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Por Luis David Obando López.
Columnista Cápsulas.

* ¡Ah bueno equivocarse y, así y todo, alcanzar la tercera Libertadores!
¿Que Gandolfi no es… qué? Sencillo: así como el man es Germán, pues Gandolfi no es el man. Voluntad y ganas las tendrá, como las tienen todos los que se le apuntan a un banquillo, no faltaba más. Pero resultados concretos no ha demostrado aquí ni en ningún lado, y por eso, qué pena, chilla al frente de un club al que se le llama Rey de Copas.
Aún antes de hablar de fútbol, me fijo en el discurso: en amplia y detallada entrevista publicada hace tres o cuatro semanas por El Colombiano, el argentino repitió en no menos de siete oportunidades la frase “salto de calidad”, como si sus palabras lo encarnaran. El ‘pequeño problema’ es que no se vio que el brinquito lo diera él mismo: nunca hubo solución al cantado y repetido problema defensivo (y eso que hay que agradecer a San Tesillo los favores recibidos), solo por mencionar una de las manchas del lunarejo.
Uno de los ejemplos lo ponía Gandolfi con el grave problema de los expulsados, en momentos en que había uno por partido. Casi se me salen los ojos de las órbitas cuando leí que parte del “salto de calidad” era ¡lograr terminar los partidos con once! Con esa mentalidad, no es extraño que una parte del plantel se hubiera convertido en una gavilla de peleadores de barrio, con irresponsables tarjetas rojas que diezmaron el club en momentos trascendentales de la Liga.
Entonces, el tan mentado salto no deja de ser una simple muletilla en el lenguaje. A no ser que se cuente como brinco en bajada: el 51,5% de rendimiento en este semestre (Liga más Libertadores) es inferior a sus dos temporadas de inicio en Talleres de Córdoba (ponderado del 58,1%) y al 62,3 logrado con Independiente del Valle en 2024. Incluso está por debajo de su propio promedio general, que en tres años y medio es del 57,9%. (Datos: Wikipedia).
Eso dicen los números, pero en la cancha habla el notorio desequilibrio defensa-ataque, la falta total de sorpresa, el juego volcado a la derecha (los mapas de calor hierven por ese lado y apenas entibian por el otro), la necesidad de hacer decenas de pases para luego perderse en el bosque de piernas del área contraria, la dependencia de Cardona por la falta de potenciación (también labor de un DT) de otros talentos disponibles. Y qué decir de la manía de regalar un tiempo, o de echarse para atrás a defender un gol inicial para luego salir sin nada o con muy poco en el bolsillo.
Por supuesto, el técnico no es el que juega ni el que remata y desperdicia goles a tutiplén. Pero sí es quien planifica y organiza el juego y toma las decisiones necesarias para que lo que ocurra en el terreno sea diferente. Muy escaso de eso se vio, y por eso se quedó como se quedó en la tabla: a esperar ahora la estrella de Navidad, porque la de Mitaca no fue.
¿Soñar con Libertadores? Sin malos augurios, un equipo que rinde un 11,1% en casa frente a Once Caldas, Santa Fe y Millonarios en plenas semifinales, y que en la fase inicial solo gana dos partidos de visita frente a Fortaleza y el peor Equidad que se recuerde, no está para esas alturas. ¡Ah bueno equivocarse y, así y todo, alcanzar la tercera Suramericana de clubes!
Y mirando adelante, ojo con la tendencia actual de convertir al Verde en un cementerio de elefantes, como lo fuera el fútbol doméstico en los años setenta con los que encumbradamente se denominaban “mundialistas”, cuando Colombia ni olía la máxima cita internacional desde el 62 (¡y de ese recuerdo vivíamos!). Ahora se habla del posible regreso de Sebastián Pérez y Stefan Medina. Dado el rendimiento real de Ospina y Matheus este semestre, así los queramos y les agradezcamos mucho, toca pensarlo con calma, respirar y, tal vez, mirar más en el mercado.






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