Por Mauricio Correa. –
Columnista Cápsulas. –

El anuncio de la nueva llegada a través de una rueda de prensa de Luis Amaranto Perea trajo algo muy particular y emotivo que dejó entrever un sentimiento profundo, casi visceral, por la institución. Con lágrimas en los ojos, afirmó que “al Medellín no se le puede decir que no”. Palabras que resuenan en el corazón de una hinchada hambrienta de gloria y que, por un momento los ilusionan de volver a ver a su equipo campeón.
Ese “sí” emocionado de Amaranto contrasta, sin embargo, con una historia previa que invita a la reflexión crítica. Cuando la actual dirigencia lo buscó en su momento para que jugara en el equipo, el entonces defensor puso condiciones, especialmente económicas, que terminaron impidiendo su llegada. Hoy, conmovido hasta las lágrimas por el llamado del club, declara que no se le puede decir que no al Medellín. Esa contradicción duele y genera preguntas incómodas: ¿el “sí” actual responde solo al amor por nuestra ‘sagrada’ o también a un contexto diferente, donde el rol de entrenador y la madurez de la carrera facilitan las cosas? El sentimiento es genuino, nadie lo duda, pero la memoria de la hinchada es larga. Amaranto tiene ahora la oportunidad de convertir esa emoción en resultados y coherencia. El amor al club debe traducirse en exigencia, no solo en lágrimas del momento.
Otro punto para analizar son las contrataciones que la nefasta dirigencia ha presentado para este segundo semestre el cual ha sido más que austero. Las llegadas de Joaquín Varela, Carlos Lucumí, Agustín Martegani Juan José Córdoba, Alfonso Simarra, Jeison Medina entre otros ajustes, han dejado más preocupaciones que la tranquilidad que se debía presentar por las mismas. A mi consideración las salidas de Francisco Fydriszewski , Francisco Chaverra y varias cesiones reflejan una reestructuración más enfocada en sanear que en potenciar.

¿Tiene Amaranto las herramientas para pelear el título de la Liga BetPlay, avanzar en la Copa Sudamericana y mantener competitividad? Con honestidad, el plantel actual parece más un equipo de transición que un candidato claro al título. Varela aporta experiencia defensiva, Martegani puede dar creatividad en mediocampo y Córdoba (creo que es lo mejor) velocidad por las bandas, pero se nota la ausencia de un goleador de peso y de refuerzos de mayor jerarquía que eleven el techo del equipo. Amaranto conoce al jugador colombiano, viene de un proceso exitoso en la Selección y tiene una visión moderna, pero el fútbol no se gana solo con identidad y ADN. Se gana con plantilla competitiva.
La hinchada tiene razón en su inconformismo. Las contrataciones limitadas generan frustración en un club que históricamente aspira a más. La hinchada poderosa no quiere procesos eternos de reconstrucción; quiere competir ya. Y en medio de esto, el clamor por que Raúl Giraldo venda el equipo se hace cada vez más fuerte. Las protestas recientes no son capricho: reflejan cansancio ante una gestión que muchos perciben como priorizando sostenibilidad financiera sobre ambición deportiva. Giraldo ha sido accionista mayoritario por años, pero los resultados y la distancia con la poderosa hinchada pesan. Una venta a manos que inviertan de verdad podría ser el oxígeno que el ‘Medallo’ necesita.
Amaranto llega en un momento clave. Su sentimiento es el combustible emocional que el equipo requiere, pero no basta. Necesita traducir ese “no se le puede decir que no” en un proyecto ganador: exigiendo a la dirigencia refuerzos de impacto si es necesario, implementando una idea de juego clara que aproveche lo que tiene y reconstruyendo la confianza de una hinchada que ha dado todo. El Medellín de 2002, ese que él ayudó a coronar, rompió una sequía de 45 años con carácter y colectivo. Hoy se necesita algo similar. El sentimiento de Amaranto es real y conmovedor. Ahora falta que se convierta en títulos y en un DIM grande otra vez. La hinchada espera, exige y sueña.
Ojalá el “sí” de Amaranto sea el comienzo de una era ganadora, no solo un momento emotivo en una rueda de prensa. El Deportivo Independiente Medellín no se merece menos.





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