Capsulas de Carreño

La cicatriz del mundo.

POR WILLIAMS VIERA, desde USA.

 

Dicen que el mundo tiene una cicatriz desde hace 20 años, pero los que vivimos ese momento, algunos, estamos recuperados y más viejos con la fosa de la memoria histórica, pero otros, en cambio, siguen llorando sus muertos de aquel día porque el recuerdo es peor de lo que sucedió cuando los abuelos y las abuelas exclamaban: “¡Esto se acabó!”, como si se hubiese escapado la bestia del abismo del infierno y fuese el comienzo del Apocalipsis luego de que sonó una de las siete trompetas.

Algunos titulares de los diarios de entonces publicaron, en ediciones especiales: “Se perdió la inocencia” con fotografías, a seis columnas, que se repetían de un periódico a otro. Igual sucedía con las imágenes que se veían en la televisión sin que las mismas se recibieran en los teléfonos celulares porque no eran tan inteligentes ni tan peligrosos como los de este tiempo por aquello del que tiene oído que oiga.

Aquel martes los cerebros se aceleraron y parecía que la llama de la vida se apagaba más rápido de lo que desearían quienes estuvieron en las dos torres, norte y sur, del World Trade Center, uno de los puntos emblemáticos de la ciudad de Nueva York y en las que laboraban 50 mil trabajadores de todo el mundo.

“Álvarez, ¿listo para la jornada de hoy?”.

“Sí, ‘Parcerito’, ¿será que me regala un café? Estoy desilusionado con mi equipo, el domingo empató, 1-1, con el Once Caldas en el Atanasio Girardot”.

“¿Y cómo sabe el resultado del Medellín?”.

“Pues, muy simple ‘parcero’. Me encontré con Jorge García, el periodista de Yumbo, el que trabajó durante mucho tiempo en el diario El País de Cali como director de las páginas de deportes y aquí, en Nueva York, escribe en ‘Gol Usa’ que circula cada semana”.

“Dejemos de hablar, tómese el café y pongámonos a trabajar. Hoy estaré de mesero y usted, Hernández, debe ir a la cocina. Le cuento, además, América de visitante perdió con Pasto, 1-0, y el Cali, de local, cayó con Huila por el mismo marcador. Los resultados me los dio, mi mamá, anoche. Ella está en Cali y ya me dijo que recibió el dinero que le envíe para la consulta del médico y los remedios que debe comprar”.

Los dos hombres sonrieron sin perder el encanto debido a la dicción y a la cadencia de sus voces con las que entretenían a los turistas que visitaban ‘Window of the World’ de la Torre Norte del World Trace Center, ubicado en los pisos 106 y 107 del edificio y en los que, en los relojes de pared, se podían ver y escuchar, el peculiar tic-tac, tic-tac, del transcurrir del tiempo.

Antonio Álvarez era natural de Caucasia y Norberto Hernández había nacido en Palmira. Los dos miraron uno de los relojes y las manecillas indicaban las 8:25 de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001. En cinco minutos iniciaban sus labores en el lujoso restaurante.

En el momento que un avión comercial impactó La Torre Sur del World Trace Center, en Nueva York, la versión inicial de que era un accidente aéreo, cambió y de inmediato el mundo se enteró que aquello había sido un ataque terrorista a Estados Unidos.

A miles de kilómetros de ahí, en España, a las 2:46:40 de la tarde, debido a la diferencia horaria con Nueva York, el equipo ‘Infantil A’ del Barcelona, dirigido por Tito Vilanova, una de las categorías inferiores de la Masía, se alistaba con Lionel Messi, de 14 años de edad, junto a Cesc Fábregas y Gerard Piqué, entre otros, para enfrentar al Amposta cuando llegó la noticia.

“Se registró un accidente en uno de los edificios más altos de Estados Unidos. Un avión comercial se estrelló en él”, dijo Vilanova. Entonces, Piqué observó a Messi, a quien le realizaban un tratamiento por una enfermedad hormonal que le habían diagnosticado de niño.

“No sé el por qué, en ese instante, le vi el rostro a Lio y las lágrimas le corrían luego de escuchar a Vilanova. Aquello le hizo recordar a su abuela materna, Celia Olivera de Cuccittini, quien había fallecido tres años antes. A él lo veíamos tan bajito y tan indefenso que lo cuidábamos en todo momento”, contaría Piqué años más tarde.

Nadie hubiera pensado ni remotamente lo que iba a suceder aquel martes y menos, que nada sería como antes. Marino Millán, comentarista deportivo y vinculado a Radio Deportes-de Caracol, en Cali, llamó a la redacción del Noticiero CVN en el que era presentador.

“Juan Fernando, prepare el material, como siempre, para esta noche. Haga énfasis en las dos derrotas de los equipos vallecaucanos con los técnicos Jaime de la Pava, del América, y Néstor Otero, del Cali, y el trabajo que deben realizar para recuperar el camino en el torneo”, le dijo Millán a Juan Fernando Mora a través del teléfono y cortó la llamada.

Entonces, Mora asistió a la reunión de redacción en la que se discutían los temas de la emisión del noticiero. Y justo, en ese momento, cuando anunciaba lo que presentaría en la franja deportiva, una secretaria interrumpió, entró corriendo a la sala y con voz agitada, gritó: “En CNN están transmitiendo lo del avión que se acaba de estrellar en una de las torres gemelas de Nueva York”. Los periodistas se levantaron de sus sillas y, luego, la recién llegada los condujo al salón en el que estaban ubicadas las diferentes pantallas de recepción de noticias.

Cuando el primer avión se estrellaba contra la Torre Norte del World Trace Center, en Barcelona, Lionel Messi, de 14 años de edad, junto a Cesc Fábregas y Gerard Piqué, entre otros, se alistaban para enfrentar al Amposta cuando les llegó la noticia.

Al mismo tiempo, en Estados Unidos, los inmigrantes hispanos, como era su costumbre, antes de salir a trabajar y mientras desayunaban, veían el programa de variedades ‘Despierta América’ de Univision. Dos minutos antes, el mexicano Fernando Arau, en la sección de los deportes, anunciaba: “En Italia se va a jugar uno de los ocho partidos programados en el inicio de la Liga de Campeones 2001-2002. El juego estelar va a ser Roma y Real Madrid”. Entonces, la periodista hondureña Neida Sandoval, después de los comerciales, apareció en los televisores al ser la encargada de presentar las noticias en la mañana. Estaba en esas cuando le informaron, a través del audífono que llevaba en su oído derecho, lo que sucedía mientras las imágenes ya rodaban en el monitor. Segundos después, sin que ella se hubiese recuperado de la sorpresa por lo que veía, aquella noticia era transmitida.

“Son las 8:46:40 de la mañana de este martes 11 de septiembre de 2001. Algo terrible ha sucedido en Nueva York. En un accidente, un avión se estrelló en una de las torres gemelas del World Trace Center. Lo que se sabe es muy escueto”, improvisó Sandoval en directo.

El periodista colombiano Hernando Amaya se encontraba en Las Vegas durmiendo, debido a la diferencia horaria, y un hermano lo llamó desde Bogotá y le dijo, “encienda su televisor”.

En tanto, en Las Vegas, Nevada, Hernando Amaya, periodista colombiano, quien laboró en el diario El Espectador, despertó sobresaltado; había escuchado el constante ring-ring del teléfono que puso en jaque la tranquilidad del apartamento que ocupaba. Creyó, en el sopor del sueño, que el mundo le caía encima y que se rompía la rutina acostumbrada de dormir luego de trabajar 15 horas al día, desde hacía seis meses: A las 9 de la mañana empezaba a escribir en el semanario ‘Tiempo Libre’ que era tamaño tabloide con una edición de 80 páginas; y a las 5 de la tarde hasta las 12 de la noche trabajaba de auxiliar de mesero en el restaurante ‘Road House’.

Amaya, entonces, encendió la luz de la lámpara que estaba en la mesa de noche, buscó las gafas que usaba y levantó el auricular de la horquilla del teléfono color crema que tenía y escuchó la voz de su hermano, Julio César, quien le hablaba desde Bogotá.

“¡Qué pena, Hernando!, ¿se encuentra bien?”.

“Sí, estaba dormido. Acá son las 6:50 de la mañana, ¿por qué?”, dijo Hernando.

“Encienda su televisor”, fue lo último que dijo Julio César aquel martes y colgó.

Amaya siguió sentado en la cama, pero buscó con la mirada el control del televisor. Lo encontró, estiró el brazo y apretó, con el dedo pulgar de su mano derecha, el botón de encendido y empezó a ver el inicio de aquel acontecimiento que, en ese momento, nadie pensaba que cambiaría el mundo. Y mientras veía las imágenes del avión que impactaba una de las torres gemelas, en Nueva York, él digería la situación. Se quedó en silencio mientras pensaba:

“¡Caray!, nos tocó hacer cambios de la edición que ya está lista para la impresión. Lo único que no podemos tocar son las páginas deportivas. Nuestros lectores son mexicanos y Pachuca, en este momento, encabezado por el arquero colombiano Miguel Calero, es candidato al título en el Torneo de Invierno 2001, a pesar de perder, 3-2, de visitante, en la novena jornada con Cruz Azul, el pasado sábado 8 de septiembre. Además, el ‘Show Calero’ fue figura. Sí, en definitiva, los deportes no se tocan”.

Edna trabajaba en un McDonalds en Lisboa, Portugal. Aquel día, terminaría su turno a las 11 de la noche como era la costumbre. Sin embargo, le extrañó ver a un joven que ella conocía bien a la 1:46 de la tarde. Él llevaba varios meses, junto a otros compañeros del Sporting, que llegaban en la noche, antes de que ella y dos compañeras terminaran su turno, y los escuchaban tocar la puerta de atrás. Al abrirla, ellos les preguntaban si sobraban algunas hamburguesas para comer debido al hambre que tenían a esa hora.

“En este momento, Cristiano, es imposible que te regale hamburguesas. Espera, mira las noticias. Es un extra, un avión se estrelló contra una torre en Nueva York”, dijo la mujer que atendía ese restaurante de comida rápida.

Un hombre que estaba en un rincón del lugar observó al joven y le pareció que lo conocía.

“Ronaldo, lo mejor es que no vea lo que están transmitiendo. Recuerde que, a usted, hace unos meses, lo operaron de un problema de corazón que pudo haberle forzado a retirarse del fútbol”, le dijo el hombre en voz alta.

“No se preocupe don Leonardo Véliz. Y usted lo sabe por dirigir la división menor del Sporting.  Estoy fuerte y ya tengo 16 años y algún día, se lo aseguro, me llamarán CR7”, dijo Cristiano Ronaldo con una mirada traviesa.

“Claro”, respondió Véliz y sonrió, pero continúo comiendo las papas fritas que estaban calientes sin dejar de observar la noticia del momento.

Claudia Helena Hernández recordó que el día de los atentados en Estados Unidos, los jugadores de Millonarios no entrenaron y en todo momento querían saber lo que sucedía en el país del norte.

Mientras tanto, en Bogotá, los integrantes del programa radial ‘Planeta Fútbol’ de RCN, encabezados por Carlos Antonio Vélez y Henry ‘El Bocha’ Jiménez, en un corte de comerciales, hablaban del trabajo que realizaría la periodista Claudia Helena Hernández debido al regreso de los jugadores de Millonarios al entrenamiento luego de su triunfo, 3-1, ante Santa Fe en el marco de la séptima fecha del Torneo Mustang II.

“Usted, Claudia Helena, es una reportera con experiencia. Necesitamos una entrevista con Luis Augusto ‘El Chiqui’ García en la que cuente, en lo posible, detalles desconocidos de su salida de la selección como técnico; del título que logró Colombia, dirigida por Francisco ‘Pacho’ Maturana, en la Copa América-2001 en la final luego de su victoria, 1-0, ante México, y de este regreso a Millonarios”, dijo Vélez.

Ella entendió el mensaje, pero ‘El Bocha’ Jiménez, con su estilo sobrio y directo, agregó: “No olvide a Carlos Castro, el hombre de Turbo, Antioquia, quién convirtió los tres goles en el clásico capitalino”.

En el momento que Claudia Helena iba a dejar la cabina de transmisión, escuchó que se cortaba la programación de Antena 2 y el ambiente se llenó con la voz poco apta para la radio de Juan Gossain, tal como lo decía el célebre director de noticias de RCN: “Atención, son las 7:46 del martes 11 de septiembre de 2001 y en Nueva York son las 8:46. Un avión, hace muy poco, se estrelló en una de las torres del World Trace Center…”. Y después, bla, bla, bla.

Entonces, como Claudia Helena tenía que cumplir con la misión encomendada, llegó hasta la Finca de Millonarios, en la Autopista Norte, y encontró a los jugadores del conjunto albiazul con el terror pintado y encarnado en sus rostros. En ese momento, nadie les podía decir que lo mejor que podían hacer era mandar el miedo a la mierda.

“El técnico García canceló el entrenamiento de aquel día. Nadie pensaba en la pelota. Todos estaban pendientes de lo que se transmitía”, recordaría Claudia Helena para esta crónica.

 

Algo inaudito de aquel martes 11 de septiembre de 2001. Roma y Real Madrid jugaron en el inicio de la Liga de Campeones que organiza la UEFA. La entidad decidió que con un minuto de silencio se cumplía con el homenaje a los fallecidos. Ganó el equipo español, 2-0, con anotaciones de Figo y Guti ante un silencio sepulcral de la tribuna. Los directivos de la entidad, después, entendieron que habían ‘metido la pata’ y suspendieron la programación del certamen.

En Miami, a diferencia de la incesante ola de vehículos que circulaban por la Coral Way y la 31, el tiempo parecía que se había detenido. Sin embargo, la realidad es que el tiempo juega cruelmente con nosotros. Y en medio de esa hilera imparable de carros, Ernesto Barrera, periodista deportivo colombiano, manejaba un Toyota Corolla-2000, color negro, que había adquirido por medio de un arrendamiento.

Y como Barrera no podía escapar a su destino diario de afrontar aquella congestión debido al trabajo que realizaba, en Radio Uno Miami, junto al relator argentino Andrés Cantor, su único consuelo era oír, desde Bogotá, el programa la ‘W Radio’ de Julio Sánchez Cristo.

Mientras esperaba, en medio del trancón, escuchó a Sánchez Cristo, “¡Uy!, un avión acaba de tener un accidente en una de las torres gemelas”.

La noticia de un accidente de un avión, por trágica que fuera, creía Barrera, ocuparía poco tiempo al aire y él, ahí, sin moverse debido a la ola vehicular, pensaba en la información deportiva que presentaría a su audiencia a la que siempre impresionaba.

Barrera, en ese instante, consideraba que iba a sorprender a sus oyentes en el momento que escucharan, en el programa de las 6 de la tarde, la voz de Iván Ramiro Córdoba, autor del único gol de la Selección Colombia, en la final de la Copa América-2001 del 29 de julio, ante México, con presencia de 47.000 aficionados en el estadio El Campin.

Córdoba llevaba un año en el Inter de Milán procedente de San Lorenzo de Almagro.

 

Luis Alfredo Céspedes y su grupo de trabajo realizaron su programa de manera normal. En un principio creyó que el primer avión había sido un accidente, pero después se desgranó el terror.

No era extraño que, a esa hora, en la oficina del segundo piso del ‘Palacete de Versalles’, en Cali, el grupo deportivo ‘Los Dueños del Balón’, estuviera reunido.

Luis Alfredo Céspedes, director de aquel colectivo, conversaba con Javier Alberto Buitrago y escuchaba los temas que proponían Darío Belmonte, Jairo Chávez Ávila y Ricardo ‘El Gato’ Arce para el programa que se iniciaría a las 8 de la mañana, pero no tenían la menor idea de lo que ocurría a miles de kilómetros de ahí.

Mientras tanto, Gonzalo ‘Chalo’ Hernández estaba en la cabina de transmisión por ser el corresponsal de ‘Planeta Fútbol’. Él, siempre, escribía algunos apuntes de las noticias internacionales y nacionales. Estaba en esas cuando oyó, en los audífonos que tenía puestos, el jingle que identificaba que se había producido una información de último momento, pero antes de que saliera la voz del director nacional de Radio Sucesos, el periodista deportivo escuchó el slogan, “la verdad por encima”.

Entonces, ‘Chalo’ Hernández salió de la cabina de transmisión de Antena 2 y regresó a la oficina de deportes y a sus compañeros les contó lo que había sucedido en Nueva York.

“Es muy extraño que un avión se estrelle en una torre tan alta”, dijo Céspedes y miró al resto de colegas sin reservas: “En 13 minutos empezamos el programa”.

“Creo que no es casualidad lo que pasó. Se inició un ataque a Estados Unidos”, dijo ‘Chalo’ Hernández.

Y como siempre, desde que Céspedes era el director de deportes en Cali, le indicó al ingeniero de sonido Hernando Obando que, a pesar de lo ocurrido en Nueva York, debía iniciar con la acostumbrada canción de Facundo Cabral. Los oyentes, entonces, escucharon: “Me gusta / la gente simple ̸ Aunque yo soy ̸ complicado ̸ La gente se casa pobre ̸ Y corazón millonario ̸ La que todavía suda / La que se rompe / las manos / La que se juega la vida / por el pan de sus hermanos…”.

Khalida Popal, jugadora afgana de futbol profesional en Dinamarca, contó una historia relacionada al 11 de septiembre de 2001.

Lo más sorprendente en el barrio Murrad Jani, en Kabul, era el estruendo constante de las armas de fuego que disparaban los talibanes, pero los niños y algunas niñas, ¡quien lo creyera!, jugaban al fútbol con pantalón corto. Y entre ellas estaba Khalida Popal, quien había cumplido 14 años y tenía el respaldo de su familia progresista, pero especialmente de sus hermanos y de su madre, profesora de educación física, a pesar del rechazo de la sociedad afgana.

Los Popal recorrían los colegios buscando niñas dispuestas a jugar al fútbol, pero esa tarde, 11 de septiembre de 2001, en hora afgana, eran las 4:46:40. Ellos se sorprendieron en el potrero en donde jugaban sin césped y sin arcos que eran reemplazados por las camisetas de quienes se atrevían a estar en medio de hombres armados dispuestos a morir por creer que la muerte es una palabra que, a priori, se refiere a todo lo que no existe.

“Los hombres armados empezaron a disparar al aire, saltaban y gritaban ‘Alá es grandioso. Nuestros hermanos hicieron lo que parecía imposible’. En ese momento, nosotros, asustados, con una pelota en los pies, no entendíamos qué sucedía”, contó Khalida Popal años después al jugar profesionalmente desde el 2003 y ser capitana de la primera selección femenina de fútbol de Afganistán en el 2007 con lo que se convirtió en un símbolo de los derechos de las mujeres de esa nación asiática.

La radio y la televisión fueron los medios informativos que acompañaron al género humano en aquel momento que parecía extraído de una película de terror y de ciencia ficción como dijo Hernán Peláez Restrepo, comentarista deportivo, en el programa 6AM de Caracol que tenía la dirección de Darío Arismendi Posada.

“Vamos a estar enfermos luego de ver en la televisión la repetición, una y otra vez, de cómo ese avión se incrustaba en un edificio tan alto. Eso no lo vamos a olvidar jamás. Le cuento, además, pero haciendo un quite deslizante como los de Miguel Escobar, defensa del Deportivo Cali, que Millonarios, Santa Fe, Junior y Nacional, hasta este momento, son los equipos que cancelaron sus entrenamientos de este día. Ya sabemos que los jugadores de fútbol, en su mayoría, son supersticiosos y temerosos de los viajes aéreos, así lo han reconocido, tácitamente, por lo que, para ellos, en especial, la vida puede ser extraña”, dijo Peláez.

 

El periodista Jorge García, quien estuvo en Nueva York, se fue a la tumba creyendo que una de las personas que saltaron desde el piso 106 o 107, era un hincha del Deportivo Cali.

El drama no había terminado. Y no era para menos. Alejandro Moya, editor de la separata El Tiempo-Cali Valle, transitaba con su automóvil por la congestionada calle 5ª con la radio encendida escuchando noticias, pero antes vio que el semáforo de la carrera 36 cambiaba de verde a rojo. Al ver aquello sonrió y recordó una frase del periodista José Luis Valencia relacionada con el Cali y el América:

“Don Alejandro, conozco en redacción a varios compañeros que se parecen a una sandía. Son hinchas del Cali cuando gana, pero cuando pierde expresan que son del América. Mi abuela me dice que son ‘voltearepas’…”.

Moya detuvo el automóvil y miró por encima del hombro para escudriñar los alrededores, costumbre que había adoptado desde que se habían iniciado las llamadas a la oficina y a la casa amenazándolo al igual que a su familia. Él se petrificaba cada vez que veía que se acercaban dos motocicletas y más cuando se le ubicaban a lado y lado.

El semáforo cambió de rojo a verde y Moya arrancó el vehículo de manera cautelosa debido a la lentitud de la caravana automotor que se registraba a esa hora de la mañana. El tema musical del extra noticioso lo sacó de sus pensamientos relacionados con lo que estaba viviendo con el tema de las amenazas en el momento que llegaba al Parque Panamericano por la calle quinta, como era su costumbre, en su camino a las instalaciones de El Tiempo-Cali Valle, ubicadas en la Avenida tercera norte con calle 35. Oía noticias y con ello reforzaba su programa laboral del día. Mientras conducía, se fijó en el reloj del carro. Eran las 7:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001.

“Se ha registrado un accidente en Nueva York. Un avión comercial se estrelló en la torre norte del World Trace Center. Hay conmoción en Estados Unidos”, escuchó.

Aún no se conocían detalles de lo que había ocurrido, pero a la vez nadie sospechaba lo que seguiría.

Moya, en el camino que le faltaba por recorrer hasta la oficina, no comprendía nada, pero se preguntaba, “¿un país tan seguro de sí mismo, al que no lo perturbaban las dolencias del resto del mundo por qué vivía una situación como la que narraba el locutor?”.

Ya en el periódico que dirigía hacía seis años, para Moya, en ese instante, le fue difícil organizar el caos que se vislumbraba. Miradas estupefactas mientras el horror se reflejaba en los rostros. Nadie quería despegarse de los radios. Entonces, decidió. La página destinada a deportes no iría en la edición del miércoles, pero el redactor deportivo, Fernando Hernández, ayudaría para conocer el sentir de la gente por lo ocurrido y si tenían familiares trabajando en el edificio impactado.

El mundo se preguntaba, “¿en dónde está el presidente Bush? Él estaba en una escuela en Florida leyéndole a unos alumnos de primaria cuando los aviones hicieron impacto en las torres gemelas en Nueva York. Y en el momento que se dio cuenta de lo que pasaba, uno de los niños le preguntó: “¿A usted le gusta el soccer?”.

No había duda. Las noticias volaban e iban de un lugar a otro sin que hubiese redes sociales. Aquel día, las compañías telefónicas, en Estados Unidos, colapsaron. Todos, como si fuese un comercial en un mundial de fútbol, repetían si podían comunicarse: “Encienda su televisor”. Entonces, en pocos minutos, las autopistas y las calles subalternas quedaron vacías.

Lo que sucedía era extraño. George W. Bush, presidente de la nación más poderosa del mundo, a las 8:46:40 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, se encontraba de visita en una escuela de primaria en Sarasota, Florida. Ningún hombre de seguridad le informó sobre el primer avión que se había estrellado en Nueva York porque, en principio, se creyó que aquello había sido un accidente aéreo en el instante que él, relajado de las labores diarias, les leía a 23 estudiantes, una historia sobre América, según contó Eric Draper, ex fotógrafo de la Casa Blanca, tiempo después.

En esas estaba cuando un hombre de seguridad se le acercó y le dijo algo en el oído. El reloj del salón de clases indicaba que eran las 9:03. Entonces, el presidente dejó el libro encima de un pupitre y se levantó de la silla que ocupaba.

Uno de los alumnos, al verlo que se iba, le lanzó una pregunta.

“Señor presidente, ¿a usted le gusta el ‘soccer’?”.

Él no le puso atención, pero lo miró sobrecogido. Entonces, se alejó con paso ligero sin despedirse. Ya se empezaba a hablar de un ataque terrorista.

Un instante antes de que el hombre de seguridad le dijera a George W. Bush, un segundo avión había sido estrellado en la Torre Sur del World Trace Center. Desde ese momento el mundo se preguntó, “¿en dónde está el presidente de la nación más poderosa del mundo?”.

Mientras tanto, el antioqueño Antonio Álvarez y el vallecaucano Norberto Hernández, dos de los colombianos que trabajaban en las torres gemelas, sentían que no podían respirar y que el calor en el lugar se hacía insoportable. Ya llevaban 17 minutos en esa lucha y como los demás empleados del restaurante ‘Window of the World’, trataban de llegar hasta los ascensores.

“Va a ser imposible bajar”, dijo Álvarez. “Le escuché al ecuatoriano que el avión se incrustó del piso 93 al 99 y nosotros estamos en el 107”.

“Lo siento por mi viejecita, pero aquí adentro no voy a morir. Parcerito, ¿tiene el número del teléfono de García, el periodista? Si es así, hágale una llamada antes de que esto se desplome”.

Jorge García nos contó, años después, las últimas palabras de Álvarez y Hernández, en una charla que tuvimos en Yumbo, su tierra natal.

Álvarez, durante la agonía, gritaba, “Viva el Deportivo Independiente Medellín” y se fue apagando, de acuerdo con la versión de Hernández al periodista García a través del teléfono celular.

“Después me dijo que él no moriría ahí. Espéreme abajo, me voy a dar valor con el grito de batalla de mi equipo y usted sabe cuál es. En ese momento sintió una sacudida, olió humo y se cortó la comunicación”, contaría García.

A las 9:41:15 de la mañana del 11-S, el fotógrafo Richard Drew de la agencia de noticias AP captó la imagen de un hombre que se había lanzado al vacío desde la Torre Norte. García, hasta el día de su fallecimiento, siempre creyó que ese hombre era Hernández, amigo de Álvarez, y mientras descendía, gritaba, como si estuviese en una de las tribunas del estadio apoyando a los azucareros: “Oe, oe, oe, te quiero Cali. Oe, oe, oe, te quiero Cali”.

Lo demás, señores, es historia.

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Un comentario

  1. julio romero

    11 septiembre, 2021 at 6:22 pm

    POR LA CRÓNICA DE WILLIAMS VIERA
    Excelente crónica, cómo todas las que nos tienes acostumbrado
    Julio Romero, Cali

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