
Por César Polanía,
El País
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*No hace falta una tragedia para reconocer la hermandad en el fútbol. Por fuera de la cancha no debe haber rivalidades.
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El fútbol, que tantas veces ha sido escenario de esa absurda violencia entre los hinchas, acaba de mostrarnos su otra cara, la única que realmente debe tener: la de la hermandad. Porque en la cancha, dos equipos deben batirse siempre como leones hambrientos en busca de la victoria. Es justamente esa una de las razones que hacen tan apasionante este deporte. Pero fuera del campo no debe existir más que afecto y solidaridad, como está sucediendo en este momento con la tragedia del Chapecoense.
A veces, los hinchas armamos drama por una pelota que no entró. Drama por un penal que no sancionó el árbitro. Drama por un partido que se perdió. Pero drama, lo que de verdad es un drama, es lo que hoy están viviendo las familias de los 19 jugadores, 21 periodistas y demás personas que murieron en el siniestro del avión de Lamia en Antioquia.
El planeta fútbol se ha unido, como nunca antes, en una sola causa: solidarizarse con las víctimas de la tragedia y mantener vivo a un equipo que hasta hace poco era un perfecto desconocido y hoy está en boca del mundo entero. El fútbol, gracias a Dios, también hace milagros.
Desde todos los rincones han surgido voces y gestos de aliento. Cavani marcó gol y celebró con una camiseta que tenía escrito un mensaje para el club brasileño. Leonel Álvarez se ofreció a dirigir al equipo seis meses sin cobrar un peso. Juan Román Riquelme dijo que jugaría en sus filas. También Ronaldinho Gaucho. Y Nacional no solo renunció al título de la Copa Suramericana, sino que, en conjunto con las autoridades antioqueñas, le rindió el más bello y sentido homenaje al Chapecoense, con un Atanasio Girardot lleno de hinchas con camisetas blancas, ramilletes de flores, banderas brasileñas y velas encendidas. Un hecho sin precedentes en el fútbol mundial que nos unió a todos en un solo llanto.
Colombia, y lo vio el mundo entero, dio muestras de su grandeza, porque los gestos de solidaridad fueron también en Cali, Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Armenia y otras ciudades del país. Y Chapecoense, un modesto club de un pequeño pueblo de 200.000 habitantes, se metió para siempre en el corazón de todo el planeta.
No hace falta una tragedia para reconocer la hermandad en el fútbol. Por fuera de la cancha no debe haber rivalidades. El llanto de los chapecoenses es también el llanto nuestro. Quienes amamos este deporte sentimos como propia esta tragedia y le pedimos a la vida que esos 19 jugadores estén hoy en la gloria, esa que abajo del cielo les fue esquiva por culpa de un absurdo accidente.
¡Vamos, vamos, Chapeeeee…!





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