Capsulas de Carreño

Una final de dientes apretados (Luis David Obando)

Luis David ObandoPor Luis David Obando López

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*DIM y Cali mostraron de sobra en semifinales lo que le faltó al Nacional todo el año: enjundia, coraje y amor propio.
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Corría el año 1993. América de Cali jugaba segunda fase de Copa Libertadores en Lima ante Universitario, y tenía a su volante Leonel Álvarez suspendido por sucesión de amonestaciones. Francisco Maturana, el técnico campéon con los Diablos Rojos en 1992, de todas maneras lo incluyó en la nómina viajera a la capital peruana con un cargo que hizo reír: sofrólogo, algo así como el encargado del equilibrio emocional y los ánimos del grupo. América ganó a domicilio 3-2 a fuerza de garra más que de fútbol.

Maturana tuvo la razón, y la sigue teniendo 22 años después: tres minutos de charla técnica, sumados a una acertada lectura del planteamiento del juego, sacaron al DIM de la desesperación, facilitando su paso a la gloria de pasar a la final. El momento más alto de ese liderazgo, expresado en la capacidad de conocer tanto la potencialidad como el estado de sus jugadores, se dio con el cambio de Caicedo por Pertuz. No fue ningún castigo por marrar su segundo penal en la semifinal de 180 minutos frente al Tolima, como algunos conjeturaron, sino la percepción de que el delantero estaba destruido emocionalmente y así no aportaría mucho. Un detalle al parecer trivial pero en realidad determinante para la moral individiual y colectiva.

Y Medellín en cuatro minutos pasó de perder a ganar, y en seis minutos más a llegar a la final sin necesidad de desempate desde el punto penal. Frenesí en un estadio lleno, lágrimas de felicidad, el desfogue multitudinario tras 80 minutos de intensa angustia hasta la explosión de la tercera diana. Abrazos, brincos, desfiles posteriores por la calle a bocinazo limpio, banderas rojiazules al aire. El DIM está en su segunda final consecutiva, levantándose tras una caída anímica y futbolística que hizo dudar tanto que hubo relevo en la dirección. En medio de la euforia, pocos se acuerdan hoy de ello.

Y llegó también el Cali, puro corazón, ganas y fútbol, y los ímpetus de una escuadra con varios sub-21 que casi le da la razón a quienes no creen que los jóvenes ganen títulos sino partidos, cuando Millonarios tomó la brújula del partido con la entrada del exazucarero Candelo. La inexperiencia sí se notó en la ansiedad, pero se vio equilibrada por la paciencia y buen ojo de su arquero Hernández, todo un “viejo” en medio de ese jardín infantil. Se encontrará entonces en la final con el DIM.

Llegaron a ese preámbulo de la estrella mostrando más coraje, enjundia y amor propio que el visto en el Atlético Nacional durante los últimos doce meses. Final de puro corazón, de dientes apretados, de velocidad y eficacia caleña frente al toque que ya asoma en las toldas rojas. No será un desenlace al estilo alemán, inglés o español, sino muy a la colombiana, como si el sufrimiento nacional también fuera necesario también en cada balón dividido como requisito para la felicidad de la estrella y la vuelta olímpica. Así somos, pero también así gozamos.

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