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Por Jorge Iván Londoño Maya.
Columnista Cápsulas.

Alfonso López debió haber entutelado la bajada de pinta de su nombre al estadio de la ciudad de los parques, que ahora se distingue como Américo Montanini, y que anoche recibió de tribunas abiertas a 25.000 bumangueses, todos de amarillo vestidos, y a unos 20 nacionalistas vestidos de camuflado y comiendo callados.
El Atlético Bucaramanga, que ya viste de pantalón largo, gracias a su primer título, y Atlético Nacional con marca registrada en triunfos, saltaron a la cancha con lo más granado de su nómina, para cantar los himnos y terminar no con el tan tan sino con el ¡cof, cof! de la pólvora.
Bajo las órdenes de Carlos Ortega comenzó el pleito para definir el campeón de la Superliga. Fue un inicio parejo en intenciones, con un Pons, el mismo que dejó huella en el poderoso, acucioso como siempre y un Castillo alerta y salvador, como en la acción más cercana al gol, propiciada por los búcaros, remate de Flores al minuto 15, que “Chipi chipi” rechaza con su pie izquierdo. Marino en lo suyo, desbordando y esperando asociarse con Román, pareja que produjo los mejores dividendos en el semestre anterior, pero que esta vez no fue tan efectiva.
Al minuto 21 es expulsado el lateral Aldair Gutierrez por falta a Marino quien iba expedito hacía Quintana. Expulsión que contó con la ayuda del VAR. Con un jugador menos, los leopardos le dejaron la iniciativa del juego a Nacional, y se atornillaron a la defensa. Además de la expulsión, las tarjetas amarillas también fueron protagonistas en este primer tiempo; por los lados de Nacional la de Salazar que andaba pasado de revoluciones, y la de Morelos, una falta grotesca e innecesaria, que bien pudo nivelar el juego en cuanto a número de jugadores.
Termina el primer tiempo con el mismo libreto del partido de ida jugado en el Atanasio; Nacional completo y Bucaramanga cojo; Nacional lejos de su nivel, sin llegadas al arco, con un Cardona insulso en sus cobros y en sus pases, y un Bucaramanga obligado a ganarse el pan con el sudor de su defensa y a ganar tiempo como fuera.
Los 45 minutos finales tuvieron el mismo decorado. Nacional amo y señor del balón y del espacio, pero sin contundencia; el único remate de peligro del verde estuvo en los guayos de Morelos al minuto 51, que salió desviado. Bucaramanga con una sola idea, llegar a los cobros desde el punto penal, y esperar un milagro en los esporádicos avances, todos de la mano de Sambueza, viejo zorro que no es ninguna frambuesa en dulce, pero que no representaron peligro para Castillo.
Los leopardos echaron mano de todo un repertorio que ya está inventado por los equipos que están en desventaja, desesperar al contrario, ganar segundos y hasta minutos con las sustituciones, con los reclamos o las conversadas al árbitro, entre ellas la de Florentín a Ortega en la raya, que incluyó fuerte apretón de manos que al final obligó a Ortega a zafarse a la fuerza y con lesiones algunas nominadas al Oscar. Del repertorio de faltas, de lado y lado, se destaca la insólita y grotesca levantada a lo gorila King Kong de Campuzano a Sambueza para luego tirarlo al piso.
Termina el partido y entramos a la sección de cardiología, propiciada por los cobros desde el punto penal. Se repite la misma parafernalia, la elección de los cobradores, el corrillo para la oración y las arengas.
Quintana con su acostumbrada azuzada al cobrador, que obliga a la intervención del árbitro Ortega, para ponerlo en su sitio. Castillo más calmado y callado con su pastel pegado al guante, que le indica la posible dirección del balón, según el cobrador. Mientras tanto, en los bancos el técnico Florentín reza lo que no está escrito y Gandolfi reparte fuerza positiva con el abrazo colectivo entre sus asistentes.
El balance final de este electro fue un cobro tapado por Quintana y dos por Castillo, para un resultado de 3 a 4, lo que le permitió a Cardona, como capitán, alzar la cuarta copa de Superliga y llegar a la copa 36 en todo su historial.
Qué pena con Fernando Jaramillo, presidente de la Dimayor e hincha embajador, volverlo a molestar para colgarle las medallas a los jugadores y entregar la copa respectiva, labor que tuvo que ejecutar durante tres ocasiones en tan solo 53 días.
“Triunfar es simple. Haz lo correcto, de la manera correcta y en el momento adecuado”. Arnold H. Glasow






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