
* Siempre serán preferibles las jugadas de laboratorio a las malas improvisaciones actorales.
Por Luis David Obando.
Columnista Cápsulas.

En medio de tantas cosas extrañas que pasan por ahí, llamó la atención esta semana una rareza a cargo de Luis Matorel, árbitro del partido Millonarios vs. Águilas en Bogotá: en una decisión que se aparta de la actual naturalización de las escenas de lucha libre en los cobros de tiros de esquina, sancionó penal contra los del Centenario por agarrón y empujón de Diego Hernández al embajador Andrés Llinás.
No es que Matorel sea precisamente el referí del año, pero esa determinación, por lo escasa, resulta digna de enaltecer. Muchos resultados serían diferentes y esas costumbres cambiarían si sus colegas imitaran su ‘atrevimiento’. ¿Qué habría cinco o seis penaltis por partido, mínimo? Pues que los haya, pero el reglamento está para ser cumplido, no modificado de facto por la persistencia en ser pasado por alto. Hasta que aprendan, porque sin duda aprenderían.
A propósito, y a riesgo de ser repetitivo, señalo que esa posición de Matorel tiene su contraste permanente con la pusilanimidad de los árbitros frente a la normatividad sobre la tarjeta amarilla. Por poner un ejemplo entre centenares, en el juego Once Caldas ante Junior en Manizales, el juez Diego Ulloa se tragó enterita y en seco una amonestación a Luis Gómez, del local, tras piscinazo descarado y pésimamente actuado en el área rival.
Baste decir que si Ulloa hubiera aplicado el reglamento, Gómez habría salido del terreno por doble amarilla. Y cosas similares ocurrirían en cada partido y jornada si por fin nuestros centrales acudieran al recurso del cartón amarillo para tres situaciones tantas veces repetidas que la sola mención no cabría ni en mil notas: alegatos al juez por parte de jugadores diferentes al capitán, petición abierta de VAR o amonestaciones, y la reina de todas: las simulaciones.
Otra vez: no es que me guste la proliferación de tarjetas amarillas o rojas. De hecho, es claro cuánto se daña el desarrollo de un partido cuando algún protagonista se hace expulsar. Pero, también otra vez: a fuerza de hacer cumplir la norma, podría llegar el momento del aprendizaje, y entonces tendríamos lo esperado: fútbol en lugar de mala actuación.
¿Muy ingenuo de mi parte? Seguramente. Lo que ocurre es que desde siempre he sido aficionado al fútbol, aprendí a entenderlo y me gusta como verdaderamente es, no en lo que en Colombia lo han querido convertir: una farsa teatral escenificada en césped, no en las tablas.
Se me hace que el tema mucho tiene que ver con nuestra mal llamada cultura del avispado, del vivo, de la peor interpretada malicia indígena, como si todas se refirieran algo así como al delincuente que todos llevamos dentro. Tal vez la exaltación criolla de la antigua imagen del rufián de trago en mano y cigarrillo en boca, de voz áspera y piel aceitosa, lanzando risotadas y escupitajos de desprecio cada vez que alguien osa hablarles de ética y buenas maneras.
Así las cosas, no puede ser pecado reclamar que el fútbol sea fútbol, no embustes en el campo. ¿Por qué en Europa sí se puede? ¿Será porque allá son bobos, no como aquí? ¿Y por qué los nuestros no se atreven a lo mismo en escenarios internacionales? ¿Será que tanta teatralidad, usurpadora del juego, lleva consigo sus dosis de cobardía?
Prefiero las jugadas de laboratorio a las fingidas lesiones de jugadores de campo y, última moda, arqueros (¿por qué se ‘lesionarán’ en cada intervención?). En los partidos se debería desplegar la táctica practicada, no la improvisación teatral, que no creo haga parte de los entrenamientos. ¿Será mucho pedir que se dediquen a jugar, no a engañar? Idealista que es uno.






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