Fútbol de pantalón cortico. A propósito del mundial.

Por Óscar Domínguez Giraldo. –
(Odominguezg). –

Cuando en la década del cincuenta los campeones mundiales del fútbol fueron Uruguay (1950), Alemania (1954) y Brasil (1958) la vida transcurría con la despreocupada lentitud de una película del cine mudo. El estrés y la lúdica no se habían inventado. Tampoco existían los complejos. Electra era una vecina que cocinaba rico. Y Edipo – el que le dio nombre a otro complejo famoso- era un tendero chévere que prestaba plata al diez.

Mi tío Aníbal Giraldo Jiménez, hincha del DIM, me invitaba los domingos al Atanasio Girardot desde temprano a ver fútbol en las Martes Uno y Dos. Y me compraba deliciosos esquimales (q.e.p.d.) de La Fuente, la felicidad disfrazada de paleta. Secretamente, el tío rojo abrigaba la esperanza de sumar otro seguidor para el Poderoso. Como yo era la contraria del pueblo, le salí nacionalista. Aníbal admitió la disidencia y nunca me canceló las invitaciones al Atanasio.

In illo témpore, mi general Rojas Pinilla empezaba a salir por la puerta de atrás de la historia patria. Mientras se caía del todo, en diciembre nos daba balones de fútbol a los chinches (“anticristos de la calle”), a través de Sendas, que dirigía su hija María Eugenia, esposa del yernísimo Samuel, quien andaba de rueda suelta sexual. En sus ratos de ocio en Melgar, Gurropín importaba la televisión. Si mucho, en mi barrio había un televisor por cuadra. A los chinches nos admitían un rato en las noches. Prohibido hablar. De pronto se distraía la gente que hablaba detrás del vidrio. Sentados y perplejos, desde el suelo, asistíamos al milagro de la televisión.

Nos sabíamos los nombres de todos los vecinos. Todos éramos amigos de todos. El médico familiar nos conocía el nombre y las enfermedades. Como todo galeno que se respete, solía acompañar a sus pacientes hasta la tumba. El policía de la esquina era otro amigo. Las muchachas del servicio se contrataban «con pienso» o «sin pienso». Si pensaban lo que íbamos a comer, facturaban más. Los domingos se “refocilaban” en algún parque con su general de un sol: el policía de la cuadra. De alguna cuadra.

La moda era ser honrados. Nadie chicaniaba con algo tan obvio. Padres y abuelos asumían que sacar vacaciones era perder el tiempo. Fueron los inventores del trabajar-trabajar y trabajar.

El Niño Dios era el Niño Dios, no mancábamos rosario todas las noches, confesábamos los mismos monótonos y solitarios pecados al padre Barrientos quien presentaba cine manga en San Cayetano, hacíamos los primeros viernes de mes y en la escuela José Eusebio Caro aprendíamos de memoria el catecismo del padre Astete. “Éramos felices y no lo sabíamos”.

A medida que olvidábamos el catecismo nos íbamos volviendo ateos «gracias a Dios». Los mejores alumnos izábamos bandera los sábados. Mi madre soñaba con ir a conocer al Papa a Roma. Yo aspiraba a ser interior derecho del Nacional. Nacíamos liberales o conservadores, católicos o católicos. Nos gastábamos el libre albedrío escogiendo equipo de fútbol. Era en lo único que nuestros padres nos daban autonomía.

Celebrar cumpleaños no se usaba. Nos enterábamos de la efemérides porque a veces al cumpleañero le daban huevo entero ese día. O la pata de la gallina.

La muchachada improvisaba la calle como estadio de fútbol. La esquina también era “ágora o garito”. Sólo después de las doce años nos bajaban los pantalones. Montábamos en zancos, fabricábamos nuestros propios juguetes y corríamos la vuelta a la manzana. Hacíamos mandados en semana para conseguir los centavos que nos permitirían ver películas de Tarzán o de Flash Gordon desde la aristocracia de gallinero de los teatros Berlín, Laika o Aranjuez. Los apaches de luneta nos arrojaban colillas que de pronto se estrellaban  en nuestras nucas proletarias.

Los carros de la Biblioteca Pública Piloto (=bibliobuses como el de la selfi que acompaña estas líneas) llegaban hasta la cuadra a prestarnos libros. Volvían por ellos. El parsimonioso tranvía que no tenía prisa por llegar a ninguna parte, era la cuota inicial del metro de hoy. En diciembre pecábamos ecológicamente robando musgo en las laderas. Los adultos se emborrachaban en los paseos tomando pipo, mezcla de gaseosa con alcohol. Montábamos en avión por primera vez después de los quince años. Al mar llegábamos después de los diceciocho. A mí el mar me pareció un simple aguacero acostado.

Las muchachas llegaban al matrimonio sin haber comido de sal (=vírgenes). En cambio, muchos hombres también. Ignorábamos por dónde iba el agua al molino sexual. Yo creía que el asunto era por el ombligo. Los más lanzados iban a Lovaina a perder la virginidad con  damas de deliciosos cuatro en conducta, y chicaneaban el resto del año porque se habían hecho hombres.

Todos los males se curaban con alcohol, Mentolín, babas maternas con sal y  «mejor mejora Mejoral. Las madres se conservaban bellas a punta de pomada Peña que todavía circula, crema S de Ponds y olían a polvo Flores de Niza. Los adultos hacían cursillos de Rodolfo Valentinos, alisando el pelo con Brillantina Moroline, Glostora o con hojitas de san Joaquín, hervidas en agua. Los muchachos de antes sí usábamos gomina. «No se conocía coca ni morfina». Los pianos (traganíqueles) le ponían música a esa generación: tangos, boleros, músicas cubana y española. Las tiendas eran minisupermercados de día,  bares de noche.

Colombia importaba jugadores argentinos a la lata. El «Charro» José Manuel Moreno era el más mentado. Los del DIM tenían nombres musicales, pero ni así me volteaba. Como la radio era a la vez televisión, los narradores Jaime Tobón de la Roche, Gabriel Muñoz López y Guillermo Hinestroza, contaban bellezas de René Alberto Segismundo Seguini, Lorenzo «Patemula» Calonga, Pedro Roque Retamozo, Orestes Omar Corbata, ideólogo de la pierna derecha. Se destacaban Chente Greco y Felipe Marino, quien tenía como divisa «la vida pasa y la ropa queda».

Los jugadores gauchos venían con tiquete de regreso a Buenos Aires pero el paisaje, la vida que se vive en Colombia, el clima y las mujeres les dictaban auto de detención para siempre. Felices, los argentinos decidían ennietecer en la tierra firme colombiana. Los acogíamos amorosamente, como si fueran una metáfora de Borges, un cuento de Cortázar o de Bioy Casares, una copla de Yupanki, un tango de Gardel, un soneto del suicida Lugones. Pero estamos en la fase final del mundial, dejémonos de  pendejadas, perdón, de nostalgias, y volvamos al fútbol y a las costumbres de la era digital.

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