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Por Luis Felipe Gómez.
Columnista Cápsulas.

Torneo emocionante y decepcionante. Es increíble que un equipo con toda la regularidad en el torneo, jugando bien y proponiendo, se quede con las migajas de la derrota.
No solo al DIM le ocurrió y le sigue ocurriendo pues es recurrente en no ganar cuando lo debe hacer, si no a otros, al verde de Almirón y de Juan José Peláez con el mismo Junior en el 2004 o al Brasil de Sócrates del 1982.
El fútbol es un juego y como tal la suerte no premia al mejor . Dirán que siempre te queremos glorioso DIM, que no necesito que estés arriba, en fin, disculpas que no deben llenar las expectativas de las cifras que en puntos eran mérito suficiente para ser coronado campeón.
Ganó Junior, nadie pero nadie, como en las apuestas de la hípica esperaba que el caballo que partía con el menor número de apuestas ganara como en el tango, por una cabeza.
Increíble, después de un dos a cero, redondo y justo, llegó Vladimir que aun no entiendo a que lo metieron y les sentenció a una ruleta de penales donde el tiburón sacó sus dientes feroces y se llevó la estrella que pone a rumiar a todos los hinchas del rojo.
Dolor y medio, o sea, mas que dolor. Águilas, el mejor equipo del año en puntaje se queda sin título y con un cupo a Libertadores, Millonarios y el irregular verde también llegan al torneo continental, sin embargo el DIM, se queda con un premio de consolación indigno y casi ridículo y, aunque sigan tarareando el que no necesitan estar arriba para quererte, el fútbol de hoy es de resultados y el Junior así como Nacional en la copa Colombia, por obra y gracia de la suerte que es regla, es el que disfruta.
En estos días recibí un chat de Luis Arturo Henao donde proponía dos torneos sin finales dando cupos a las copas, y dos cuadrangulares finales con los ocho mejores del año y de allí sacar la estrella respectiva, los demás cupos por reclasificación.
El torneo no está premiando la calidad y regularidad, solo la oportunidad y si el VAR se diseñó para hacer justicia, el diseño del torneo también debe ir en el sentido de premiar al mejor y al más regular, no al más oportunista, sin embargo nuestra mente criolla probablemente no este preparada para esto y sigue premiando el slogan: “ El vivo vive del bobo” y aquí se avivó Vladimir.





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