Capsulas de Carreño

Empate que aumenta la incertidumbre. (María Victoria Zapata B.)

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Por María Victoria Zapata B.

 

 

*Es un presagio de tormenta que amenaza igualmente a un cuerpo técnico tan obnubilado, o acaso más, que el Equipo del Pueblo en la gramilla.

 

Preocupante el empate a dos goles  con Atlético Nacional, en el clásico Nº 292 que se jugó anoche en el  estadio Atanasio Girardot.

Después de la mejoría observada el martes pasado ante Cerro Porteño, no obstante la feria del despilfarro del ataque rojo,  se esperaba  ver  un  DIM en consonancia con su apremiante necesidad en esta recta final de la fase clasificatoria en Liga Águila II.

Lastimosamente el fútbol  rojo no pasó de chispazos y  una escasa generación de juego,  aunque  tuvo el dominio del  balón en un primer tiempo en que los dos equipos intentaron llegar, sin mucho  acierto,   por diferentes vías  a los pórticos contrarios:  Medellín por el centro, Nacional por los costados.

Una palomita de Juan Fernando Caicedo, tras centro de Marlon Piedrahita, al minuto 33, le permitió a Independiente Medellín abrir el marcador en una de sus pocas incursiones al arco de Bonilla. Era un 1-0 tan efímero  como su buen fútbol en el actual campeonato, como algunas de las victorias parciales no cuidadas, defendidas ni ratificadas por el Equipo del Pueblo en el presente torneo.

El complemento llegó con  un error monumental del árbitro Wilmar Rodán, al minuto 50,  al sancionar como pena máxima una falta inexistente en el área (de Luis Carlos  Arias a Arley Rodríguez) que  el atacante argentino Ezequiel Rescaldani transformó en  el gol de la igualdad.

Con el 1-1,   Nacional se adueñó del esférico, obligó al repliegue del DIM, y anotó el segundo gol al minuto 55, en acción del centrocampista   Juan Pablo Nieto.

De ahí en adelante se repitió la película roja tantas veces observada en este semestre: Un Medellín sin balón,   sin brújula en el terreno y en el banco, sin  colectividad y, lo peor, sin serenidad.

Con un fútbol que no traspasó  la voluntad inagotable de Christian Marrugo, un ataque que  sucumbió al  esquema defensivo verde, dos experimentados jugadores de recambio (Molina y  Hechalar)  desdeñados por el técnico Leonel Álvarez en el período complementario,  dos cuestionables sustituciones , un  módulo  táctico inexistente, un onceno predecible, lento y carente de ritmo,  un equipo  completamente  reventado,  un buen número de jugadores en muy bajo nivel ( John Edison Hernández,   Hernán Pertuz, Luis Carlos y Jorge Arias, Juan David Cabezas y Juan David Valencia, entre otros) dos canteranos sin aporte  alguno (Mauricio Cortés y Ever Valencia) y un Medellín que sigue sin encontrar su rumbo,  transcurrió el segundo tiempo y se presagió  una derrota más para el equipo.

Una falta en el área para la sanción de pena máxima – esta si legítima- del zaguero Dayron Mosquera al juvenil Eduard Atuesta, en la agonía del partido (minuto 90 +1)  y cobrada  de manera impecable  por el capitán Marrugo,  salvó al DIM de otra vergonzosa derrota  en la recta definitiva del torneo.

 

Puro desasosiego
Podría pensarse que encontramos  tranquilidad  con  el 2-2  de anoche, en un partido  siempre difícil como el clásico.

No hay tal.  De poco nos sirve el empate, cuando la necesidad obliga a  buscar la victoria.

El Medellín actual no produce más que  desasosiego y una preocupación que ahoga cualquier expectativa a corto plazo, por cuanto el comportamiento  actual del equipo no augura superación de la llave de Sudamericana con Cerro Porteño, una escuadra fortísima en condición de local, ni de clasificación entre los 8 en la Liga  Águila.

Del Medellín campeón del torneo apertura no queda absolutamente nada. Ni fútbol, ni esquema,  ni motivación.  Y lo peor, es que el cuerpo técnico se ve tan nublado  como  el equipo.

No. Ese 2-2 en el clásico es en modo alguno sinónimo de tranquilidad. Por el contrario,  deja  nuevamente en evidencia los múltiples vacíos de un DIM  que  extravió su camino en el momento mismo en que, bajo una  irracional premisa, “para que vamos a inscribir 30 jugadores si solo juegan 11”,  abortaron  el exitoso proceso de Leonel Álvarez, en el  momento mismo en que, de una manera soterrada y cínica,  empezaron a “moverle la silla” al actual entrenador del DIM. Hoy, el orientador rojo luce desgastado, equivocado,  carente de credibilidad y permanentemente cuestionado por  la negación de oportunidades a algunos canteranos, casos  Atuesta, quien ayer ingresó sobre el final del partido,  y Macías, olvidado por el  técnico Álvarez.
Entre lo llamativo y lo reprochable
Bellísimo y emocionante   el tifo con el que la hinchada roja  engalanó    la tribuna  norte y algunas fracciones de oriental y occidental  durante los actos protocolarios del clásico.

Fue un mosaico que mostró, una vez más, la cara  amable y trascendente   de la  cultura de las barras, esa que  nos dignifica como hinchada pero que, infortunadamente,  para los medios y autoridades generalmente pasa desapercibida, así  haga parte del nutrido acervo patrimonial  de la afición del Deportivo Independiente Medellín.

Fue una  labor que minutos después  un irresponsable y patán  trató de enlodar con su alevosa agresión, desde la tribuna,  al juez de línea de oriental. Como hincha, me sublevan este tipo de acciones. Y también como hincha, espero la aplicación de la vigente ley del fútbol en la judicialización de la persona (un menor de edad, según se informa a través de la red)   que incurrió en un  acto  no solo censurable sino que, además, le podría acarrear una sanción a la plaza para el próximo juego local del DIM.

Finalmente, desastroso el arbitraje del  silbato antioqueño Wilmar  Roldán. Se “tragó”  por completo el piscinazo de Arley Rodríguez y castigó con un penal inexistente al Deportivo Independiente Medellín.

No me queda nada más por decir de un clásico  cuyo resultado no aleja los nubarrones que se ciernen sobre el DIM en este fin de temporada.  Por el contrario, es un presagio de tormenta que amenaza  igualmente a un cuerpo técnico tan obnubilado, o acaso más, que el   Equipo del Pueblo en la gramilla y, de no mediar  un remezón completo, el programa Todos en Uno.
[María Victoria Zapata B.]

 

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