=========================================
Tema: El día de la conspiración.
=========================================
Autor: Williams Viera desde USA.
=========================================
La intriga empezó horas antes de que la noticia fuese leída el viernes 28 de diciembre de 1990, a las 7:16 de la mañana y la misma fue una explosión que estremeció la radio.
=========================================
La conspiración estaba en marcha. Aquella mañana, como era su costumbre, Julio Mario Santo Domingo, dueño del Grupo empresarial Santo Domingo, llamó a Augusto López Valencia, persona de su confianza y presidente de Bavaria, epicentro del conglomerado.
=========================================
Renunció Yamid. Usted lo va a reemplazar.
=========================================

El día de la conspiración
POR WILLIAMS VIERA desde USA.

La intriga empezó horas antes de que la noticia fuese leída el viernes 28 de diciembre de 1990, a las 7:16 de la mañana y la misma fue una explosión que estremeció la radio.
Los encargados del noticiero, jefe de redacción y el de emisión, quién era a la vez redactor político, en Bogotá, aceptaron a regañadientes transmitir aquella información recibida y ordenada por la cabeza visible de quien manejaba los hilos de uno de los grupos económicos de ese entonces y persona de confianza del dueño.
─ Esa noticia no va. Soy el director y nadie, hasta ahora, nos impone lo que debemos informar o lo que no. No soy títere de ningún titiritero − dijo el director nacional de noticias al otro lado del teléfono, quien se encontraba en Cali con motivo de la edición 33 de su emblemática Feria y a esa hora, 6:00 de la mañana, estaba en el barrio Centenario, en donde funcionaban las instalaciones de Caracol Radio y con ello demostraba que podía levantarse temprano a pesar de su fama de jugador noctámbulo y de tener tiempo para ser mujeriego.
Mientras él hablaba, lo oía Carlos Valencia, operador de sonido, quien revisaba los clavijeros. Después se sentó al frente de la consola de audio para controlar lo que iba al aire sin dejar de escuchar aquella conversación telefónica. Era su costumbre. Entonces pensó: “Aquí se va a armar la gorda”, pero no dijo nada. Era su costumbre.
─ Usted, Juan Darío, me responde para que esa noticia no vaya al aire ─ le dijo el director de noticias con voz grave y bien timbrada por el auricular a su jefe de redacción y colgó.
Después de ese instante se quedó mirando hacia el exterior de aquella vieja casona a través del grueso vidrio polarizado que era el lugar de trabajo del operador de sonido. Aquella visión le permitió observar a quienes ingresaban o salían, incluyendo el transmovil que, a esa hora, tenía como conductor a James Carabalí, quien iba acompañado de los reporteros judiciales Julián Benítez y Álvaro Miguel Mina. Su ruta era el complejo de la Policía Nacional en Cali, ubicado en la carrera Primera con calle 21, en donde funcionaban los comandos de la Policía Valle y Metropolitana.
Se teje la telaraña

Alguien había dado la orden. ¿A qué hora? O, ¿qué día y cuándo? Lo único cierto era que, en el edificio de cinco pisos, en la zona industrial de Puente Aranda, en Bogotá, en donde había funcionado la desaparecida Radio Sutatenza, estaba Caracol Radio y su distribución era: en el primero estaba la recepción; en el segundo, en el ala norte, quedaba la oficina de la gerencia general que ocupaba Ricardo Alarcón Gaviria mientras en el ala sur estaba la redacción de deportes y en el centro, laboraba el equipo de noticias con 30 periodistas, pero ese viernes, solo se hallaban 12. En el tercer piso se encontraban las cabinas de la Cadena Básica, Radio Deportes y Radio Reloj.
Mientras Alarcón Gaviria estaba en Cali con motivo de la Feria y de las vacaciones de diciembre, la programación de la gran compañía no se detenía, pero entre bambalinas se fraguaba una conspiración que ni siquiera Pedro Alcalá, el ingeniero de sonido más querido y carismático de Caracol por ser el favorito de quienes dirigían los diferentes informativos, no la vio venir. Se decía, en las salas de redacción de deportes y de noticias, que “Alcalá se las sabía todas por ser leal con su compromiso”.
A las 5 de la mañana de aquel 28 de diciembre de 1990, en el edificio de la primera cadena radial, se sentía una extraña quietud. El acostumbrado río de palabras no se percibía en los pasillos y se parecían, verbigracia, a esas imágenes de corredores infinitos de casas embrujadas en las que los ruidos terroríficos junto al recital inexplicable de pasos y golpes, gemidos y roces, sólo podían ser soportados y escuchados por el periodista Óscar Munévar Forero, pero él no les prestaba atención mientras, en su máquina de escribir Olivetti, color verde, ‘chuzo grafiaba’ las noticias que irían a las 7:00 de la mañana en el espacio ‘Deportes Caracol’ y entre ellas recordaba, por falta de actividad deportiva en aquellos días, que América había sido campeón por séptima ocasión con la dirección de Gabriel Ochoa Uribe en la edición 43º de la primera división del fútbol profesional y que Atlético Nacional era el subcampeón bajo la batuta de Francisco Maturana en un campeonato que tuvo como novedad el ingreso de la tabacalera Protabaco como patrocinador por lo que, ese torneo, se conoció con el nombre de Copa Mustang.
Munévar escuchó, a lo lejos, un teléfono que repicaba, aguzó el oído sin prestarle atención y continuó dándole forma al boletín informativo.
─ ¡Carajo!, no contestan. Puede ser algo importante. ¡Mmm! ¿O será que está llamando don Fernando Londoño o Augusto López Valencia por el teléfono rojo?, pero en el master de la básica de Caracol está Alcalá ─ murmuró mientras trataba de arreglar la cinta de la máquina de escribir que se había enredado y que, por tal circunstancia, dejó de emitir su sonido peculiar para que la escucharan. Dos teclas se habían atascado.
Mientras tanto, la sala de noticias, debido a la escasez de personal por las vacaciones de diciembre, parecía que hubiese sido devastada por un apocalipsis benévolo. Sin embargo, el ambiente no era lúgubre ni opresivo. Existía el encanto de la música ligera como en la composición ‘La máquina de escribir’ del estadounidense Leroy Anderson que la utilizaba como un instrumento de percusión. Y justo, en ese instante, el sonido de las teclas era como una lluvia de palabras que producían frases, el ‘ring’ del retorno del carro indicaba que se acercaba el final de una línea de las noticias que escribían los periodistas para la primera emisión de Última hora Caracol Radio, a partir de las 7:16 de la mañana.
Uno de los 12 redactores que se encontraban, a esa hora en la redacción de noticias, dejó de escribir y cogió el auricular del teléfono que sonaba y al instante oyó en el extremo una voz como si estuviese en otra galaxia.
─ Buenos días. Aquí redacción de noticias de Caracol ─ Entonces, miró a quienes estaban escribiendo y gritó: ─ Carlos Ruiz, lo llaman.
El periodista que atendía la información política y quien se desempeñaba, a la vez, como jefe de emisión de los informativos de Caracol Radio, levantó la extensión del teléfono:
─ Habla Carlos Ruiz. ¿En qué podemos ayudarle? ─ dijo el periodista que el 16 de agosto de 1983, en la Cámara de Representantes, había sorprendido a la nación, pero especialmente a los oyentes de Caracol al transmitir, por teléfono, algo inaudito para la época, el debate en el que estuvo Pablo Escobar Gaviria y en donde fue acusado, debido a sus actuaciones delictivas, por Rodrigo Lara Bonilla, entonces ministro de Justicia y primer funcionario que se atrevió en denunciar públicamente los ‘dineros calientes’ que habían entrado a diferentes sectores de la sociedad colombiana, entre ellos el fútbol profesional.
Les importó un pepino
La conspiración estaba en marcha. Aquella mañana, como era su costumbre, Julio Mario Santo Domingo, dueño del Grupo empresarial Santo Domingo, llamó a Augusto López Valencia, persona de su confianza y presidente de Bavaria, epicentro del conglomerado.
─ Augusto, ¿ya leyó el editorial de El Espectador? ─ le preguntó Julio Mario, quien sabía que su interlocutor dormía poco; pero tenía el privilegio de acatar órdenes y a la vez, capaz de crear un complot para ‘mover’ empleados de importancia.
─ Sí ─ dijo y un estremecimiento lo sacudió. Él sabía lo que tenía que hacer y colocó el auricular en la base.
Después, llamó a la sala de redacción de noticias de Caracol Radio y preguntó por Carlos Ruiz a quien le trasladó la orden recibida y continuó en su labor para ubicar, en Cali, a Ricardo Alarcón, amante de las corridas de toros, quien esa tarde, seguramente, estaría en la Plaza de Cañaveralejo en donde se presentarán el torero colombiano César Rincón, Pedrito de Portugal y el español Víctor Puerto enfrentando a seis ejemplares de la ganadería de Sánchez Ibargüen, como lo había informado el cartel taurino de la radio integrado por don Ramón Ospina, Iván Parra, Hernando Espinosa, Óscar Rentería Jiménez, el médico César Augusto Arias y Gustavo Vidales.
El tiempo seguía su camino inexorable como lo indican las manecillas del reloj que buscaban los hechos del presente sin garantizar el futuro por ser una ilusión y una añoranza mientras que Carlos Ruiz, después de colgar el auricular del teléfono, dejó su lugar de trabajo y buscó a Juan Darío Lara Contreras y le habló de la orden recibida por lo que obtuvo como respuesta, en tono seco: “Ahora sí ¡se armó la gorda! Todo lo que se vaya a hacer, hay que hacerlo”.
Entonces, aparentemente, cada quien se olvidó del asunto y se les vio escribiendo las cuartillas para el informativo de las 7:16 de la mañana de aquel 28 de diciembre de 1990 mientras que la página del editorial del diario El Espectador había desaparecido.
No hay regreso0
El locutor Fernando Calderón España había leído el informativo deportivo y aprovechó que Alcalá, el ingeniero de sonido, apagó la luz de ‘al aire’ por los comerciales que se estaban transmitiendo. Entonces le hizo una seña para que lo escuchara antes de abandonar la cabina. Última hora Caracol Radio se iniciaría en breve.
─ Pedro, recuerde que por el arduo trabajo que hacemos nos otorgaron un incremento a nuestro salario en este día ─ dijo el locutor.
─ Así es ─ respondió Alcalá con una sonrisa y enseguida agregó al ver que ya estaba en su lugar de trabajo Gustavo Niño Mendoza, quien repasaba lo que iba a leer ─: Ya sé que hoy es el día de los inocentes.
─ Claro. El inocente soy yo ─ dijo Calderón España. Se despidió rápido y se fue. Sin embargo, en ese instante pudo ver a Alcalá que metía en la casetera la presentación con el jingle que identificaba Última hora Caracol.
En tanto, el locutor de noticias acomodó el micrófono de cabeza redonda que tenía apariencia de una bola de golf debido a su sensibilidad en la captación de los sonidos. Entonces se fijó en la luz que se encendía y que se apagaba, diciendo, de esa manera, “Al aire”.
Gustavo Niño Mendoza, en ese momento, con su voz de tenor y por la que decían las mujeres que lo escuchaban que era “acariciante, exquisita, fresca y resonante”, empezó a leer las noticias hasta que llegó al texto del editorial de El Espectador que era la piedra en el zapato del expresidente Alfonso López Michelsen, accionista de Caracol Radio con el 25 por ciento, mientras que Julio Mario Santo Domingo, dueño del 50 por ciento, había ordenado detonar aquella bomba informativa sin que interviniera el otro 25 por ciento en poder de la familia de Fernando Londoño Henao o, ¿les preguntó?.
Niño Mendoza no tenía la menor idea de lo que iba a ocurrir horas más tarde. Lo que sí sabía era que el director de noticiasYamid Amat Ruiz, no se encontraba en Bogotá. Y cuando escuchara lo que seguía no le iba a gustar…
Entonces, Niño Mendoza, con su estilo grandilocuente, leyó ─: “El expresidente López Michelsen, después de retirarse de la política activa, tras rechazar ser candidato por el liberalismo a la Asamblea Constituyente de 1991, de la que dijo que ‘se había convertido en un mercado persa’ por aquello de que los aspirantes sólo pretendían aparecer en televisión dos minutos sin decir nada; es el mismo personaje que durante su mandato de 1974 a 1978, afirmó con gran desparpajo que en Colombia ‘había que chambonear’ para excusar los errores de su gobierno en una de las señales de por qué un país permanece en el subdesarrollo; es el mismo que vivió varias crisis políticas, económicas y sociales como el escándalo de la ‘Ventanilla Siniestra’, nombre que se le dio a la supuesta cuenta del Banco de la República, abierta por su gobierno para permitir el paso del dinero producto de la bonanza cafetera, pero que se convirtió en el mayor caso de lavado de dinero de la historia cuando se descubrió que por esa cuenta eran legalizadas las utilidades de la bonanza marimbera; el paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977 que dejó 33 muertos, 3.000 heridos y miles de detenidos debido a la protesta por las medidas económicas y sociales de su gobierno de ‘Mandato Claro’ que prometió convertir a Colombia en ‘el Japón de Sudamérica’, aunque el pueblo y la prensa de entonces lo rebautizó como el ‘Mandato Caro’ por los problemas económicos que enfrentaba el país, como la inflación que fue la más alta de la historia colombiana…”.
El Espectador, al mejor estilo de Lucas Caballero Calderón, conocido como Klim, quien había fallecido el 15 de julio de 1981 y era el columnista más leído e influyente del país por sus artículos llenos de gracia y de veneno, le sacó los trapitos sucios al ‘compañero primo’ López Michelsen, casado con Cecilia Caballero, por lo que, en ese escrito, divulgó que, presuntamente, su campaña recibió dineros de parte de Carlos Lehder y de sus ‘amigos’ para evitar la extradición de los narcos luego de su derrota en las elecciones presidenciales de 1982 mientras, durante su mandato, Colombia hablaba de lo que se estaba moviendo en los aeropuertos, de los paquetes que estaban pasando por las fronteras y de lo que llevaban esos tímidos viajeros en sus valijas de doble fondo hacia las Bahamas o hacia Estados Unidos.
La orden era una y se tenía que cumplir, así fuese una exageración. Cada 15 minutos, por las 23 frecuencias de la básica de Caracol Radio, en aquella época, al ser la esencia radial por la que alguien hablaba y alguien escuchaba, se debía leer aquel editorial que sería escuchado por quienes se afeitaban, por quienes manejaban su carro o por quienes se transportaban en bus o buseta al estar conectados con el país y con el mundo.

Al mismo tiempo, en Cali, José Yamid Amat Ruiz, a quien se le conocía que oía mucho y sabía oír, se descompuso. Se sintió víctima de una hábil manipulación del poder. ¿Desconocía lo que estaba sucediendo? ¿O lo sabía?
Entonces, mientras escuchaba la voz de Gustavo Niño Mendoza creyó regresar a su primer día de trabajo en Caracol, en 1978, cuando los periodistas le hicieron huelga por considerarlo inexperto por la mítica portada errónea que había ordenado publicar el viernes 2 de enero de 1974, a las 10 de la mañana, cuando era director de El Bogotano, en la segunda edición, con el título: “Maremoto en Bolivia” por lo que él, tiempo después, aprendió de tantas burlas recibidas a entender que aquello fue un ‘oso’ tan grande como la Basílica de San Pedro, en la ciudad del Vaticano, y por ello lo llevaba en su espalda hasta el punto que, más de uno, le recordaba que él, Yamid Amat, le consiguió mar a Bolivia por la vía del maremoto y con ello era innovador en todo lo que hacía en el periodismo.
Yamid Amat, en el lugar de trabajo de Carlos Valencia, operador de sonido, guardó silencio y salió al pasillo de la básica de Caracol-Cali. En ese instante, la puerta de Caracol Stereo se abrió y J. Fernando Quintero, locutor ‘estrella’ de aquella frecuencia, apareció en el quicio.
─ Buenos días, don Yamid ─ le dijo J. Fernando Quintero y vio al hombre de apellido de origen palestino que acababa de saludar sin obtener respuesta. La impotencia la llevaba dibujada en aquel rostro árabe oriundo de Tunja, Boyacá, por lo que el locutor volvió a ingresar a la emisora en la que tenía turno hasta las 10 de la mañana. En ese momento de abrir y de cerrar la puerta, se escuchó la voz de Raphael cantando “Maravilloso corazón, maravilloso / mi compañero en los caminos de la vida / siempre a mi lado en esas horas de tristeza…”.
Enseguida, el director nacional de noticias de Caracol encontró la escalera que tenía 23 escalones de un metro y medio de ancho que llevaban al primer piso. Se dirigió a la redacción de ‘Cómo amaneció Cali’ e ingresó, con el peso del enojo en el hombro, a la oficina de Sammy Jalil, director del informativo de Radio Reloj, en donde encontró papel blanco, tamaño carta, un escritorio, un asiento ancho y cómodo, y por supuesto, una máquina de escribir marca Olivetti, color verde turquesa.
Entonces, se sentó al frente de aquel dispositivo mecánico capaz de producir noticias, metió una hoja, le dio vuelta al rodillo, la alineó y sintió que el carro era muy suave. Había llegado el momento de escribir y de demostrar la razón del por qué lo llamaban maestro. Por sus venas corría la sangre de uno de los mejores periodistas de Colombia.
Un asunto de lealtad
Un profundo silencio envolvía aquella oficina hasta que empezó el sonido de las teclas de la máquina de escribir contra el papel en el que iba dejando grabados una letra después de la otra, sin posibilidad de corregir algún error sobre la página. No había el repiqueteo infernal ni el hilo musical de las redacciones, pero con la melancolía, bailando, dentro de su cabeza, escribió la palabra “renuncia” que la hizo efímera como el tiempo transcurrido.
En el instante en que el autor de la carta retiraba la hoja escrita del rodillo, le empezaron a desfilar, entre otros, algunos episodios de la historia colombiana, como la del jueves 21 de octubre de 1982 cuando ingresó a la cabina el periodista Jorge Rincón, su verdadero escudero, con la lengua afuera y sin poder respirar con algunos despachos, en sus manos, de las agencias AP, AFP y EFE que fueron recibidos por el télex de la sala de redacción de noticias, en el segundo piso del edificio de la calle 19 No. 8-48 en el centro de Bogotá.
─ Tranquilícese, Jorge, respire, le puede dar un infarto ─ le dijo Yamid Amat y recibió las noticias. Leyó, mentalmente, los escritos y de inmediato, por la comunicación interna de la cabina, le dio una instrucción a Pedro Alcalá, operador de sonido, quien se encontraba al otro lado del vidrio.
Entonces, la audiencia de 6AM escuchó el jingle: “Cuando la noticia se produce, Caracol se la comunica…”. Y después, la voz grave y bien timbrada que había cambiado la forma de hacer radio dijo: “Urgente. Gabriel García Márquez acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura. Repito. Gabriel García Márquez, nobel de Literatura”; pero tampoco podía olvidar, en ese instante, las palabras del escritor, a las 7:10 de la mañana, desde México: “Me acaban de despertar con la noticia de que soy premio nobel… Es una sensación muy rara, todavía no estoy seguro de que me he despertado. Estoy en la cama”.

La nostalgia se había apoderado de quien era el director nacional de noticias de la primera cadena radial colombiana y a su mente, igualmente, le llegó el miércoles 6 de noviembre de 1985 cuando un magistrado, oculto bajo un escritorio, se comunicó con él para decirle que se estaban tomando el Palacio de Justicia; o la llamada de un señor que iba en una avioneta, el jueves 14 del mismo mes y año, a las 6 de la mañana, y le informó que Armero había sido borrado del mapa junto a sus 26.000 habitantes y le agregó que a las 11:30 de la noche del miércoles, debido a la erupción por el cráter Arenas del volcán Nevado del Ruiz; o la del jueves 16 de noviembre de 1989 cuando junto a los periodistas deportivos Hernán Peláez Restrepo, Wbeimar Muñoz Ceballos y Reynaldo Barco dieron a conocer pormenores de una llamada ‘misteriosa’ que recibió Álvaro Ortega, pero lo que le dijeron al árbitro se lo llevó a la tumba luego de recibir nueve disparos, en la noche del 15, después del empate, 0-0, entre Medellín y América sin ser el central de ese encuentro, pero le ‘cobraron’ que una semana antes, el miércoles 26 de octubre, en Cali, en el triunfo, 3-2, del conjunto americano le había anulado un gol al visitante a escasos minutos del final por una jugada peligrosa.
Yamid Amat se levantó de la silla, caminó despacio y llegó hasta la puerta de color café que se encontraba cerrada. La abrió. En su mano derecha llevaba, doblado, lo que había escrito. Era su respuesta a quienes tenían el poder y él, desde el momento que ordenó no leer en Última hora Caracol el editorial de El Espectador, se sintió víctima y humillado por la ideología de la transparencia que había sido su arma para conquistar ‘el poder’ con lealtad, honestidad, sinceridad y ternura que lo llevó a conocer y entablar una gran amistad con Alfonso López Michelsen porque él, Yamid Amat, consideraba, en ese instante de su existencia, que la vida estaba hecha para los buenos amigos y las grandes aventuras. Entonces salió de aquel recinto sin fijarse que en la sala de redacción del noticiero ‘Cómo Amaneció Cali’ se encontraban la locutora Beatriz Helena Llanos y la periodista Martha Bocanegra, pero no dijo nada. Traspasó la puerta abierta que tenía, en su parte superior un vidrio, y empezó a recorrer, los 60 pasos que conducían a la oficina de la gerencia de Caracol Cali y mientras lo hacía, quien lo veía taciturno, le podía leer los recuerdos.
─ Está reviviendo los éxitos noticiosos transmitidos ─ le dijo la periodista Martha Bocanegra a la locutora Beatriz Helena Llanos sin saber que era el día señalado.
Y mientras caminaba, sin afán, por el pasillo del primer piso de aquellas instalaciones, Yamid Amat tuvo la sensación de retroceder en el tiempo y le pareció escuchar al campesino que lo llamó, desde Soacha, a las 7:15 de la mañana del lunes 17 de noviembre de 1989, para decirle: “Acabo de ver explotar un avión de Avianca”; también recordó las palabras del técnico Francisco Maturana, pronunciadas el 11 de diciembre de 1990, cuando dijo: “El M-19 puede disponer de mi voto en la Asamblea Constituyente, se lo expresé a Antonio Navarro Wolff, quien llevó junto a Carlos Pizarro las negociaciones de paz con el gobierno de Virgilio Barco (la paz se firmó el 11 de marzo de 1990). Y se lo dije al considerar que tengo una credibilidad de la que muchos políticos no gozan. Me quedo trabajando en España con el Valladolid al ser una satisfacción. Tanto en el fútbol como en la vida son más las veces que se pierde que las veces que se gana”.
Por fin, Yamid Amat, quien consideraba que oír lo era todo, llegó a la puerta cerrada de la oficina de la gerencia de Caracol Cali. Antes de tocar, sintió que la incertidumbre lo carcomía por dentro.
Ni más ni menos
Nadie sabía a ciencia cierta qué iba a suceder en aquella mañana de sol que rebanaba el día, acompañado de melancolía y vigor, por la luz y la irremediable fuerza del destino.
La verdad es que faltaba el toque final de la conspiración por lo que a Ricardo Alarcón Gaviria le tocó hacer el mandado del poder sin resistencia, pero olvidando el éxito del subordinado y las denominadas primicias periodísticas con las que los oyentes de Caracol Radio, más compañía, aprendieron a informarse al instante en el momento en que se producían porque su director de noticias decía, en las reuniones de redacción, que “la ‘chiva’ en el periodismo es como correr 100 metros por debajo de los 10 segundos por lo que debe ser, en la vida, la sal del periodista”.
A la 1:16 de la tarde, de aquel viernes 28 de diciembre de 1990, una sorpresa sorprendió a Colombia cuando oyó, en la voz de Gustavo Niño Mendoza, en Última hora Caracol, “Yamid Amat dejó de ser director de noticias luego de su renuncia”.
Entonces, los 1.104 municipios junto a los 32 millones de habitantes de la nación que estaba consagrada, desde 1902, al Sagrado Corazón de Jesús, en ese instante, después de escuchar la noticia, creyeron que se trataba de una inocentada.
El gerente general de Caracol había recibido el documento escrito por Yamid Amat. Lo leyó, respiró hondo y dominó el pánico.
─ Yamid, este tipo de situaciones ocurre a menudo.
─ Ya lo sé ─ dijo Amat, de 49 años, quien trabajaba en Caracol desde 1978, y salió de la oficina luego de sentir que todo lo que había ocurrido, estaba más allá de la farsa; pero pensó que volvía a ser él mismo por lo que se sintió desamparado como un muchacho.
Alarcón, al quedar solo, levantó el auricular del teléfono y marcó a un lugar de la Ciénaga de Ayapel, Córdoba.
─ Renunció Yamid. Usted lo va a reemplazar.






Haz un comentario