Capsulas de Carreño

Entre la Dietrich y la Bardot (Óscar Domínguez G.)

 

 

Por Óscar Domínguez G.Oscar_Dominguez

 

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*Asi que el jueves, cuando se enfrenten estos equipos para no desairar a ninguno de los dos países, tiraré una moneda al azar.
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“En mi vida me he visto en tal aprieto”, digamos con Lope de Vega cuando se puso a definir lo que es un soneto.
Mis aurículas y ventrículos oscilan entre Alemania y Francia para el partido del jueves por la Eurocopa.

En el fondo soy hincha de los teutones porque he estado varias veces en esas tierras.

He comido salchichas de Frankfurt con salsas imposibles para un estómago tercermundista.

Extrovertí el riñón en las cervecerías de Munich, estuve en Berlín oeste y en este Berlín donde asistí a un concierto dirigido por Von Karajan.

Estos oídos oyeron la ópera Don Carlos donde casi muero por aguantarme las ganas de estornudar cuando el tenor estaba en lo mejor de su trabajo. No podía hacer quedar mal a mi país distrayendo al tenor (¿o sería un barítono?).

Viví dos meses en la hanseática Ciudad de Hamburgo; casi consigo novia suplente en el lago Alster. Mucho les aprendí a los colegas de la agencia de noticias DPA.

Vi de lejitos las mujeres sin ropa encima que adornan las vitrinas de la llamada calle del pecado, en el mismo Hamburgo (Aclaro, las ví de lejitos. Donde conquiste a una de ellas me habría quedado sin para el bus a la hora de pagar la revolcada).

En el mismo Hamburgo “manejé” por unos segundos el metro de la ciudad. Me lo permitió un pastuso que era conductor del muy organizado metro.

Me tomé una selfi en el muro de Berlín. (Bueno, las selfis no se habían inventado, pero tengo la foto).

Descubrí que en Alemania, a los perros solo les falta creer en Dios, pagar impuestos y votar en las elecciones. Son mimados a morir.

Casi me echan de una casa de una feminista alemana porque fui al baño y no hice pipi sentado para no ensuciar la taza. Cómo me pillaron en esas es algo que nunca supe.

Pero también tengo mi cuento con Francia:
Mi  primer contacto con esa nación  data de la que época en que supe  que a los niños nos traían  cigüeñas políglotas que atravesaban el charco en vuelos sin escalas desde París.

Por primera vez vi íntegro el paisaje femenino en películas francesas prohibidas para todo católico.

Cuando hubo que posar de existencialistas en los años sesenta, un libro de Sartre, nunca terminado de leer, decoraba mi sobaco.

Por supuesto, fui “existencialista” vergonzante. Todos lo fuimos alguna vez. Así no supiéramos qué era eso.

Con mi profesor de literatura  nos peleábamos a las divas francesas. En el cambalache, yo me quedé con un tres raspao en literatura y con Brigitte Bardot y Pascale Petit. Él se fue feliz con la Deneuve a quien volvimos a ver remozada en la película 8 Mujeres.

Debo confesar que mi sexapil latino quedó reducido a su mínima expresión porque durante mi visita a la Ciudad Luz nunca logré internacionalizar mi libido. Ninguna “mademoiselle”  me dio ni la hora de la semana pasada. Yo aspiraba a una  consentida violación.

Le presenté mis respetos en el Louvre a la Monalisa que me miró con su sonrisa de mujer infiel. Le dí mi sentido pésame al “signore” Giocondo por los cuernos.

Miré cómo el río Sena se convierte en mar a medida que va haciendo camino al andar a bordo de sí mismo. Pero ni se me ocurrió intentar un suicidio en aguas con tanta leyenda.

Saludé a Dios en su refugio de la Catedral del Sagrado Corazón donde me contaron que un colombiano que hace las veces de sacristán tocaba las campanas con la gracia de un virtuoso del violín.

En Alemania fueron famosos las piernas de Marlene Dietrich más cotizadas que las de Messi. Y en Francia todos recordamos las piernas de Brigitte Bardot tan bien aseguradas como las de Ronaldo.

Asi que el jueves, cuando se enfrenten estos equipos para no desairar a ninguno de los dos países, tiraré una moneda al azar. Espero que no caiga por el lado de la soledad como dice una canción por ahí.

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