Capsulas de Carreño

Una copa rebosante de amor y sacrificio.  Por María Victoria Zapata B.

Por María Victoria Zapata B.

*Pocas veces una definición del título de Copa Águila había tenido tanta importancia como la que tuvo anoche esta,  de la versión 2019,  que ganó  con todos los méritos el Deportivo Independiente Medellín.

Era la Copa que tenía el significado de la gesta heroica del ex arquero, adalid   rojo y hoy técnico Poderoso Aldo Bobadilla,  quien con una elevada dosis de sentido de pertenencia, liderazgo y carisma, reconstruyó en poco menos de dos meses un equipo  que  estaba aniquilado mental, anímica y deportivamente.

Era la Copa que tenía rotulado  el sueño incesante del  capitán, referente e ídolo  Germán Ezequiel Cano, a quien  el destino  le había negado el título   no obstante  sus 129  anotaciones  con la casaca N° 14 del DIM y su condición de  goleador histórico del Equipo del Pueblo.

Era la Copa que refrendaba  un sitial de honor en la cronología roja para David González, un arquero  convertido en leyenda  e, igualmente, el   jugador con más títulos obtenidos en  los  casi 106 años de existencia del Deportivo Independiente Medellín: Cuatro. (2002-2,  2004-1, 2016-1 y, ayer, Copa Águila 2019)

Era la Copa que le daba más  lustre a  la transpiración y temperamento de ese gladiador y caudillo  Poderoso, Adrián Arregui,   bastión del DIM  y ejemplo de  valentía y pundonor, y al sudor de  ese otro luchador de primera línea de volantes, Didier Moreno, símbolo de coraje, recuperación  y sacrificio.

Era la Copa que reivindicaba el fútbol  exquisito del SEÑOR  del medio campo Andrés Ricaurte, la fogosidad del líder de la zaga, Andrés Cadavid,  el  empuje de Déinner Quiñones,  el brío de Elvis Perlaza, la superación de Jesús David Murillo y  Dayron Mosquera y la ilusión de un puñado de canteranos como Brayan Castrillón, Jaime Giraldo (ausente ayer por lesión)  y  Jonathan Marulanda, entre otros.

Era, pues, una Copa que trascendía una historia reciente signada por el fracaso  y dignificaba, en cambio,  el renacimiento  del  fútbol rojo   a la vez que  invocaba un profundo    sentido de pertenencia materializado  en sudor,  trabajo  y  voluntad colectivos.

Y era  una Copa que, antes de ser levantada,  anoche se terminó de  desbordar  con  un  fútbol de fantasía  en el período inicial  y de inteligencia en el complementario,  con dos anotaciones  que llevaron el éxtasis a la gramilla y a la tribuna,  con  las plegarias  y  lágrimas del técnico Aldo Bobadilla,  con el llanto feliz e incontenible  del capitán Germán Cano, con  las oportunas atrapadas del cancerbero David González,  con la redención futbolística  de  Andrés Ricaurte y  Didier Moreno,  con  la superación de Jesús David Murillo,  con el ímpetu de Adrián Arregui,  con el anhelo de un grupo de canteranos,  con el trabajo  de  aquellos jugadores que hicieron su aporte en los últimos minutos del partido , con el supremo esfuerzo de un equipo que volvió a creer en sí mismo y  con el respaldo de ese jugador N° 12, el hincha, que acompañó y  colmó las graderías del estadio Atanasio Girardot.

Pero fue, sobre todo, una Copa alcanzada  con  elevado sentido de pertenencia y con un enorme corazón.  El corazón de  un grupo de jugadores que, de la mano de ese  paraguayo  tan querido y tan nuestro, Aldo Antonio Bobadilla, volvió a conjugar los verbos creer,  querer y poder,   que superó sus limitaciones a punta de ganas y de fe, que dejó el alma en la gramilla  y que ayer bebió nuevamente el elíxir de la  dicha.

Tras  la conquista de esta Copa rebosante de amor  propio y sacrificio, solo me resta decir,
Gracias, Aldo, excepcional  artífice de esta inmensa alegría.
Gracias,   GUERREROS  PODEROSOS.
[María Victoria Zapata B.]

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