
Por Luis Felipe Gómez Isaza. //
Columnista Cápsulas.

Vemos y seguimos la liga nuestra muy probablemente porque somos tercos, nostálgicos y perseverantes en las torturas y porque dejar de verla es como si nos prohibieran comer bandeja paisa, tomar tinto o nos quiten cualquier sustrato que nos identifique como colombianos.
Así como el país que es un poema al caos, al desorden y al odio violento que consume las entrañas y curiosamente nos resignamos a vivir en él, la liga, es la misma cosa, un desorden administrativo, una oda a la irregularidad de los equipos, un aterrizadero de veteranos exhaustos y un circo cada vez más lleno de payasos y provocadores.
En esto último quisiera puntualizar, pues ya no nos caben más ejemplos tediosos de esos jugadores llenos de ego inflado que se pavonean por el escenarion. Yo creo que hemos visto las otras ligas del mundo y al contrario de la nuestra, la continuidad en el juego es maravillosa, los jugadores o no engañan a los árbitros o no se engañan ellos mismos, la calidad del espectáculo es acorde a los artistas que lo generan y en ese primer mundo del cual no nos perdemos afortunadamente porque hay televisión, podemos desgraciadamente comparar con lo que nos toca. El tema de hoy son los payasos y provocadores que por aquí abundan y en el mundo de lo serio escasean.
Cuando apenas llegaba a los estadios a principio de los setenta disfrute de jugadores serios y decentes, tipos que aunque sin preparación alguna ni privilegios, eran unos señores, por supuesto no faltaron los bohemios y los que amaban la noche, pero eso si, se comprometían a jugar y a brindar espectáculo. Sin embargo comenzaron a llegar escuelas de incitadores, provocadores y de artistas llenos de histeria que volvieron el futbol un escenario lleno de melindrosos e indeseables.
Posiblemente los aires melodramáticos de descendientes italianos y de ópera permitieron que nacieran esos iniciáticos maestros en el sur y luego al llegar a estas tierras se convertirían en profesores de los nuestros y con ellos llegaron las mañas, las barras bravas y toda copia inadecuada de lo que no debía ser el espectáculo.
Los uruguayos que bien limitados han sido para defenderse con los pies; aprendieron rápido de la escuela de Estudiantes de la Plata y hasta los brasileros se contagiaron. Ver un partido de la liga es cada vez mas desesperante, los jugadores fingen, se tiran al piso, se retuercen como unos resortes y una vez los árbitros que se dejan engañar caen en sus histriónicas trampas y después los bufones ríen y celebran.
Un toque es una caída y varias vueltas, si van ganando se revuelcan y gritan, una vez se reanuda el juego se incorporan rápido como si no hubiera pasado nada, las muecas de dolor, son increíblemente bien fingidas y diseñadas, que tal. Ahora pasemos a los provocadores, van a la tribuna y una vez anotan un gol, se quitan la camiseta, salen de sus bocas inmensidad de groserías, en las cámaras putean a todo un país, se agarran de cualquier banderín, fingen toques y lesiones provocando expulsiones y peligrosos estados de enervación en la tribuna.
Jueguen futbol señores, eso es muy maluco tener que recordarlos por payasos y si son buenos jugadores como el Contreras de Millos, el Morelos de Nacional, el Teófilo del Junior no se desacrediten, dejen eso para mediocres como el Brayan León o el mismo Chaverra del rojo que como mucha gracia le dio por pararse en la pelota.
El futbol de Colombia necesita decencia y pulcritud, pero pedir eso es como pedirle a la tierra que broten presidentes decentes y para muestra del nuestro, también es como los que juegan futbol en este país, un curioso payaso provocador.





Haz un comentario