Señor de los Milagros, no soy ambicioso. Sin embargo, si me dejas ser campeón voy a caminar por la pista del Pascual Guerrero con el brazo levantado. Si no quieres, pues no soy campeón y me voy directo al camerino”, le escuchó orar Julio César Falcioni, arquero americano, y al final de esa campaña, los demás jugadores se extrañaron de ver a su técnico celebrando aquel título.

 

¡Música, maestro!

Uno de los problemas que tenían los jugadores del América durante el periodo que estuvo Ochoa Uribe era cuando les tocaba viajar en el bus a entrenar lejos de Cascajal o que debían de enfrentar al Quindío en Armenia, al Caldas en Manizales o al Pereira.

En esos recorridos, en el bus de ‘los diablos’, sólo era permitido que en el ambiente se escucharan tangos, pero principalmente de Carlos Gardel.

“Por favor, señor Robayo, usted que es el conductor, alégrenos el día. Ya sabe, el tango lo dice todo. Ni porque uno mismo lo hiciera”, decía Ochoa Uribe mientras que Gastón Moraga, quien era el preparador físico del América, se reía de la ocurrencia, pero los jugadores, en la parte de atrás, protestaban en voz baja.

 

Un editorial brotó de una pesadilla

Gabriel Ochoa Uribe dijo que tuvo en Julio César Falcioni su arquero preferido. “Julio me deja dormir tranquilo”.

En ocasiones se registran charlas extrañas en la vida y una de ellas se dio con Cecilia Perea, quien era la esposa de Ochoa Uribe.

Ella comentó que estaba muy preocupada por la salud de su compañero de vida debido a las criticas despiadadas que recibía durante la campaña de 1985. Si América jugaba bien, el malo era él. Si el equipo jugaba mal, el malo era él. Si hablaba o no hablaba con la prensa, el malo era él.

“Ustedes no saben, Gabriel hasta dormido todavía habla de lo que vivió con Alfonso Cañón (q.e.p.d.) antes del título en 1979 y después de ese torneo”, dijo doña Cecilia.

Ochoa Uribe tenía pesadillas por el comportamiento del jugador bogotano. Cañón había sido la mano derecha del técnico, pero se ‘escapaba’ a la capital después de cada partido en Cali. Él se iba en avión y llegaba a Soacha para jugar tejo, tomar cerveza y comer fritanga, pero bien temprano regresaba. Por esos días le iban a hacer un trabajo especial para que no subiera de peso y lo descubrieron. Álvaro Guerrero, gerente del equipo, lo siguió como todo un espía y descubrió la razón del sobrepeso del ‘10’.

Si bien habían transcurrido 5 años de aquella situación, Ochoa Uribe, en la campaña en la que estaba, no deseaba volver a tener un episodio semejante.

Entonces, ‘Balón’ contó aquellos pormenores e hizo un editorial con respecto a la relación del técnico del América y la prensa. Los implicados en el enfrentamiento coincidieron que lo mejor era volver al diálogo.

Paz en la tumba de Gabriel Ochoa Uribe, un ejemplo de trabajo y rectitud.

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3 comentarios

  1. José Hugo Feijóo Ariza

    11 agosto, 2020 at 7:57 pm

    *Magníficos apuntes de Williams Viera
    sobre la vida de un fuera de serie (Gabriel Ochoa). Vivió la vida intensamente, dedicada al futbol que convirtió en su religión, pero una religión bien cimentada para la vida y para el deporte. Fue ejemplo como persona, como profesional de la medicina y del fútbol, todo un señor. Admirado por parciales y rivales, merecedor de miles de homenajes y principalmente el que como personas debemos rendir a todo un señor de la vida y en la vida.
    José Hugo Feijóo Ariza, Cali

  2. Ricardo Forero

    11 agosto, 2020 at 1:55 pm

    *Qué buena crónica de Williams Viera
    Estos son los homenajes adecuados para los tiempos que vivimos.
    Las escenas de grupos de «hinchas» en inmediaciones del Pascual Guerrero divulgadas anoche en redes sociales, le hacen flaco favor a la memoria de del Dr. Gabriel Ochoa Uribe, uno de los más importantes hombres del fútbol en la historia de Colombia.
    Ricardo Forero, Bogotá

  3. Fanny Salcedo

    10 agosto, 2020 at 8:54 pm

    *Para Williams Viera
    Excelente reseña, soy y seré hincha del Deportivo Cali, pero todos conocíamos del Dr Ochoa y de sus triunfos.
    Felicitaciones Willian, 👍👍👍👏👏👏💯💯
    Fanny Salcedo, Knightdale NC USA

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