Capsulas de Carreño

Placeres… Él no era futbolista

POR WILLIAMS VIERA desde USA.

 

 

Lo que hizo lo llevó a ser aplaudido y reconocido por la gente en todos los idiomas hasta el punto que decían, “¡wow!”, cada vez que lo veían o cuando observaban lo que había realizado y automáticamente, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se llevaban las manos a la cabeza diciendo, con el gesto, “¡Oh, esto es increíble!”. O preguntándose: “¿Cómo lo hizo?”.

Así somos. Y hay que escribirlo de una vez. Él no era futbolista. Tal vez porque nació en una época en que el deporte de multitudes, al menos en Colombia se practicaba en los potreros, en las calles de tierra y con un balón que se elaboraba, en su exterior, con la mítica media de seda que utilizaban las mujeres sin que les llegase hasta la cintura mientras que en su interior se rellenaba con trapos viejos.

Fernando Botero le gustaba el fútbol al considerarlo un arte.

Claro, en ese entonces ni los niños ni los jóvenes pensaban en ganar fortunas con el fútbol y mucho menos los padres porque les repetían, cada vez que los veían embarrados, “no quiero vagos en la casa”.

Esa frase se la repitieron desde que nació, un 19 de abril de 1932, y con ella, Fernando Botero creció en el hogar conformado por David Botero y Flora Angulo.

 

Usar “la de gajos”

Hay que recalcarlo. En esa época ningún adulto y menos los infantes, pensaban que llegaría, debido al tic tac, tic tac implacable, el efecto depredador del dinero junto a la discutible fascinación de lo moderno por lo que desaparecería aquella expresión de la jerga popular, ¿sí?, pero el juego lúdico dejaría de ser importante y el fútbol se convertiría en una registradora.

Nadie, en ese entonces, pensaba que con el transcurrir de los años, el niño Botero, se convertiría en una inmortalidad no solo para Colombia sino para el mundo a través de la pintura y de las esculturas que realizaba a pesar de que, un día cualquiera, el tío Joaquín Angulo se lo encargó al banderillero Carlos Ignacio Molina, conocido como ‘Aranguito’, en la escuela de tauromaquia en la plaza de La Macarena, pero un toro lo sacó del ruedo.

Sin embargo, ninguna persona sabe cuántas veces le expresaron aquella frase luego de dar a conocer que había convertido o evitado un gol en el momento de usar “la de gajos” mientras estudiaba primaria en el Ateneo Antioqueño y en el Colegio San José de Marinilla.

Era la época en la que los muchachos regateaban poco, pero engañaban como nadie. Alguna vez nos dijo el antioqueño Manuel Mejía Vallejo, en una visita a Cali durante el Congreso de Escritores Hispanoamericanos, en 1979, después de publicar ‘Aire de Tango’, en 1973, con el que ganó el ‘Premio Vivencias’, patrocinado por la Industria de Licores del Valle: “Los muchachos de antes, en las canchas de barrio, eran como seductores con una navaja en el bolsillo cada vez que transportaban la pelota”.

Otra muestra del arte del maestro Botero con los ‘Niños jugando fútbol’.

 

El que nace

Después de tanto tiempo hay que puntualizar que los recuerdos de aquella charla con Mejía Vallejo se presentaron desordenados, pero pujaron, primero por la muerte del escritor el 23 de julio de 1998 y hace unas horas por el deceso de uno de sus compañeros de juventud, Fernando Botero, en Montecarlo, barrio del principado de Mónaco, el pasado 15 de septiembre de 2023.

Tanto el escritor como el maestro de la pintura y la escultura se nutrieron, de una u otra forma, de aquel Medellín en donde ambos caminaron por sus calles, jugaron con ‘la de gajos’ y vieron la totalidad de lo que ocurría a su alrededor.

Mujeres y hombres de todo color y pinta. Gordas y gordos, ojonas y ojones, caderonas y caderones, tetonas, pelirrojas teñidas, hinchas del Atlético Nacional y del Deportivo Independiente Medellín cuando fueron campeones en 1954 y 1955, respectivamente.

Botero deslumbró con sus esculturas de voluptuosas figuras que adornan diferentes rincones del mundo mientras en sus pinturas se ven parejas de gruesas formas bailando luego de observar las calles de su natal ciudad a la que le regaló decenas de obras. Entre ellas, en 1995, ‘El pájaro’ que estaba en la plaza de San Antonio de Medellín que fue explotada con una bomba que ocasionó la muerte de 26 personas el 10 de junio de ese año, pero el 5 de enero de 2000 el artista presentó, al lado de la anterior obra, su segunda paloma.

Entonces, como nos contó el escritor, en el teatro Jorge Isaac, ubicado en la carrera 3ª, en Cali, con un vaso de aguardiente en una mano, de pie, mirando hacia el escenario en donde estaban, entre otros, el vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazabal (‘Cóndores no entierran todos los días’), el argentino Manuel Puig (‘El beso de la mujer araña’) y Juan Rulfo (‘Pedro Paramo’): “Ahora que se habla del escultor Fernando Botero por su exposición en la Quinta Avenida de Nueva York (1993), él pudo ser futbolista. Jugaba bien, pero en esa época el fútbol no daba para comer porque los equipos no eran profesionales”, dijo Mejía Vallejo mientras se le acercaban dos muchachas jóvenes invitándolo a que volviera al lugar que le correspondía.

Años después, Botero demostró que la pasión por el deporte le corría por su corriente sanguínea. ¿Hincha del Nacional o del Medellín? No lo sabemos. Lo que se sabe y de lo que se habla con insistencia, ahora que falleció, es de las pinturas que tituló ‘Niños jugando futbol’ y ‘La apoteosis de Ramon Hoyos’, quien ganó cinco Vueltas a Colombia; y de un dibujo que llamó ‘El Tigre’ en homenaje a Radamel Falcao durante la época en que el delantero colombiano vistió los colores del Mónaco FC del 2013 al 2019. En ese lapso, el cafetero convirtió 79 goles.

En el momento que Botero dio a conocer aquel dibujo, dijo:

“Falcao es un artista en la cancha que produce emoción y placer, tanto para él como para el aficionado, con cada gol que convierte y aquello nos lleva a tener un sentimiento positivo”.

Sin duda que lo que queda para el recuerdo eterno es el agradecimiento de Falcao hacia el pintor y escultor luego de conocer su lamentable deceso. El jugador, quien milita en el Rayo Vallecano, en su red social ‘X’, conocida previamente como la del ‘pájaro azul’ o ‘Twitter’, publicó un ‘tuit’:

“Me entero de la noticia sobre el fallecimiento del maestro Botero. Tuve el privilegio y el honor de compartir con el maestro en varias oportunidades y quedan en mis recuerdos su amabilidad y generosidad.

“Su legado artístico y su influencia en el mundo del arte perdurarán para siempre. Su disciplina, creatividad y talento serán un ejemplo eterno para todos.

“Sus obras, y sobre todo su vida, seguirán inspirándonos. Su ausencia será profundamente sentida en nuestro país y el mundo. Descanse en paz, maestro”.

Por el momento, digamos, como dicen los abuelos y las abuelas, “uno se muere cuando lo olvidan”. Y Botero no será olvidado por las obras que realizó. No hay nada más que agregar en este escrito, al menos por el momento.

La foto es de Guillermo Angulo y en ella se ve ‘La apoteosis de Ramón Hoyos’. El autor del cuadro y el pedalista.

Compartir:

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *