
===
POR WILLIAMS VIERA, desde USA.

Aquellos que tienen en sus celulares mi número telefónico me enviaron las fotos que acompañan este escrito, pero no eran de la actuación de los jugadores del América frente al Deportivo Cali ni de los siete goles que se registraron en ese compromiso ni del triunfo del Atlético Nacional ante el Deportivo Independiente Medellín.
Nada de eso. Las mismas tenían que ver con otra jornada de violencia, ¡una más!, de las que vivimos los colombianos y por lo lejos que estemos nos obliga, en determinado momento, volver a sentir el aroma del país que nos vio nacer, que nos vio crecer y en el que nos volvimos profesionales.
Ese aroma, al ver las fotografías, nos traen las décadas de plomo que nos llevaron, a la vez, a dejarlo todo para proteger el único tesoro que tiene el género humano como es la vida. No hay otra riqueza. Es invaluable y como el tema aquí es el fútbol, en el caso de la violencia, en las tribunas o en las calles, no vale la frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano cuando dijo: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.
En este momento, en que se ven las fotos de hinchas en las calles con machetes, ¿antes o después de la contienda entre América y Cali en el Pascual Guerrero?, me llevaron a pensar la época de la violencia política de la que hablaban nuestras abuelas y nuestros abuelos con la denominada ‘Guerra de los Mil Días’ (1899-1902) y en la que los contendientes decían, “espere saco mi machete” y empezaban a cortar cabezas, manos o pies porque Colombia estaba abocada a la violencia endémica desde la época de la colonia.

Entonces, ¿cómo podemos denominar lo que ocurre en las calles cada vez que hay un partido de fútbol llámese Bogotá, Medellín, Manizales o Cali? Lo anterior nos demuestra, como diría el historiador Jerónimo Díaz Sierra, “un paulatino derrumbe del Estado que empezó a degradarse a partir de las confrontaciones que tienen lugar entre 1930 y 1946 por la debilidad de un Estado que no es capaz de dotarse de los medios suficientes para ejercer su autoridad en buena parte de su territorio”, pero le agregaríamos que seguimos en las mismas.
Por lo anterior, nos permitimos apropiarnos de una muletilla del locutor Alfredo Palacios Rivera cuando dice “¡ajá!”, en un tono burlón después de que leímos la columna De Oído a Oído titulada “Violencia, fútbol y negocio” del periodista Gonzalo ‘Chalo’ González.
En ese escrito, ‘Chalo’ González, con valentía, desnuda lo que ocurre detrás de bambalinas empezando por la maquinaria del Estado y de los equipos en el tema de la violencia en el fútbol colombiano y nos recuerda, de manea punzante, la frase que dijo el 28 de julio de 2014 el entonces ministro del Interior, Aurelio Iragorri: “Hoy estamos lanzando el plan decenal del fútbol para dejar de tratar con pañitos de agua tibia el problema de la violencia en el fútbol, fuera y dentro de los estadios. Desde hoy convertimos este flagelo en política de estado”.
Aquellas palabras se las llevó el viento. Han transcurrido 9 años. Y desde entonces (y antes también) se han registrado cualquier cantidad de hechos violentos relacionados con el fútbol que alejan a las familias de las graderías. Las recientes fotografías y los videos que circulan, desde Cali, muestran a jóvenes con machetes que atacan a una persona en el suelo luego de ser derribada de la moto en la que viajaba y después, en su huida, se suben en un bus mientras los demás ciudadanos, en sus carros, salen despavoridos sin que se atrevan a intervenir.
En la misma columna, ‘Chalo’ González registra que “para el Estado viene siendo el tema del barrismo, un gran negocio. Es una llave abierta para direccionar recursos sin cumplir con el objetivo principal. Es un mal necesario. Linda oportunidad para desviar los dineros públicos”.
¡Aja!, Chalo, le pegaste al perrito, como se dice en el barrio. Horas después leíamos, el 30 de abril de 2023, un titular en El Colombiano: “Violencia entre hinchas volvió a enlutar el clásico antioqueno” y el autor de la nota, Jacobo Betancur Peláez, describía que “una batalla campal entre hinchas de Medellín y Nacional en las afueras del Estadio dejó dos personas muertas y 14 heridas” mientras que Camilo Andrés López, en otro escrito, daba a conocer que “Alcaldía ofrece $200 millones por responsables de muertos y heridos al término del clásico paisa”.
En este momento en que regresan las imágenes de las fotos de violencia, en mi mente vuelve una frase de Walter Scott, quien dijo alguna vez que “la vida no es sino un partido de fútbol”.
Pero al mismo tiempo, cuando recientemente se cumplieron 9 años del fallecimiento de Gabriel García Márquez, he recordado una charla, en Cartagena, con el Premio Nobel de Literatura, y que fue publicada en el semanario Balón con respecto a la violencia en el fútbol.
“Pienso que no solo hay que calmar a los hinchas del fútbol, sino que hay que calmar también al ser humano y cambiar el modo de ser de la sociedad, porque los estallidos de violencia en el fútbol no son más que la proyección de eso. Hay que cambiar las mentalidades y pacificar al ser humano”, dijo García Márquez en el momento de que se enteraba que cuatro hinchas del Atlético Bucaramanga habían muerto en el estadio Alfonso López, el 11 de octubre de 1981, durante el partido que perdía, 1-2, ante el Junior después que el árbitro, Eduardo Peña, dejó de sancionar un penal a favor del local.
En aquella oportunidad la Policía se vio superada por la multitud que invadió la cancha y por lo tanto pidió auxilio al Ejército que intervino y sin pensarlo dos veces, inundó el ambiente de disparos. Desde ese momento, los seguidores del futbol preguntaron: “¿Quién dio la orden de disparar?”. El general Luis Carlos Camacho Leyva, ministro de Defensa en ese entonces, abrió una investigación. Sin embargo, hasta el momento que escribimos esta columna llamada ‘Placeres’ e intitulada ‘Obsesión por la violencia’ no se tiene una respuesta.
Nos queda por decir que estamos obsesionados con la violencia. Y el fútbol es la disculpa para explotar de lo malo que nos ocurre en el diario vivir al ser el espectáculo que se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo y en el que el hincha o seguidor de una camiseta parece salir del manicomio, envalentonado por alguna sustancia alucinógena que haya consumido. Cada vez que actúa echa la razón a aguas hirvientes, alborotadas por la furia del deseo de quedar bien con otros o de ser sincero consigo mismo al mostrar la soberbia de las minorías.
El fútbol sigue, la vida también lo hace. Si escucha la narración de un partido en algún lugar de la tierra significa que todo va bien, aunque el difunto haya quedado tirado en la tribuna o en la calle por llevar la camiseta de un equipo diferente al de nuestra preferencia.





Haz un comentario