Capsulas de Carreño

Mi encuentro con D10S.. Por Santy Martínez.


*El mundo del fútbol tiene un antes y un después de Maradona. El año cero es 1960.  ¿Hasta cuando irá esta nueva era?

Por Santy Martínez.
Especial para Cápsulas.

Habíamos llegado al Salón Fundadores del Club El Rodeo un poco antes de la hora citada y mientras llegaban, nos dedicamos a conversar con los meseros. Estábamos expectantes y conscientes del privilegio que representaba ser parte de las 60 parejas invitadas al homenaje.

Llegó acompañado de Mauricio “Chicho” Serna. Los ubicaron en la mesa principal preparada para la ocasión. Cuando “Chicho” se percató de nuestra presencia, nos hizo señas a Margarita y a mí para que nos acercáramos.

–          “Te voy a presentar a este monstruo”, me dijo “Chicho” al oído.

–           “Este es el periodista que me bautizó como ‘el hombre que adivina el juego’, le dijo Chicho a Maradona. Él escuchó sentado y sonriente.

–           “Encantado de conocerlo en persona”, le dije al tiempo que le extendía mi mano derecha.

o   Él se puso de pie, me abrazó y me dio un beso en la mejilla.

–          “Sos grande, che”.

Quedé aturdido con su recibimiento  y tuve que apoyarme en el espaldar de una silla para mantenerme en pie.

–          . Saludó a Margarita con respeto y cariño.  “Siéntense a mi lado, por favor”, nos dijo

Un mesero le trajo una copa especial con un licor desconocido por mí; la recibió, la puso en la mesa y se paró. Fue hacia donde estaba el mesero, regresó, se sentó. Trajeron la botella y él mismo sirvió. Brindamos por “Chicho” y por nuestro encuentro. Tomé por primera vez “el vino de las estrellas” y me sentí en estado de gracia, como debió sentirse  el monje benedictino, Dom Perignon, quien descubriera el champagne en 1693.

–          “De los licores que he probado en la vida, este es uno de mis favoritos”, dijo D10S.

La presencia de Diego Armando Maradona aquel sábado 27 de enero de 2007, lo recordamos con la lucidez de un sueño que se tiene antes de despertar, trastornó la cotidianidad en Medellín. En la ciudad no se hablaba de nadie y de nada más. “El  barrilete cósmico” vino para el partido de despedida de su amigo  “Chicho”, ex volante del Atlético Nacional, quien dejó huella también en el Boca Juniors, con el número 5.

Los 44 mil espectadores de aquella tarde, en el estadio Atanasio Girardot, coreaban al unísono: “Maradooooona”, “Maradooooona”, “Maradooooona”. Quise sumarme al coro, pero me tocó callar por ser comentarista invitado de Teleantioquia. “Chicho” se lució marcando un gol de media cancha a Andrés Saldarriaga, portero del Nacional. Gol “maradoniano”, un gol como nunca le vimos otro en su exitosa carrera, se dijo. El partido de “Amigos de Chicho” contra Atlético Nacional quedó 5-5.

Esa misma noche fuimos al Club. Probablemente, “Chicho” no imaginó la emoción  ni la alteración del ritmo de mi pecho que me produjo su invitación. Y todo porque iba a estar en una fiesta a la que seguramente asistiría Maradona.

 

II

La primera vez que vi presencialmente a Maradona fue el 19 de febrero de 1980. Asistí como aficionado al estadio Hernán Ramírez Villegas. Deportivo Pereira recibió aquel día la visita de Argentinos Juniors, con el “cebollita” a la cabeza, el famoso de quien sabíamos por la revista El Gráfico. Mientras almorzábamos en un restaurante de La Perla del Otún, perdimos la tranquilidad: corría el rumor de que “El Pelusa” no podía jugar. Unos decían que por una lesión, otros inventaban otras razones.

El hecho fue que la radio local no pronunció su nombre en la nómina del visitante, lo que originó distintos comentarios y protestas en los alrededores del estadio. El presidente del club local, Joe Arenas, visiblemente preocupado, exigió a los dirigentes de Argentinos Juniors la presencia del pibe de Villa Fiorito. De momento, no se imaginó que con esta acción garantizaría que 25 mil espectadores viéramos  en vivo una jugada maestra y su gol, que según el propio Diego es de especial recordación en su historial futbolístico.

Maradona recibe la pelota con la zurda, casi cayéndose, en la mitad de la cancha del Pereira. Elude a tres rivales matecañas que, a su paso, van mordiendo grama con las nalgas. Entra al área, el portero Roberto Vasco sale a su encuentro, lo gambetea y también muerde grama. Por último, el volante Farid Perchy intenta atajarlo, pero ya la redonda entra lentamente al espacio abandonado por el cancerbero. Vasco protesta el gol por falta previa y todo su equipo lo respalda. Mientras los visitantes celebran frente a la tribuna del barranco, los locales se le van encima al juez, Guillermo “El Chato” Velásquez, célebre por haber expulsado al rey “Pelé” en El Campin de Bogotá en 1968. El árbitro, que debió recordar la golpiza que había recibido tras aquella expulsión fatal, prevenido, les dice: “dejen de joder y más bien aplaudan a Maradona por su genialidad”.

Regresé a Medellín con los ojos llenos de fútbol, deporte que juego desde los 12 años. A todo el mundo le hablaba de aquel gol y aunque siempre había sido hincha de Brasil, el impacto de Maradona me volvió cliente asiduo del revistero de la esquina del diamante de béisbol, en la unidad deportiva Atanasio Girardot. Me enteré de su paso a Boca Juniors y me alegró la convocatoria para integrar la Selección Argentina del Mundial España 1982. Su participación en esa copa llegó hasta la caída ante Brasil, en la segunda ronda. Esto me produjo la confluencia de emociones contrapuestas: alegría por la clasificación del Brasil de Toninnho Cerezo, Zico y Sócrates, pero tristeza por la eliminación de Maradona.

Cuatro años después, en México 86, todos quisimos ser el genio que personificó Diego. En mi caso, tras una breve temporada en las fuerzas básicas del Deportivo Independiente Medellín, había llegado por fin a la radio. El primer gol contra Inglaterra puso en evidencia la conexión que tiene el hombre con su Dios. Sentí vértigo al pensar que el mito acaba con quien lo encarna y al mismo tiempo posibilita a los mortales ser más humanos: no todos nos atrevemos, ni tampoco podemos, ser mito.

Aquel verano de 1986 muchísimos nos identificamos con Maradona ganándole la guerra a Inglaterra, con el brazo arriba y los cinco dedos empuñados al aire. El segundo, llamado “gol del siglo”, me hizo recordar la obra de arte pintada con la zurda ante el Pereira. Al fin, triunfó el sur sobre el norte: David contra Goliat.

 

III

Maradona habló con nosotros como solo se habla ante los viejos amigos. Sostuvo el centro de la conversación, a pesar de las múltiples interrupciones a las que era sometido por los fans en busca de fotos y autógrafos. Margarita le contó sobre mi origen caribeño y de mi infancia humilde. Él nos habló del niño que se bañaba bajo la lluvia, deslizándose en los charcos del barrio. De sus años de pobreza y de la picardía con la que hurtaba un durazno en las tiendas cercanas. Animado por la repentina confesión, me atreví a preguntarle cómo fue su encuentro con la pelota.

–          “Buscó mi pie izquierdo y desde entonces nunca más me sentí bien sin ella…” dijo, y sus ojos quemaban como dos soles sincronizados; sus manos giraban como dos planetas alrededor de sus precisas órbitas. Y en sus muñecas sendos relojes, cual hombre consciente de tener que habitar al menos dos tiempos y sus espacios.

Con sencillez y cercanía nos llenaba la copa cuando se secaba. Brindábamos una y otra vez. Nos habló de su ilusión en Boca, de su lesión en Barcelona, de su pasión por Nápoles. «Todo el mundo me besaba el culo». Y no decía mentiras, porque Maradona en Italia demostró que el fútbol se enriquece en el juego mismo. Sonriendo, repetía: “prefiero la gambeta al gol”. Entendí por qué hizo tantos prodigios con la pelota.

Me preguntó por mi relación con “Chicho”. Le conté que en nuestros inicios deportivos yo había sido presidente del Club Recamiones, donde él jugaba cuando lo llamaron para hacer parte de la Selección Antioquia Sub-23. Esa selección quedó campeona nacional con un golazo suyo de tiro libre, en el último partido frente a Bogotá. De Recamiones pasó al Deportivo Pereira y se le abrieron muchas posibilidades. Del Pereira fue transferido al Nacional y tiempo después hizo historia en Boca.

Hablando del futbol callejero de los barrios, le conté que un día en La Bayadera, un sector tradicional de Medellín ocupado por trabajadores informales, se jugaba al mediodía un partido entre mecánicos del barrio La Floresta, donde vivía nuestro querido Pacho Maturana, y obreros de Campo Valdés, el barrio que juega recio como los ingleses. Estaban en ese partido, cuando atinó a pasar por allí el mismísimo Jesucristo, quien iba de paso a almorzar en un restaurante pequeño, de ambiente familiar, y se detuvo a ver el partido. Se le notaba en el rostro el deseo de entrar al juego. “¿Quiere jugar?”, le preguntaron. Respondió afirmativamente con un movimiento de cabeza. Uno de los integrantes de La Floresta le dijo que jugara para ellos, porque estaban incompletos. El Hijo de Dios se quitó las sandalias, arregló su túnica como una pantaloneta que le llegaba a las rodillas y entró.

Al principio los contrarios se burlaban, porque escasamente recibía el balón. “No es de cuidado”, dijeron algunos. De pronto le pasaron una pelota alta, la bajó con el pecho, la puso en su pie izquierdo, eludió a un rival y puso un pase celestial a un monito pelilargo que sacó al portero y, a puerta vacía, metió el gol. A partir de ese momento  todos querían apoyarse en él. El equipo contrario no se quedó atrás. Un caño por aquí, un sombrero más allá, un cabezazo en el palo y el rebote lo tomó un maestro de obras de Campo Valdés para empatar el juego. Los mecánicos, albañiles, latoneros, jardineros, repuesteros, vendedores ambulantes, pintores y aprendices vitoreaban a sus equipos. La calle estaba eufórica cuando le pasaron la pelota a Jesucristo y este se la llevó pegada al pie izquierdo; sobre ese mismo costado eludió a cinco rivales. El animador de la improvisada tribuna gritaba emocionado a través de un megáfono: “El último defensor le tira un puntapié que si le coge el tobillo se lo desbarata. Con una pincelada la pelota entra por la mano izquierda del arquero y gol y gol y gol y gol y gol…”

– “¡Eeeaaavemaríaaaa! ¿Y ese quién es?” dijo uno de los obreros de la banca, mientras que un mecánico que calentaba para ingresar, le respondió: “No lo sé. Pero, se cree Maradona”.

Fue tan estrepitosa y extendida la risa del D10S argentino que,  esforzándose por terminar, tomó una servilleta y la pasó por sus ojos. Tenía la capacidad de reír propia de la gente humilde, que no tiene tratos con la fama. Fumaba pausadamente un puro, enviado por el propio Fidel Castro, “El rey de la isla”, como siempre le dijo. Hablamos del gol ante el Pereira: “El mejor que hice en mi vida”, me dijo sin vacilar. El que lo llamó “dios del fútbol” por primera vez, interpretó con acierto la conciencia colectiva. Y hasta razón tuvo. Si Baco es el dios del vino, Maradona es el D10S de la redonda.

En mi memoria siempre está Maradona, el irreverente, el que trató de mantener por encima  del resultado el buen juego; el que entendió el fútbol como un ejercicio de libertad y no como una servidumbre. Él sabía que el gol era lo máximo, pero siempre privilegió  el modo y los recursos para llegar a él. Tenía conciencia de clase, jamás olvidó su origen. Y una inteligencia espacio temporal esférica. Sabía que el sistema siempre tira a matar, volviendo miserable a cualquiera y cualquiera al miserable. Que su camino de chico pobre lo llevaría a la cárcel, al hospital o al cementerio. Pero decidió escapar. Y reinó sobre la esfera redonda de la tierra.

Me parecía increíble estar al lado suyo. En el mundo de la cultura de masas, eso es él: un D10S. Sentí el espíritu de una fiesta, pero de esas fiestas que solo celebra el pueblo. Bien merecería  un altar con palma de iraca y que se le pidiera milagros. Al lado mío, estaba el hombre al que le atribuían cualidades divinas. ¿Qué otra hipérbole hay por encima de Dios? Este dios humano, redondo y febril, sentado a mi derecha, me convirtió en su apóstol. Al fin y al cabo, mi nombre es Santiago.

Hoy, que la pelota extraña su pie izquierdo, que Diego Armando Maradona ha vuelto al cielo de los inmortales, recuerdo el privilegio de haber compartido con él dos horas. Vuelvo a ese largo abrazo, a su aroma a gloria, a la frase que en voz baja susurré en su oído: “Diego, el Shakespeare del fútbol es argentino”.

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