Capsulas de Carreño

Independiente no está pintado (Luis David Obando)

 

Foto tomada de El Universo, Ecuador.

Foto tomada de El Universo, Ecuador.

Por Luis David Obandoluis-david-obando

 

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* Ni en Quito ni en el Atanasio alguien podrá ganar de pura camiseta. Lo único que pesa es cada gol.
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Volvió a ocurrir: Nacional puso de nuevo a soñar a su gente con Libertadores. Hoy, como hace 27 años y como hace once, el color verde simboliza más esperanza que nunca. Esa, por fortuna, nunca se pierde. Como tampoco se puede extraviar, como bien lo aconseja Reinaldo Rueda, la compostura: la final no está ganada, ni lo estará, hasta el pitazo de final del encuentro en el Atanasio el día 27.

Es que, si bien Nacional cabalga en lo alto de la tabla de la Libertadores con sus 29 puntos en 12 juegos (rendimiento del 80,5%), Independiente del Valle no es que esté precisamente pintado en la pared. Puede que su rendimiento sea harto inferior (54,8%), pero lo cierto es que ambos llegan a dirimir la Copa en similares condiciones: el que haga más goles en los dos partidos gana, sin más antecedentes.

En aras de la cordura, nadie puede negar que los Verdolagas solo han perdido un juego (la visita a Rosario en cuartos), mientras el sorprendente Independiente del Valle acumula cinco derrotas, casualmente cuatro de ellas en el último juego de cada serie. Pero también es innegable que los ecuatorianos han vendido con sudor y sangre esas caídas, hasta el punto de que, perdiendo y todo, han sido los que cada vez escalan a la siguiente etapa de competencia.

Ocurrió en la fase previa, cuando un gol visitante le permitió seguir pese a caer contra Guaraní en Paraguay. Luego, tras dejar a Colo Colo en el camino cerrando de visita, fue en octavos ante River, flamante campeón reinante, en pleno Monumental: le atacaron con artillería plena y solo perdió 1-0 después de ganar 2-0 en casa. Después vino Pumas, con el que perdió de visita 1-2 y pasó por 5-3 desde el punto penal. Y ya todos sabemos lo que recién acaba de pasar con el multicampeón Boca.

Son las cifras pero, sobre todo, es un coraje a toda prueba. Es un desdoblamiento vertiginoso y letal en transiciones al ataque, sumado a una eficacia arriba que mete miedo: 80% de efectividad (4 goles en 5 llegadas) ni más ni menos que en La Bombonera. Y atrás, son de esos equipos setenteros que se encierran hasta tal punto de no dejar hueco para que pase el balón ni nadie. Y con Juego Limpio, por si algo faltare.

Así que no tenemos al frente peritas en almíbar, sino un señor equipo que cuenta además con un favoritismo natural del grueso público, al estilo Leicester inglés, por ser el pequeño asomado a la casa de los grandes, y como si fuera poco, con el fresco precedente de la corona en Premier League para ese patito feo devenido en cisne.

Ese es, ni más ni menos, el rival de Atlético Nacional en esta su tercera final de Libertadores. Puede que su nombre no suene a Boca, River, Gremio u Olimpia en su tiempo, pero hoy por hoy no es un club que tenga algo que envidiarles, sino al contrario: ninguno de ellos, sino él, es el fulgurante finalista ante el que ya, para las estadísticas, es de todas formas el equipo de mejor campaña en la edición 2016: el Verde de Antioquia.

Así que ni aquí ni en Quito alguien va a ganar de pura camiseta. El asunto, hoy y siempre, es de goles. Y de mantener presente que desde hace tiempos, y no solo en la literatura, a la liebre que se duerme siempre le podrá ganar la más lenta y arrugada tortuga.
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EXTRATIEMPO. No solo en el juego se requiere concentración, sino también en las relaciones dentro del campo. Es hora de pensar en cada jugada y nunca y para nada en el árbitro, pite lo que pite y en la dirección que lo haga. Lo mejor que puede pasar en esta final es que cualquier superioridad sea tan amplia que ninguna injerencia externa pueda desdibujarla.

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