Capsulas de Carreño

El campesino del Tour. Por Ezequiel Fernández Moores.. En canchallena.com

Nairo Quintana

*Ezequiel Fernández ha sido amigo y admirador de Colombia hace muchos años. Cuando estuvo vinculado a una agencia de noticias lo conocimos en más de una Copa América. Su sede es Buenos Aires, ahora con La Nación. Y por eso no nos sorprende su columna de hoy dedicada a Nairo Quintana. Recomendado periodístico de hoy.

 

Corren pegados. Un mínimo error suele provocar caídas masivas. Sangre, magullones, cicatrices, un diente menos y otra vez a la bicicleta. El batallón en las sombras vuelve a pedalear. Son ciclistas sin nombre, sólo con número. Protegen al líder del viento. Le llevan agua y comida. Lo animan. Controlan al rival que escapa. Lanzan el sprint. Son los gregarios. Soldados rasos, escuderos, proletarios anónimos al sacrificio del líder, que se queda con las tapas de los diarios, premios, fama y dinero. El galés Geraint Thomas, que tiene títulos mundiales y olímpicos, se fue de la carretera el lunes en pleno descenso, golpeó su cabeza contra un poste y a los 38 segundos estaba sobre la bici. «¿Quién sos?», le preguntó el médico, a modo de control. «Chris Froome», respondió riendo Thomas. Froome es su cacique en el equipo Sky, líder del Tour de Francia. Nairo Quintana, el único con chances de destronarlo, volaba hace diez años con su bici de catorce kilos de hierro en montañas de su Boyacá natal, donde escarbaba tierra cultivando papas que vendía los martes en el mercado. Con la bici vigilaba vacas, hacía repartos a domicilio e iba a la escuela. En bajada, ponía piedras en la maleta para sumar peso. En subida, remolcaba a su hermana. Hoy comienza la subida a los Alpes. Su última esperanza para cazar a Froome y darle a Colombia la máxima alegría de su historial deportivo: ganar la carrera más dura del mundo.

El escritor italiano Dino Buzzati imaginó una vez el sueño de un gregario que desobedecía ordenes y escapaba para llegar él primero a la meta. Pero el gregario debe tener hasta prohibidas las fantasías. «Mejor que se limite a dormir, que no sueñe nada». Los gregarios, dicen los especialistas, han sido claves para Froome en el Tour de 2015. Para correr 3300 kilómetros en 21 días en llanos y montañas, 14 kilómetros de subida permanente por encima de los 2000 metros, pendientes de 8 grados de media. De 30 grados a la lluvia fría de las altas cimas. Hoy miércoles se ingresa a los Alpes, 161 kilómetros al Pra Loup. Mañana jueves 185 kilómetros de subida más dura, 138 más el viernes sin un solo metro plano y otros 110 el sábado con trepadas al Telégraphe, Galibier y Alpe d’Huez. Y el domingo, después de 107 kilómetros, la llegada a los Campos Elíseos.

A Froome, británico y sospechado de doping, llegaron a arrojarle un vaso con orina en plena ruta, un capítulo más en el historial de agresiones en el Tour, como el puñetazo en pleno hígado que recibió Eddy Merckx en 1975. A Richie Porte, gregario de Froome, lo golpearon y le gritaron «dopado». El fisiólogo Antoine Vayer alarmó en un informe de la TV pública de Francia. «Todos contra Froome», publicó en tapa L’Equipe. El equipo Sky publicó ayer valores de potencia, vatios por kilo, tiempos, peso, pedaleadas por minuto y pulsaciones. Los escépticos exigen ahora los mismos datos pero a partir de los seis kilómetros finales de la subida de hace unos días a La Pierre Saint Martin, cuando Froome, supuestamente sin que le cambiaran las pulsaciones, y sus gregarios del Sky, escaladores inesperados, aplastaron con «una de esas exhibiciones que terminan en la comisaría», como escribió el periodista Jon Rivas. «Lucy in the Sky with Diamonds», ironizaron otros por la canción Beatle y el LSD. El exciclista británico Paul Kimmage, hoy una de las voces más autorizadas en el tema, escribió un duro artículo sobre Sky en The Independent. Hizo recordar al Froome que, tres años después de ser expulsado del Giro de Italia por subir al Mortirolo agarrado a una moto, ganó el Tour escalando más veloz que Lance Armstrong dopado. Igual que Lance tras su operación de cáncer, Froome resurgió después de una operación por una enfermedad parasitaria endémica que contrajo en África (bilharzia) y que justificó un hematocrito alto. Pasó de gregario a campeón.

«¿Demasiado fuerte como para estar limpios?». Armstrong, justo él, lanzó el tuit un día antes de asistir al Tour. El tejano, despojado de los siete Tours seguidos que ganó de 1999 a 2005 y suspendido de por vida por doping, apareció el jueves pasado para una competencia benéfica. El Sky de Froome es una continuidad del US Postal de Armstrong y hasta tiene al mismo sospechado masajista belga. «Tal vez sea mi culpa -dijo Armstrong-, pero no es justo que quien gane el Tour 2015 deba estar respondiendo preguntas sobre alguien que lo ganó hace diez o quince años». Brian Cookson, el inglés presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), dijo que Lance era una presencia «indeseable e irrespetuosa». Es el mismo Tour, sin embargo, que tiene a ex dopados como Richard Virenque y Laurent Jalabert como comentaristas estrellas de patrocinadores y TV. Que invitó al Tour del bicentenario en 2010 a ex campeones dopados como Jan Ullrich y Bjarne Riis. Y que en su competencia actual tiene en el top ten a ex dopados como Contador y Alejandro Valverde. «Si no soy bienvenido porque soy un dopado y si aplicaran a todos la misma regla entonces el Tour podría quedarse vacío», ironizó Armstrong.

Nairo Quintana no lidera el Tour. Parece por ahora amparado por su historia de niño crecido en un país cruzado por tres cordilleras. El país de los «escarabajos», como se llama en el circuito a los poderosos escaladores colombianos. Una tradición con nombres míticos como Martín «Cochise» Rodríguez, Lucho Herrera y Fabio Parra, por citar algunos, todos con un organismo adaptado de manera natural a la altitud, respirando «grueso» desde niños, con una gran capacidad de proveer oxígeno a los músculos. Suben y bajan montañas de hasta 3000 metros como quien sale a correr. «Gente que, cuando sube, parece que está bajando», según los describió L’Equipe. Quintana pertenece a una nueva generación más profesional, más técnica y ya con numerosos podios europeos. A los 18 años lo pusieron sobre una bici con medidor de potencia y pulsómetro y movió siete vatios kilo, más que cualquier otro. Creyeron que había un error y repitieron la prueba. Lo mandaron directo a Europa. Nairo también tuvo una enfermedad extraña al nacer. Su madre le contó que una persona que probablemente tocó antes a un muerto tocó luego su panza de embarazada. En el campo la llaman el «tentado del difunto».

En 2006 Nairo fue arrollado por un taxi y pasó cinco días en coma. Comenzó a entrenarse con un casco verde que tenía forma de calabaza. Parecía una tortuga ninja. Si pinchaba, buscaba plantas largas y delgadas, apretaba el neumático con los dientes, hacía un nudo en el orificio, inflaba la llanta con la bomba de aire y seguía camino. Tan fácil como cultivar papa. Escarbaba la tierra hasta verla negra, picaba, limpiaba la maleza y hacía el camino con una larga fila de semillas. Ponía tres papas de diferentes tamaños. «Al menos una tiene que funcionar». Nairo es hoy vocero de los cincuenta mil campesinos boyacenses que dos años atrás marcharon pacíficamente reclamando ayudas para un sector en crisis. «Yo labré la tierra con mi padre, pero cultivar y vender hoy da pérdidas. Por eso -dijo en una entrevista- estamos invitando a los colombianos a comer papa». Su padre debió comprar uniforme y hasta pagar la cuota del club para que Nairo pudiera comenzar a competir de pibe. Por eso, Nairo, estrella hoy del equipo Movistar, apoya también a los ciclistas boyacenses.

A los 25 años estrella en Colombia, Quintana, que ya fue segundo de Froome en el Tour de 2013, hasta pudo pedir al presidente Juan Manuel Santos por un hermano que llevaba siete años en el Ejército, en la selva de Caquetá, en el eterno conflicto armado que sufre el país. Pero Nairo, que vuelve cada dos meses a Boyacá y se entrena subiendo montañas y esquivando camiones en bajadas a noventa kilómetros de velocidad, mientras saluda a la gente, recuerda los días felices de paseo familiar en el camioncito donde llevaban las gallinas. Sancocho, río y pelota. Nairo, gregario de la vida, posible rey de París el domingo, se enojó por eso cuando, ya famoso, algunas crónicas hablaron de un pasado de pobreza. «Teníamos casa propia y comida abundante. Huerta, una pequeña tienda, trabajábamos la tierra». «Quieren mostrar a un pobrecito que viene del campo. Pero es que en el campo -dijo Nairo una vez al periodista Mauricio Silva Guzmán- nos toca trabajar. Aquí los padres enseñan a sus hijos a ser responsables y ayudar dentro de la familia. Y no es escandaloso, porque no somos hijos de gente con dinero, somos hijos del campo».

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