Capsulas de Carreño

Escribe mientras escucha vallenatos. Perfil del periodista Carlos Puello..


Por Williams Viera, desde USA
      

 

 

Aunque parezca raro, la vida como el periodismo jamás se va a pique: el género humano desde que se conoce es perseguido, vive adversidades y claudicaciones que parecen sepultarlo en el abismo como ocurre en el tiempo de despidos, en el cierre de medios de comunicación y más, cuando el ‘dios mammón’ se apoderó de los ejecutivos de las empresas de la radio, de la televisión, de los periódicos y de los portales de Internet que sólo escuchan el sonido de la registradora por la única razón que cuidan, únicamente, sus altos emolumentos que se embolsan olvidándose que ese tipo de empresas viven y vivirán por la labor modesta y esencial de los periodistas, pero vital para que la gente conozca lo que está ocurriendo al ser, el mejor oficio del mundo, un contrapoder si es genuino.

En el universo de los de abajo se ha movido el periodista Carlos Puello Mejía. Él es de la época en que se consideraba que el periodismo era una misión practicada por unas pocas personas con amplios conocimientos de cultura e historia. Sin embargo, en estos tiempos en que el periodismo pasó a ser una profesión de masas en la que pocos son competentes, a pesar del sinnúmero de personas que se creen periodistas luego de graduarse de comunicadores, o por el simple hecho que utilizan las consabidas redes sociales que se convirtieron en anarquías de desahogo.

Puello sigue siendo un romántico hasta el punto que cuando termina su labor periodística, en su propio semanario, inicialmente en papel que se distribuía de manera gratuita en Greenville y en otras ciudades circunvecinas, en Carolina del Sur, Estados Unidos, y ahora convertido en un portal de Internet, se desconecta del mundo y sintoniza su alma a través del acordeón y de juglares que entonan viejas composiciones que le arrugan el corazón, entre ellas ‘La casa en el aire’ y ‘039’, además de otras historias que le cuentan para celebrar la llegada o la partida de un amor, la enemistad o la vida en general que lo hacen reír o llorar cada vez que los desaparecidos Rafael Escalona, Alejandro Durán, Diomedes Díaz o ‘Francisco El hombre’ de quien se dice que enfrentó al diablo con su acordeón luego de mirar al cielo, de rezar el Credo al revés y de entonar la melodía más hermosa y armoniosa jamás escuchada, hizo escapar a Satanás de entre las penumbras. En ese instante, Francisco quedó como ganador del duelo sin precedentes que tuvo con el diablo y que después contaba aquel suceso montado en el burro que lo llevaba de pueblo en pueblo con su acordeón.

El gusto de Puello por el vallenato no es de ahora. Es parte de su ADN al igual que el periodismo. Él es de Barrancabermeja, Santander, en donde a usted lo saludan, sin que nada sea ofensivo, “hola mano, ¡ay qué cosa tan ‘juepucha’, estoy arrecho o arrecha!”. Pero no se emocionen tanto los que viven en otras regiones si alguien de ese departamento se lo dice, esas palabras en santandereano significan que la persona está muy enojada. ¿Será por el gusto que tienen de comer hormigas culonas? Ni se sabe.

Lo real es que Carlos Puello Mejía, de 59 años de edad, inició sus estudios en la ciudad en la que nació. Hizo la primaria en el colegio de la ‘Tropical Oil Company’ que luego se llamó Empresa Colombiana de Petróleos S.A. y que hoy funciona con el nombre de Ecopetrol. Estuvo ahí por la simple razón de que su padre, Darío Puello (q.e.p.d.) trabajaba en esa compañía mientras su mamá, Ignacia María Mejía, hoy de 84 años de edad, realizaba quehaceres domésticos, en oficinas y en casas, para mejorar las finanzas del hogar en el que jugaban cinco hermanos de los que, con el transcurrir de los años, fallecieron dos, el mayor y una hermana menor.

La Nación Hispana, mientras salió en papel, fue todo un acontecimiento entre la diversa comunidad de Greenville y sus alrededores en Carolina del Sur. Carlos Puello, durante 20 años, fue su editor.

Un amor de los de antes

Para entender la razón por la que Carlos Puello Mejía tiene el vallenato en su sangre al igual que el periodismo se debe hurgar en el pasado.

Darío Puello había nacido en el caserío de Canaletal, Bolívar, pero por cosas de la vida buscaba un mejor futuro y el atrevimiento lo llevó hasta Barrancabermeja en donde, estando en la oficina del jefe de personal de la empresa petrolera, se sorprendió de la laboriosidad de quien sería su compañera hasta el día en que él falleció.

“Mi nombre es Darío. ¿Y el suyo?”, se atrevió a decir.

“Ignacia María Mejía”, respondió ella con una sonrisa mientras limpiaba los escritorios del polvo con un trapo que dejaba, en el ambiente, olor de albahaca.

Y desde ese momento nunca se separaron. Ella era de Zapatosa, Cesar, a dónde la familia viajaba en vacaciones y aprovechaba la ocasión de escuchar lo más reciente del vallenato en la época en que no era tan popular en el interior del país, pero sí en lo que se conoce como la República del Magdalena.

En esas estaban hasta que una mañana en que Ignacia María levitaba en el sopor, Darío Puello le dijo, “necesitamos un mejor porvenir para nuestros hijos. En el mundo están ocurriendo cosas increíbles”. Entonces, la familia se trasladó a Bucaramanga.

 

Escuchaba hablar de

El domingo siguiente después de llegar de Barrancabermeja y de iniciar el bachillerato, Carlos Puello Mejía empezó a sentir curiosidad por el fútbol. El estadio le quedaba cerca al vivir en el barrio San Alonso y él, como todo niño, ingresaba por una puerta designada para aquellos pequeños que no tenían para comprar una boleta para ver Atlético Bucaramanga.

Leía en el diario Vanguardia los éxitos y los fracasos del Bucaramanga; leía que el 1 de mayo de 1949 el equipo búcaro había perdido, 5-1, con el Deportivo Cali en el estadio Alfonso López, día de su debut en el fútbol profesional y que los goles azucareros fueron de Liborio Guzmán, Luis Salazar, Alcibiades Paz, Emiro Olave y Luis Salazar mientras que el tanto del Bucaramanga fue de Alfonso Salcedo; leía que los primeros cuatro jugadores argentinos contratados por los directivos fueron conocidos como ‘Los cuatro mosqueteros’: Antonio ‘Toto’ Bernasconi, Norberto Juan Peluffo, Aristóbulo Deambrosi y el arquero José Cayetano Fraccione, a quien llamaban ‘El pez volador’ debido su gran habilidad para volar de palo a palo; leía que…

Las lecturas que realizaba en el periódico de los santandereanos le empezó a marcar el camino a Carlos Puello Mejía que entendía que el lenguaje lo hacía la vida y lo hacía la calle y que aquella vida de estudiante era más sabrosa que un pedazo de yuca con suero sabanero. Era otro: iba al estadio, escuchaba a los más veteranos en las graderías que contaban que el costarricense José Joaquín ‘El Quincho’ Quiroz, considerado uno de los mejores delanteros de su época y quizás de la historia de los ‘leopardos’ era un verdadero acróbata del gol capaz de convertir inolvidables goles de chilena para aquellos hinchas de la mitad de la centuria anterior; que el 4 de marzo de 1950, entre Boca Juniors 1, Bucaramanga 3, Fraccione se convirtió en el primer arquero del profesionalismo en detener dos penales a los delanteros boquenses Alejandrino Genes y Juan B. Villalba; que José Américo Montanini jugaba en River Plate, que llegó al Bucaramanga y que su debut se dio en un partido ante el Madureira de Brasil y que en 1958 se había proclamado máximo goleador del Campeonato Nacional con 38 goles; escuchaba que…

Aquellos relatos que escuchaba en las graderías del Alfonso López le inocularon el periodismo a Carlos Puello Mejía dentro de la posibilidad de realizar un sueño que hacía que la vida fuera interesante. Entonces, en su casa nadie se extrañó que al terminar el bachillerato él hubiese decidió viajar cuando les dijo, “me voy a Medellín. Estudiaré Comunicación Social en la Pontificia Bolivariana”.

Allí mismo pensó que tenía que olvidarse de una de sus antiguas costumbres. Ya no volvería a escuchar junto a su mamá, en la cocina, mientras ella preparaba los alimentos, la radionovela ‘Kalimán el hombre increíble’ que transmitían por Todelar con la narración de Esther Sarmiento de Correa (q.e.p.d.) mientras que el papel principal lo interpretaba el locutor antioqueño y actor de teatro Gaspar Ospina (q.e.p.d.) junto a la actriz Erika Krum (q.e.p.d.), quien le daba vida a ‘El Pequeño Solín’.

Entonces recordó una de las frases de ‘Kalimán’ en uno de los episodios radiales: “La prudencia, mi pequeño Solín, es la mejor amiga de la razón. No lo olvides. No hay fuerza más poderosa que la mente humana. Y quien domina la mente, lo domina todo”.

Carlos Puello y Jairo Chica Bacca durante los Juegos Panamericanos de Indianápolis en 1987.

Conoce a Pablo

Carlos Puello Mejía llegó sólo a Medellín y se ubicó en una residencia de estudiantes. El deber que tenía era estudiar mientras sus padres, Darío e Ignacia María, junto al resto de sus hijos, con el transcurrir del tiempo se instalarían en su nueva ciudad.

Mientras llegaba el momento de la reunificación familiar, Carlos Puello no dejaba de pensar en unas palabras de su progenitora: “Carlos, ahora que te vas de la casa, ten presente que si no puedes volar entonces corre, si no puedes correr entonces camina, si no puedes caminar, entonces arrástrate, pero sea lo que hagas, sigue moviéndote hacia adelante”.

Y así es la vida de Carlos Puello. Es como si aquellas palabras lo hubiesen marcado. En la Bolivariana conoció a Pablo Arbeláez Restrepo, quien a pesar de trabajar en la redacción de El Colombiano, dictaba clases. Él le mostró el camino, le enseñó a amar su oficio y lo llevó hasta las oficinas del diario leer de los antioqueños en donde aprendió de lo que es el valor y la resistencia en el ser humano cuando un ciclista se sube a su bicicleta para competir en pruebas como El Tour de Francia o La Vuelta a España.

“El oficio de periodista es para toda la vida: irrenunciable”, les dijo Arbeláez a los 30 estudiantes que tenia en una de las clases en las que estaban, entre otros, Luz María Montoya que llegó a dirigir Teleantioquia y Silvia Hoyos en televisión.

Arbeláez, sin saberlo, con esa frase se convirtió en un clarividente de la profesión que hoy tratan como una carrera más que puede abandonarse mañana si no rinde los frutos económicos esperados por lo que ha perdido el aire aristocrático que tenía y que la distinguía en el pasado. Tan es así que en nuestros días, en cada pueblo hay una iglesia y una escuela de periodismo.

 

El pavor se convirtió en pánico

Mientras Puello seguía en la Bolivariana, preparaba su tesis de grado junto a Nahún Sánchez, quien tiempo después se convertiría en columnista del diario La Opinión de Cúcuta.

Puello y Sánchez escribieron la tesis “Leandro Díaz, un cantor vallenato en el olvido”. Aquel documento obtuvo una mención de honor en un concurso de Colcultura, pero para escribirla los dos estudiantes viajaron a Valledupar y de ahí a San Diego, Cesar, en donde entrevistaron a personalidades de la música, asistieron a diferentes parrandas vallenatas en las que participaron, entre otros,

los hermanos Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz (q.e.p.d.) y Rafael Orozco (q.e.p.d.), quien era la voz líder de la agrupación ‘El Binomio de Oro’.

En el momento que regresaban a Medellín, junto a hombres de la radio, el bus que los transportaba se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana hasta quedar bocarriba en medio de la noche con lo que los pasajeros se llevaron el susto de sus vidas mientras se escuchaba ‘El río crecido’.

“El pavor se convirtió en pánico, pero no era tiempo de morir. Los pasajeros fueron evacuados sin novedad a excepción de alguien que tuvo que ser llevado en ambulancia al pueblo más cercano para ser atendido. Las autoridades dijeron que el chofer se quedó dormido”, contaría Puello tiempo después en la Comuna de Belén, integrada por 25 barrios, y en donde vivió durante muchos años.

Durante los X Juegos Panamericanos que se realizaron en Indianápolis, en 1987, Muhammad Ali firmó autógrafos y confesó que una canción le hacía la radiografía de su vida y el periodista Carlos Puello Mejía estuvo ahí.

Empieza lo bueno

Carlos Puello Mejía se vinculó al diario leer de los antioqueños el día que Arbeláez le comentó que había una oportunidad para algunos practicantes en diferentes áreas.

Los estudiantes presentaron la prueba exigida por El Colombiano en 1983 y Puello quedó en la sección de deportes que tenía la dirección, en ese entonces, de César Giraldo Londoño (q.e.p.d.).

Giraldo, meses antes de tener enfrente al nuevo practicante, había sido condecorado por Coldeportes Nacional, el 8 de octubre de 1982, con la ‘Orden al Mérito Deportivo’, en la categoría oro, por su aporte a la actividad muscular en el país.

“La misión que tiene usted, joven, es que debe recibir las notas por teléfono que nos dictan los corresponsales”, le dijo Giraldo al practicante.

Giraldo escribía la famosa columna ‘Brevísimas’ en el diario leer de los antioqueños en el que laboró durante 36 años.

El trabajo de Puello consistía en redactar las notas de los corresponsales que, debido a la falta de la tecnología de este tiempo, no eran coherentes en ocasiones o sólo le dictaban la idea de cómo habían sido las acciones del partido.

“Era todo un trabajo de carpintería escrita, pero hice amigos en el periodismo. En especial con Estewil Quesada, en la época en que trabajaba en El Heraldo por aquello del boxeo y el béisbol”, diría Puello años después.

 

Prueba de fuego

La víspera de la clausura de los Juegos Departamentales que se realizaron en Bolívar, Antioquia, en 1983, Carlos Puello, el fotógrafo José Betancurt Yalí y uno de los conductores del diario leer de los antioqueños salieron en la noche a caminar, pero la idea era tomarse algunas cervezas.

A pesar de la temperatura fresca, Puello optó ir sin abrigo. Entonces, él empezó a sentirse mal. Presentía que la crisis del asmático le llegaba.

“Me voy, José. Estoy mal”, le dijo Puello a Betancurt.

Puello se fue caminando al hotel a descansar, pero cada vez la angustia le crecía. Jadeaba y el ahogo era más pronunciado. Y como pudo, llegó hasta el cuarto, se sentó en la cama y empezó a respirar profundo y exhalar al mismo tiempo. Sentía que se moría, pero llegó Betancourt.

“El niño se va a morir, quien quiera verlo que lo vea”, gritaba Betancourt.

Entonces, los huéspedes salieron de sus habitaciones y Puello se angustiaba más. No podía hablar. Alguien dijo que tenía que ir a un hospital y el conductor designado para el cubrimiento deportivo se llevó al periodista al hospital en donde lo inyectaron y luego lo transportó a la casa, en Medellín.

Clemencia Medina, enviada especial de El Tiempo, y Carlos Puello, enviado de El Colombiano, compartieron experiencias de los Juegos Panamericanos de Indianápolis 1987.

Café, donas y bananos

Debido al profesionalismo que desplegaba Puello en las cosas que escribía, fue designado para cubrir los X Juegos Panamericanos que fueron realizados en Indianápolis, Estados Unidos, entre el 8 y el 23 de agosto de 1987.

Mientras realizaba el cubrimiento diario de los diferentes deportes, compartía experiencias con Clemencia Medina, enviada especial de El Tiempo; con Jairo Anchique Bacca, redactor de deportes de la agencia de noticias AP; y Héctor Julio Chaparro, un veterano periodista de Villavicencio que había logrado vender algunos cupos comerciales para estar en el certamen en el que estuvieron 4.360 deportistas que compitieron en 27 deportes y que representaban a 38 países.

Puello, quien afrontaba su primera salida internacional, controlaba los viáticos que le habían asignado, pero veía que Chaparro, en la sala de prensa, se dedicaba a buscar qué comer.

“Carlos, se me acabó el dinero de la comida y ni puedo pagar un cuarto. ¿Me ayudas?”, le dijo Chaparro.

Los dos periodistas terminaron en el mismo cuarto, pero Chaparro se encontró con unos colegas de Venezuela y ellos también lo ayudaron hasta que finalizaron los juegos.

Chaparro y otros colegas, debido a los costos tan elevados de la comida y de una habitación de hotel, vivieron la aventura de alimentarse, durante varios días, con café, donas y bananos que repartían en la sala de prensa de los Juegos Panamericanos de Indianápolis de 1987.

 

Un encuentro de improviso

Sólo el periodista sabe las angustias por las que debe pasar durante el cubrimiento de un evento deportivo internacional o nacional.

Puello, en Indianápolis, llegaba de una competencia de patinaje en la que Luz Mery Tristán se había convertido en la primera patinadora colombiana en lo más alto del podio Panamericano al ganar los 5.000 metros de la ruta y debía escribir la nota.

“El periódico abre con una foto de Luz Mery y la hazaña que consiguió. La información la necesitamos lo más pronto posible”, le dijo Pablo Arbeláez por teléfono.

Sin embargo, en el momento que iba para la oficina de prensa, hubo algo que le llamó la atención.

“No lo puedo creer”, dijo Puello.

En el pasillo de aquella zona, se encontraba Muhammad Ali (q.e.p.d), pero ya se iba. Entonces, Puello lo único que alcanzó a escucharle fue que “toda la etapa de mi vida está condensada en la canción ‘I did it my way’ (‘Lo hice a mi manera’) que canta Frank Sinatra”.

Después de 22 años de aquel momento, Alí fallecía el 3 de junio de 2016 en Scottsdale, Arizona.

Carlos Puello Mejía, en este tiempo de pandemia, está enfocado en su nuevo proyecto periodístico en Internet.

Explotó una idea

Mientras Puello estuvo en El Colombiano pasó por diferentes secciones. La internacional, coordinando las páginas de Antioquia y Medellín, cubriendo deporte aficionado y dirigiendo el cuadernillo automotor en el que escribía de botes, de carros, de motos, de helicópteros y de carros antiguos.

Sin embargo, él vio que los carros antiguos participaban en la Feria de las flores, pero era un relleno y preguntó la razón.

“Es que las personas que tienen esos vehículos son los nuevos ricos”, le dijeron.

Puello, entonces, habló con la directora del periódico en ese momento, Ana Mercedes Gómez, y le planteó la inquietud de que el diario leer de los antioqueños diera el aval a aquel evento con   la participación de Autoclub Antioqueño de Antiguos y Clásicos (A.C.L.A.), Clásicos y Antiguos de la Montaña (C.L.A.M.) y Automóvil Club de Colombia (A.C.C.), Seccional Antioquia.

En 1996, entre vehículos clásicos y antiguos, la caravana hizo un recorrido de 20 kilómetros por las vías de Medellín y Envigado para el deleite de los espectadores que salían a presenciar uno de los espectáculos más representativos de las fiestas de la ciudad.

“Si un carro era de 1910, la gente que iba en él se vestía como en esa época y así sucesivamente. Lo que sí sé es que la presencia de los Jeep Willis, esos vehículos que se mueven en el campo, fue todo un éxito”, recordó Puello, quien trabajó hasta 1997 en El Colombiano.

 

El futuro está en

 

La guía hispana es representativa de Greenville. Carlos Puello Mejía siempre está al frente de ese producto comercial.

Una tarde de lluvias primaverales, aburrido de lo que hacía, Carlos Puello Mejía decidió dejar todo atrás y viajar a Estados Unidos. Llegó a Greenville, Carolina del Sur, en donde no había ningún periódico en español y los negocios en ese momento, 1996, se contaban con los dedos de la mano.

Lo único que sabía era que había cierto esplendor por la fabricación de telas. A esa ciudad se le conocía como la capital textilera del mundo antes que se moviera su factoría a China. Los colombianos que transitaban y que deseaban quedarse en Greenville tenían experiencia en su paso por Fabricato o Coltejer.

Sin embargo, la tierra lo llamó de nuevo y nuevamente, una noche recordó las palabras de su madre, “Carlos, ahora que te vas de la casa, ten presente que si no puedes volar entonces corre, si no puedes correr entonces camina, si no puedes caminar, entonces arrástrate, pero sea lo que hagas, sigue moviéndote hacia adelante”.

Y así lo hizo. En 1997 volvió a Greenville y se quedó del todo. En el comienzo trabajó en diferentes oficios, pero veía que la comunidad hispana crecía mientras lavaba platos, limpiaba mesas en los restaurantes, preparaba ensaladas en la cocina y luego organizó una empresa de limpieza de oficinas y de fábricas hasta que un amigo lo llevó a una empresa textil para que manejara un montacargas.

Sin embargo, un día pidió trabajo en una agencia de empleo y lo enviaron a una proveedora de partes para vehículos BMW. A él le tocaba empacar tapas para gasolina, pero tiempo después le expresaron que lo iban a vincular directamente en la empresa y le dijeron que tenía que presentarse a la oficina de Inmigración para organizarle el contrato con la factoría alemana.

“Le dije al supervisor que iba a traer un documento que tenía en el carro, pero hasta el día de hoy me están esperando”, contaría Puello tiempo después.

En aquel entonces, Carlos Puello trabajó en una emisora por algunas horas sin olvidar el plan que tenía. Se encontró con Óscar García (q.e.p.d.), dueño de un supermercado y le dijo que no tenía dinero para organizar un periódico.

“En este momento no tengo los recursos, pero puede hacer una cartelera en una de las paredes del supermercado para que la gente empiece a entusiasmarse y así da a conocer su proyecto”, le dijo García.

De esa manera, nació un periódico mural hasta que en el 2005, el mismo García le prestó el dinero a Puello para que saliera a la calle, el 5 de mayo, con el semanario que se llamaría ‘La Opinión Hispana’.

Sin embargo, la alegría empezó a ser bombardeada en el 2006 por abogados que trabajaban con un diario de Los Ángeles que tiene el mismo nombre y que estaba registrado. Entre dimes y diretes, Puello peleó tres años hasta que un abogado le dijo, “usted no tiene el poder económico para pelear. Cambie el nombre y evite dolores de cabeza”.

Entonces, Puello y el diseñador le dejaron el cabezote con los colores verde y rojo que identifica a la población mexicana y desde el 2009 se conoció ‘La Nación Hispana’ hasta que dejó de salir en papel. Sin embargo, él y su grupo de trabajo siguen con la ‘Guía Hispana’ que es un directorio de negocios. Es decir, muy similar a las páginas amarillas.

“Los costos se elevaron demasiado para seguir produciendo el semanario en papel, nos afectó la pandemia y ahora nos enfocamos en una página en Internet. Nuestro proyecto es un portal digital de Greenville y el Upstate. En él las personas tienen la misma información que se elaboraba para la edición tradicional, pero tampoco nos hemos olvidado ”, dijo Puello.

Si usted desea conocer un poco más sobre el actual trabajo periodístico de Carlos Puello Mejia, puede hacerlo al visitar www.scgreenvilledigital.com.

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