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Por Jorge Iván Londoño Maya.
Columnista Cápsulas.

El domingo menos pensado, Nacional le da una mano al equipo necesitado, y hoy le tocó a Alianza recibir esa obra de misericordia, que permite que el equipo adoptado por Valledupar, salga de los infiernos y entre al purgatorio. Mientras tanto, el verde resignó su regreso a la punta de la tabla y la continuidad de su invicto. ¡Que se hace, pues!
38 grados de temperatura cobijaban el Armando Maestre; que albergó, como de costumbre en muchos estadios, a una notoria mayoría de hinchas verdes. Una cancha que vienen mejorando a punta de “parches”, por lo que parece un campo pirata. Menos mal, los partidos jugados allí no los pasan en el exterior. ¿Se imaginan la vergüenza?
Los once días de para competitiva en Nacional, también sirvieron para ajustes de motilados, como el de Gandolfi, que no obstante la alta temperatura, se chantó su camisa manga larga; y a otros para cambiar de audífonos, los que pudimos observar cuando salieron del bus que los llevó al estadio.
Nacional presenta su estado mayor, y creo que Alianza hace lo mismo, incluyendo a Felipe Pardo, viejo conocido por estos lares. Un comienzo halagador para el verde, con más tenencia del balón. Al minuto 14 una jugada de tres cucharadas de caldo y mano a la presa, en otras palabras… saque largo de Castillo, buen gesto técnico de Viveros que para el balón y hace el pase atrás para que entre Morelos y mande un misil, artefacto que esta semana hizo noticia política en nuestro país, y abre el marcador. Con este gol, se prende el verde esperanza y la ilusión de un nuevo triunfo, que dará continuidad al invicto, la retoma el primer lugar y de ir consolidando un sistema de juego que arroje buenos resultados. Ese gol mereció un momento para hidratación de ambos equipos y el grupo arbitral, de buen trabajo.
Llega el minuto 35 para el primer regalo. Centro desde la derecha, el balón que pega en la pierna de Guzmán, rebota en el travesaño y golpea la cabeza de Castillo, para convertir el autogol del empate. A tiro de cauchera para terminar el primer tiempo, minuto 43, es Cándido el que inocentemente patea por detrás a un contrario en plena área, falta que el juez, sin necesidad de confirmar con el VAR, decreta como penal. Cobra Pardo para anotar el segundo, para gritar el madrazo ante la cámara, y poner el partido color de gato pardo. ¡Quien lo creyera!
Las rosquitas que tenía para el entretiempo, las cambié por una aromática de valeriana.
Entran los mismos once para la complementaria, señas de que Gandolfi no encuentra desastrosa la “marca” que Cándido le hace al puntero Torres, que hizo con él lo que quiso. Nacional trata de lograr el empate, pero le pasa lo mismo que al viejito aquel, no tiene con qué; y para colmo entra en un limbo de alegatos, roces, faltas innecesarias, pases erráticos y centros que caen al río Guatapurí.
Nos volvió el alma al cuerpo cuando el árbitro pita penal por falta a Marino, que entre otras, nos quedó debiendo plata en este partido, lo mismo que Cardona, pero revisada la jugada se ve claramente que no existió, y que el mismo Marino hace señas de no haber sido, recta actitud que le mereció eximirlo de la tarjeta amarilla.
Minuto 73, descolgada aliancista y Aponzá saca tremendo derechazo para marcar el tercero, que celebra con quitada de camiseta, y no era para menos, porque ganarle campeón de las tres copas en juego en 2024, y quitarle un invicto de trece (13) fechas, no es empresa de menor cuantía. En el tiempo de reposición llega el segundo gol de Nacional, obra de Viveros ante pase de Marino.
Tampoco somos invictos, pero no se puede perder en esa forma, con tanto en juego, ante el equipo con el que nunca habíamos perdido, y que no tiene una nómina rimbombante; eso sí, tiene un técnico que se las trae como estratega, y que hoy le ganó el pulso a Gandolfi, que por lo visto no supo aprovechar los once días de asueto.
Sigue el partido contra Fortaleza en su casa. Que Dios nos de la necesaria para afrontar este encuentro con categoría, profesionalismo y entereza, virtudes escasas en éste partido.
“La victoria tiene cien padres. La derrota es, siempre, huérfana”. Napoleón Bonaparte.




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