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La paisamenta resultó tímida, tacaña para la solidaridad en la fiesta del fútbol antioqueño en su edición número 29 el domingo que ya pasó. Y eso que la taquilla era para beneficio de los pacientes con VIH Sida de la Fundación Antioqueña de Infectología.
Había más fuerza pública que gente en la gradería. Los policías, aspirantes a generales de muchos soles, tuvieron tiempo de arreglar el país, dormir parados, mimarse las uñas, pensar en las muchachas del servicio que los esperan en el parque del barrio donde ejercen, porque simplemente no hubo a quién controlar.
La catana que se sentó a mi lado en occidental general dijo: aquí no hay dos mil personas. Sin que se lo hubiera preguntado me aclaró que no había ido por su cuenta sino de un pariente que la invitó para no ir solo. “Muy maluco almorzar y ver fútbol solos”, pontificó.
“Hacía diez años no venía al Estadio: qué belleza. De la que me estaba perdiendo”, me dijo la corrientosa veterana, hincha del Nacional, mientras devoraba papitas fritas que me ofreció. Como en casa me tienen prohibido recibir nada de extraños le agradecí, pero pasé. («De pronto me emburundanga esta vieja», pensé para mis adentro y mis afueras. Y perdón si la estoy calumniando).
La cucha lamentó que no se hubiera dado el clásico Nacional-DIM a precio de huevo. “Mal hecho por los verdes, no solidarizarse”, remató.
Perdieron la engalanada los de la banda de guerra y la muchachada que dilapidó elegancia y porte. No tuvieron muchos ojos masculinos que las miraran morbosamente las divas del fútbol que se contoneaban por aquí y por allá con sus pechugas y retaguardias pluscuamperfectas.
Con razón Mario Múnera, promotor del evento, lamentó la abundancia de escasez de público en las graderías. Espera que cuando se cumplan 30 años de la fiesta, haya gente hasta debajo de las porterías.
Los venteros y dueños de negocios tuvieron que comer y almorzar el lunes con sus propias viandas porque no hubo a quién venderle.
Las viejas glorias del fútbol antioqueño más o menos pagaron la entrada. Aunque en algunos se veía más barriga que fútbol en sus guayos, más lentitud que goles, más calvicie que técnica con el útil, como le dicen los narradores deportivos a su majestad el cuero.
De Víctor Aristizábal, Juan Pablo Ángel, Chicho Serna, para solo mencionar tres que cumplieron la cita con la solidaridad, empieza a quedar el recuerdo, la hoja de vida llena de talento y entrega. El fútbol que practicaron para locura de la hinchada ha empezado a retirarse a sus habitaciones de invierno.Lo hacen mucho mejor como comentaristas de radio y televisión.
El picado que jugaron Medellín y las Águilas Doradas nos despertó del sueño. Mi vecina casi no ve a Leonel Álvarez. Por poco levita cuando descubrió las mechas y su camisa negra, apretada, hecha para mostrar que bíceps sí hay.
Me abrí del parche recordando, con Javier Marías, que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia. Salí 20 mil pesitos más rico en solidaridad con los pacientes del VIH. Nos vemos en 2017 si los astros nos barajan distinto.






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