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Por María Vctoria Zapata B.
Columnista Cápsulas.
Dama Roja del comentario.

De poco sirvió la muy aceptable presentación del DIM ayer ante su tradicional rival, el Atlético Nacional. Tampoco el disparo desde fuera ni la chilena de Vuletich o las opciones de Vladimir y Díaz. El 0-0 le puso la rúbrica a una eliminación anunciada desde tiempo atrás.
No se produjo el milagro que algunos hinchas del DIM esperaban. Sin dirigencia, sin fútbol, sin definición y, además, dependientes de una combinación de resultados de terceros, era muy complicado intentar el ingreso a un grupo en el que nunca estuvimos: El de los 8.
Sin embargo, así la hayamos percibido en cada una de las 19 fechas transcurridas del actual campeonato, no es fácil para ningún hincha rojo digerir ni asimilar la quinta eliminación consecutiva en Liga. Tiene demasiadas implicaciones, no lo podemos negar.
Duele, indigna y, sobre todo, preocupa demasiado la cadena de fracasos en los que se convirtió el Deportivo Independiente Medellín. Temporada a temporada, la historia es la misma en el Equipo del Pueblo, una escuadra hoy sin presente y con un futuro más que incierto, a menos que se produzca ese otro milagro, el de su cambio de propietario.
Porque en el DIM, cada torneo es un calco de todos los yerros administrativos que se manifiestan en el desempeño del colectivo rojo en el gramado: escasez de nómina, refuerzos sin calidad, significativas deficiencias en el onceno titular, falta de motivación en los jugadores y diversidad de carencias a todo nivel, que tienen al equipo sumido en el caos total.
En el campeonato actual, por ejemplo, los fallos se sumaron desde la pretemporada con la contratación de jugadores sin ritmo, nivel ni condiciones, cuyo caso más llamativo lo constituyó el reencauche del zaguero Leiton Jiménez, quien no alcanzó a jugar ni un tiempo de 45 minutos.
Ya en competencia, el equipo evidenció desde la primera fecha, el 16 de julio, en el empate local a un gol con Águilas Doradas, grandes fisuras en su conformación, especialmente en su zona neurálgica del medio campo. No hubo generación de juego y, consecuencialmente, tampoco conexión con el ataque. De ahí su extremada pobreza en definición.
Dicho problema se agudizó, infortunadamente, con un trabajo táctico que ahogó por completo las esporádicas escaramuzas ofensivas del DIM en algunos partidos. Las victorias ante América, Jaguares, Once Caldas Bucaramanga y Patriotas, fueron la excepción y no la regla de una participación plagada de empates, derrotas, irrespeto al hincha rojo, frustraciones y desengaños.
Independientemente de la mejoría que se pudiera haber observado después del relevo en la dirección técnica, tanto con Bolillo Gómez como con Julio Comesaña el DIM mostró severas deficiencias en nómina y en motivación y liderazgo, que se manifestaron estuviese quien estuviese en el banco rojo, en la conformación de los oncenos titulares, en las sustituciones y en el rendimiento del equipo en cada una de las fechas de fase clasificatoria en el presente campeonato.
Por ello, todos los errores que se cometieron desde la pretemporada le pasaron factura a un DIM que no hizo parte del grupo de los 8- en ninguna de las 19 fechas transcurridas hasta hoy- que careció de equilibrio en todos sus ámbitos, que no hizo respetar el Atanasio Girardot y que, además, adoleció de fútbol, de definición y de sentido de pertenencia, en la mayoría de sus jugadores.
Ahora, con cinco vergonzosas eliminaciones a cuestas, la creciente preocupación por el sombrío e incierto futuro del equipo, no hay excusa que valga por parte una dirigencia que se lleva la peor calificación a la hora del balance y que, igualmente, perdió credibilidad, respetabilidad y empatía con la afición.
Con un fracaso más en esta prolongada cadena de descalabros, los hinchas seguimos aferrados a un milagro, uno solo: El de la venta del equipo. Nada más.
[María Victoria Zapata B.]




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