Capsulas de Carreño

Gallardo, ese querido abuelo que un día se nos va.

Por Jorge Mario Trasmonte, diario Olé.

*Como con esos viejos divinos que parecían eternos pero no lo eran, River tiene que hacer su duelo y seguir.

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Lo que empieza hoy en River, en esa procesión de hinchas al Monumental para despedir a Marcelo Gallardo y su era de alegrías y gloria, es un duelo. Fue un shock en un momento inesperado, ya está la certeza de la ida del padre de ese ciclo irrepetible, y hoy empieza un duelo que tiene que obligadamente transitar.

Celebrar a ese ídolo, agradecerle cuánto ha hecho por la grandeza del club y su reposicionamiento en el mundo, y dejarlo ir. Que esa figura tan querida y ganadora no se les vuelva una mochila imposible de acarrear a los que se quedan o a los que vengan, que no proyecte una incómoda sombra que aplaste a todos y a todo lo que se intente después, que nadie sienta que ocupar su oficina en Núñez o sentarse en el banco es un acto de profanación. Que la única solución a todos los problemas que vienen no sea ¡que vuelva Gallardo!

Llorar las pérdidas es necesario, la tristeza hay que atravesarla. Pero para salir. Quedarse en el fondo del pozo a revolverse en el lamento y la depresión es muy peligroso. Los recuerdos, por mejores que sean, no deben bloquear el porvenir.

Gallardo, además de dar un giro a la historia del club y cambiar la vida de la gente de River, había generado esa misma impresión que, salvando distancias, nos crean esos abuelos divinos que cumplen 85, 90, 91, 92, que sabemos que un día se van a ir pero siguen alegrándonos los días; se enferman y se curan, se caen y se siguen levantando, lúcidos, fuertes, entusiastas, proyectivos. Ocho años y medio en el fútbol argentino deben ser como vivir 95 o 100. Algún día, Gallardo se iba a ir.
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